CAPÍTULO 16
La tinta anterior
La técnica cubrió la libreta antes de que mis dedos alcanzaran el borde.
—Si la toca otra vez, se marcha.
Retiré la mano. El papel transparente crujió bajo sus guantes. Robles dejó una carpeta junto al microscopio y cerró la puerta de la sala.
—Leal ha declarado ante la jueza —dijo—. Ha dado cuatro nombres y ha reservado dos para la ampliación.
—Prometió seis.
—Prometió hablar ante un juez. No que fuera a facilitarnos el trabajo.
La luz blanca de la mesa atravesaba tres páginas de Nora. En la primera había nombres. En la segunda, cargos. La tercera parecía vacía hasta que la técnica movió un filtro y aparecieron líneas borradas.
Vega golpeó el cristal desde el pasillo. Levantó cinco dedos y señaló el teléfono. Tenía preparadas las entrevistas derivadas de Leal.
Robles no salió.
—Primero esto.
La técnica retiró la cubierta. Junto a la libreta colocó siete imágenes impresas. Eran fotografías de las mismas páginas, tomadas semanas y meses antes.
—Salieron del ordenador del director —dijo.
—¿La carpeta que abrió? —pregunté.
—Escaneó una parte antes de entregarla al abogado del periódico —respondió Robles—. Después mintió sobre ello.
—¿Y la carpeta?
—Sigue sin aparecer.
La técnica empujó la primera fotografía hacia mí. Una línea negra atravesaba el nombre de Esteban Mora. La fecha del archivo era anterior a su caída durante el traslado hospitalario.
El pulso me golpeó en la muñeca.
—Nora sabía que iba a morir.
Robles colocó un dedo sobre la mesa.
—Eso no lo sabemos.
—Lo tachó antes.
—Ha dicho que no sabemos qué significa.
La técnica cambió la fotografía. El mismo trazo negro cruzaba a una mujer llamada Elisa Cano. Debajo figuraba un destino penitenciario y una fecha de hacía dos años.
Robles tomó una decisión.
—Localícela.
Vega seguía al otro lado del cristal. Robles abrió la puerta, le entregó el nombre y volvió antes de que la técnica ajustara el siguiente filtro.
—No quiero una confirmación verbal —añadió—. Documento de identidad, situación laboral y último domicilio conocido.
Vega se marchó sin preguntar.
La técnica señaló el cruce entre la tinta negra y una anotación azul.
—No puedo fechar una tinta con precisión suficiente. Sí puedo establecer qué trazo quedó encima.
Amplió la imagen. La línea azul interrumpía el brillo negro en dos puntos.
—El negro estaba antes.
—¿Cuánto antes? —pregunté.
—Una hora o seis meses. La página no contesta sola.
Robles abrió las copias recuperadas del ordenador. En la más antigua, el nombre de Mora ya aparecía tachado. Todavía no figuraba la nota azul añadida después de su muerte.
—Entonces el negro no registra el fallecimiento —dijo.
—Puede registrar que estaba condenado.
La técnica dejó el filtro sobre la mesa.
—O que cambió de trabajo.
Robles acercó otra página. Nora había tachado el cargo de un médico, pero había dejado intacto su nombre. En una fotografía posterior, añadió una flecha hacia una clínica privada.
Saqué el teléfono. El nombre de Lucas apareció en la parte superior de la pantalla. Había preguntado si seguía en Madrid.
Bloqueé el móvil y lo guardé.
—Personas y funciones —dije.
—Eso ya lo observó Lucas —respondió Robles.
—Ahora tenemos orden.
La técnica negó.
—Tenemos capas. El orden lo están inventando ustedes.
Separó cuatro ejemplos. En uno, el negro cubría nombre y destino. En otro, solo el puesto. Una línea roja rodeaba unas iniciales sin tacharlas. El azul unía dos centros mediante una fecha.
Robles giró las hojas.
—Dejamos de buscar un significado único.
Tomó tres tarjetas y escribió: persona, función, movimiento.
—Clasificamos cada marca por lo que toca. Sin traducir colores todavía.
La técnica aceptó con un gesto. Yo coloqué el primer nombre bajo persona. Mora quedó entre persona y movimiento. El médico pasó a función.
El teléfono de Robles vibró sobre el metal. Vega había localizado a Elisa Cano.
Robles abrió el mensaje y me mostró la pantalla.
Cano estaba viva.
Había sido trasladada después de denunciar la desaparición de medicación en Valdemoro. Un expediente disciplinario la apartó seis meses. Después pidió una excedencia y trabajaba en una residencia privada.
—La sacaron del circuito —dije.
—Salió —corrigió Robles—. Todavía no sabemos quién empujó.
La técnica recuperó la fotografía más antigua. La línea negra sobre Cano aparecía dos semanas antes del expediente disciplinario.
La garganta se me cerró alrededor del aire.
—Nora lo marcó antes de que ocurriera.
Robles llamó a Vega.
—Averigua quién conocía la apertura del expediente antes de la notificación. Y quién pidió el traslado.
Colgó y desplazó la tarjeta de Cano hacia movimiento.
—Resolución parcial. El negro no significa muerto.
—Significa apartado.
—En dos casos.
—Uno muerto. Otra expulsada.
—Dos casos —repitió.
Vega volvió con una carpeta.
—El primer nombre de Leal tiene abogado. El segundo asegura que fue Leal quien le pidió cambiar la hora.
Robles apartó las tarjetas.
—¿Lo ha declarado?
—Cuando le he pedido que lo repitiera, ha dejado de recordar.
—No lo presiones todavía.
Vega miró la libreta.
—Mientras esperamos, ellos hablan.
—Si corremos, les regalamos una versión común.
Robles decidió enviar equipos separados. Ningún agente mencionaría a Cebrián ni mostraría la declaración de Leal. Solo preguntarían por la hora original y por quién vio el primer parte.
Vega escribió las instrucciones sobre la carpeta.
—El tercero está hospitalizado. El cuarto trabaja para una de las empresas que renovó los accesos.
—¿Cuál?
—La que instalaba barreras.
Mis dedos se cerraron sobre la tarjeta de Mora.
—Cebrián pasó por todos.
—O nosotros estamos siguiendo únicamente los lugares por los que pasó —dijo Robles.
Vega guardó la carpeta.
—Cuando decidáis cuál de las dos frases sirve, estaré interrogando a alguien que miente.
Salió sin cerrar del todo.
La técnica pasó a la página siguiente. Una mancha negra cubría varias iniciales en el margen. No era una línea limpia. Nora había repasado la zona hasta deformar el papel.
—Aquí cambió de herramienta —dijo.
Ajustó la luz lateral. Los surcos aparecieron bajo la tinta como arañazos.
Robles acercó la fotografía recuperada del ordenador del director. En aquella versión, la mancha todavía no existía. Se distinguían tres grupos de iniciales.
M. L.
E. C.
J. B.
La silla rozó el suelo cuando me levanté.
Robles sujetó la imagen por las esquinas.
—Siéntate.
—Eso puede ser cualquier persona.
—Por una vez, agradezco que lo digas tú.
No me senté. La técnica amplió el tercer grupo. Después de las iniciales quedaba una curva corta, quizá el comienzo de otra letra.
—Necesito las fotografías originales —dijo—. Estas tienen compresión.
—Están preservadas en el servidor —respondió Robles.
—Entonces pidan los archivos sin imprimir.
Robles llamó al periódico. No habló con Víctor. Exigió al director que autorizara la entrega inmediata o esperara una orden judicial que incluyera todos sus dispositivos.
La respuesta llegó a través del altavoz.
—Eso es una amenaza.
—No. La amenaza tendría algo que usted pudiera evitar.
El director cortó la llamada.
Treinta segundos después, el técnico del periódico confirmó el envío.
La técnica descargó los archivos en un equipo aislado. Comprobó el registro del servidor, la fecha de subida y la copia automática de seguridad.
—La imagen ya estaba aquí ese día —dijo—. No puedo asegurar cuándo se tomó, pero no fue añadida después.
En la pantalla, la página apareció con más contraste. Junto a M. L. había una palabra recortada por el borde. Elisa Cano figuraba mediante apellido y destino.
Las terceras iniciales seguían solas.
Robles pidió comparar la fibra del papel, las manchas y la posición de las perforaciones. La técnica superpuso la imagen antigua con la página actual.
Coincidieron.
—Es la misma hoja.
Me apoyé en la mesa. El metal frío atravesó la palma.
—Busque si Nora utilizó esas iniciales en otro documento.
La técnica abrió el índice recuperado del ordenador. Había referencias a jueces, funcionarios y presos. Escribió J. B. en el buscador.
Dos resultados.
El primero pertenecía a un funcionario de Alcalá-Meco llamado Javier Balsa. Había sido trasladado en 2019.
El segundo no mostraba nombre. Solo una ruta hacia Topas y una fecha.
Robles tocó esa línea.
—Todavía no eres tú.
—Abra el archivo.
—Puede contaminar la interpretación.
—Ya está contaminada.
La técnica decidió abrirlo sin ampliar el título. Apareció una fotografía de la página completa. Las iniciales J. B. estaban rodeadas por una marca negra, todavía incompleta.
Debajo, Nora había escrito una fecha.
Robles la leyó y retiró la mano de la pantalla.
Yo no necesité calcularla.
Faltaban cuatro meses para el disparo que mató a David.