Madrid, los nombres tachados (Los casos de Julio Barral 8) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

El funcionario apartado

Marcos Leal abrió la puerta con la cadena puesta.

La luz de media mañana marcaba un corte junto a su barbilla. Miró la placa de Robles. Después me reconoció.

—Han tardado.

—¿En venir? —preguntó Robles.

Leal tensó la cadena.

—En encontrar el margen.

El rellano olía a lejía. Desde Bravo Murillo subió el golpe de un autobús contra una alcantarilla.

Robles sacó la dirección doblada.

—Queremos hablar de Requena.

—Ustedes quieren que yo hable. No es lo mismo.

Señaló mi bolsillo.

—El teléfono fuera.

Lo dejé en el alféizar. Robles también. Leal comprobó ambas pantallas y cerró.

Bajó después. Eligió un bar frente al metro y cruzó en rojo.

La cafetera sonaba demasiado cerca. Leal ocupó la mesa del fondo, contra la pared.

Robles colocó una grabadora a la vista.

—Puede marcharse cuando quiera.

—Eso también me lo dijeron en el expediente.

Tocó el aparato.

—Apáguelo.

—No.

Leal retiró la mano.

—Entonces no recuerdo a Requena.

Me senté a su lado. La mesa pegajosa se agarró a la manga.

—Nora Beltrán sí lo recordaba.

El nombre le cerró la boca. Giró el azucarero.

—Nora hacía preguntas.

—Ahora está muerta —dijo Robles.

Leal miró la grabadora. La cafetera expulsó vapor.

—Déjela encendida. Pero no recorte mis respuestas.

Robles pulsó el indicador rojo.

—¿Se negó a rectificar la hora de Requena?

—Me negué a firmar que la había rectificado yo.

—¿Quién lo hizo?

—No lo sé.

Robles no movió la grabadora.

—Ha empezado pronto a protegerse.

Leal llamó al camarero levantando la taza vacía.

—Empecé tarde.

Pidió tres cafés. Aparté el mío. El borde quemaba.

—La nota dice que se negó a rectificar la hora.

—La escribió alguien que necesitaba una negativa sencilla.

Golpeó dos veces el fondo con la cucharilla.

—La llamada entró a las cuatro y doce. El parte empezó a las cuatro y treinta.

—Dieciocho minutos —dije.

—Dieciocho que no cabían en la versión del centro.

Robles abrió una libreta.

—¿Qué versión cabía?

—Que encontraron a Requena, pidieron ayuda y todos hicieron lo posible.

—¿No fue así?

—Hicieron cosas. No todas fueron posibles.

Una camarera dejó una servilleta. Leal esperó a que se alejara.

—Requena había denunciado a un jefe de módulo. Si constaba la demora, alguien tendría que explicar quién decidió no abrir.

Robles escribió una línea.

—¿Cebrián?

Leal sonrió sin enseñar los dientes.

—Siempre quieren un verbo después de su nombre.

—Elija uno —dije.

—Pasaba.

La cucharilla quedó quieta.

—Por comunicaciones. Por enfermería. Por los despachos donde un parte no coincidía con otro. Nunca pedía cambiar nada.

—¿Qué hacía? —preguntó Robles.

—Preguntaba qué documento leería primero un juez.

Robles dejó de escribir.

—Eso es una instrucción.

—No para quien quiere conservar el puesto.

Leal dejó la cucharilla sobre la servilleta.

—Usted ya había cambiado registros antes —dije.

El café se derramó sobre sus dedos. No los retiró.

Robles giró hacia mí.

—¿De dónde sale eso?

—De su expediente. No lo apartaron solo por Requena.

Leal se secó con la manga.

—Corregí dos entradas para cubrir a un compañero. También moví una hora cuando una ambulancia llegó tarde.

—Entonces sabían qué utilizar.

—Sabían lo que yo había entregado.

Robles cerró la libreta.

—¿Cebrián se lo recordó?

Leal convirtió la servilleta en una bola.

—Dejó mi expediente sobre una mesa y preguntó si quería que Requena fuera mi tercer error.

—¿Quién estaba presente?

—Un subdirector, el médico de guardia y dos funcionarios. Cada uno corrigió su parte después.

—Nombres.

Leal negó.

—No he venido a repartir condenas.

—No ha venido —dije—. Hemos ido a buscarlo.

El camarero recogió una taza. Leal miró la puerta.

Robles cambió de pregunta.

—¿Cuándo conoció a Nora?

—Hace cuatro meses.

—¿Por qué no figura en sus notas de fuente?

—Porque no era su fuente.

—¿Qué era?

Leal abrió la mano. La servilleta cayó sobre el plato.

—Una advertencia.

Nora había llevado dos copias del caso Requena. Una conservaba la hora original. La otra había llegado al juzgado.

—¿Volvió? —pregunté.

—Tres semanas después.

—¿Con los seis nombres?

Leal me miró.

—Con cinco.

Robles no apartó el dedo.

—¿Qué quería de usted?

Leal dobló el sobre vacío por la mitad.

—Al principio, una frase que pudiera publicar. Se la negué.

—¿Y la segunda vez?

—Ya no quería frases.

Nora había trazado seis columnas en una hoja. No las encabezó con nombres de prisiones, sino con acciones: esperar, mover, copiar, firmar, callar y cobrar.

—Le dije que aquello lo había hecho todo el mundo.

—¿Qué respondió? —pregunté.

Leal empujó el sobre hasta el borde de la mesa.

—Que «todo el mundo» era la forma más barata de no acusar a nadie.

Robles recuperó el bolígrafo.

—¿Tenía nombres concretos?

—Algunos. También documentos. Los justos para impedir que cada uno culpase al siguiente.

—¿Cebrián estaba en todas las columnas?

—En ninguna completa.

Leal tocó la grabadora sin apagarla.

—A veces conseguía un acceso. Otras encontraba a quien firmara. En Requena solo necesitó recordar qué podía perder cada uno.

—Eso lo coloca en el centro.

—No. Lo coloca pasando por varios bordes. El centro lo construyeron después los que obedecieron sin recibir una orden.

Robles tocó la grabadora.

—¿Cuál faltaba?

—No me enseñó la lista.

—Eso no responde.

—Responde lo que puedo sostener.

La frase sonó a Robles. Ella no reaccionó.

Nora había separado cada muerte por decisiones: quién retrasó una llamada, cambió una ruta, firmó una copia o retiró un informe.

—Me preguntó qué había hecho Cebrián —dijo Leal.

—¿Qué contestó?

—Nada que pueda ponerlo al volante de un coche.

La mandíbula me apretó. Leal lo vio.

—Usted busca al hombre que mató a Nora. Yo hablo del hombre que enseñó a otros a salvarse solos.

Robles acercó la grabadora.

—Repítalo.

—No.

—Entonces lo diré yo en el acta y usted podrá corregirme.

Leal empujó la silla. Las patas arañaron el suelo. No se levantó.

—Cebrián llegaba cuando las versiones ya se contradecían. Preguntaba quién podía firmar, qué copia seguía dentro y cuánto daño causaría la hora verdadera. Después se marchaba.

—Y todos entendían —dije.

—Cada uno entendía lo que necesitaba.

Robles abrió la libreta.

—¿Qué ocultó a Nora?

Leal cogió un sobre de azúcar.

—Que yo también ayudé.

—Eso ya lo ha dicho.

—No en Requena.

Rasgó el sobre. El azúcar cayó lejos de la taza.

Después de negarse a firmar, Leal avisó al funcionario que había anotado la hora original. Le aconsejó aceptar un cambio de destino.

—¿Para protegerlo? —pregunté.

—Para que no declarara que yo había visto la copia.

Robles dejó el bolígrafo.

—¿Cómo se llamaba?

Leal barrió el azúcar con la mano.

—Marcos Leal.

—No juegue.

—Eso hizo Nora. Preguntó por todos menos por mí.

Sacó la cartera y dejó su documento junto a la grabadora.

—Comprendió que el sistema no necesitaba inocentes. Solo gente con algo que perder.

El plástico de mi antiguo expediente crujió bajo mis dedos, aunque no estaba allí.

Robles apartó el documento.

—Necesito los otros nombres.

—Los tendrá cuando me enseñe la declaración completa.

—No negociamos pruebas.

—Impute mi alteración, añada Requena y lléveme ante un juez. Allí diré quién estaba.

Robles lo observó. Leal sostuvo la mirada, pero la rodilla golpeaba bajo la mesa.

Puse mi teléfono junto a su documento.

—Nora no pudo publicar.

—No use a una muerta para acelerar esto.

—Usted la usó para retrasarlo.

La rodilla se detuvo.

Robles apagó la grabadora, llamó a Vega y pidió una sala con asistencia letrada. Añadió que Leal podía tener responsabilidad propia.

Él guardó la cartera y dejó el documento.

—Eso se lo lleva usted.

—Se lo devolveremos en comisaría.

—No me refería al plástico.

Salimos. El viento empujaba papeles contra las rejillas del metro. Leal se detuvo ante el coche.

Robles abrió la puerta trasera.

—Todavía puede negarse.

Leal miró la acera contraria. Nadie observaba el vehículo.

—Nora me pidió una cosa.

—¿Cuál?

—Que no le diera un culpable grande para seis cobardías pequeñas.

Metió una pierna en el coche.

—No lo cumplí.

Robles sujetó la puerta.

—¿Le dio a Cebrián?

Leal se sentó y extendió las manos sobre las rodillas.

—Le di mi nombre.

Cerré la puerta.

Robles rodeó el coche, llamó a Vega y cambió la instrucción.

—No preparéis una declaración de testigo. Preparad seis.

Leal levantó la cabeza tras el cristal.

—Daré los nombres ante un juez.

Robles puso el motor en marcha.

—Por eso vamos a buscar a los otros antes de que sepan que usted ha empezado.