Madrid, los nombres tachados (Los casos de Julio Barral 8) CAPÍTULO 14La firma repetida
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CAPÍTULO 14La firma repetida

La firma repetida

El nombre apareció seis horas después, en una solicitud de dietas por cuarenta y tres euros.

Ramiro Cebrián había firmado al pie como coordinador de traslados. La rúbrica terminaba con el mismo corte seco que atravesaba los cuatro expedientes.

La técnica documental colocó la hoja bajo una lámpara. Fuera, el tráfico de la calle Alcalá golpeaba los cristales del archivo.

—No necesito que se parezca —dijo Robles—. Necesito saber cuánto.

La técnica giró la primera firma y superpuso una lámina transparente.

—Misma inclinación. Misma presión inicial. El bucle de la erre se cierra tarde en las cinco. Hay diferencias de velocidad, no de mano.

Vega permanecía de pie junto a la puerta. Había llegado desde Madrid con dos cajas y una orden para consultar originales.

—¿Puede firmarlo?

—Puedo informar de compatibilidad alta. Para una atribución pericial necesito más muestras indubitadas.

Robles empujó hacia ella la solicitud de dietas.

—Busque veinte.

La técnica llamó a personal. Yo acerqué la fotografía del expediente de Requena sin tocarla.

Cebrián figuraba allí como responsable de traslado. En el caso de Alicia Brea firmó como enlace sanitario. En el de Samuel Vela, supervisor de ruta. En el de Darío Souto, coordinador provisional.

—Cuatro puestos —dije.

—Cuatro palabras —respondió Robles—. Todavía no sabemos qué trabajo hizo.

Consultó la relación oficial de responsables. Cebrián solo constaba en el caso Requena. En los otros tres, su nombre no figuraba en turnos, sustituciones ni equipos de apoyo.

Robles trazó una línea bajo cada ausencia.

—La firma lo coloca en las copias. La plantilla no lo coloca en el trabajo.

Abrió el expediente laboral. Cebrián había ocupado coordinación de traslados durante nueve años. Después pasó a una unidad de apoyo y, dos años más tarde, solicitó una excedencia.

La fecha de su salida era anterior a tres de las firmas.

Una fotografía de personal ocupaba la esquina. Cebrián tenía el cabello oscuro, la boca cerrada y el cuello cubierto por una camisa alta. Acerqué el rostro.

No apareció la mancha blanca que Nicolás había descrito.

—No lo reconozco —dije.

Robles cerró la funda transparente.

—Y aunque lo reconocieras después de que te sugirieran un rasgo, no bastaría.

Vega sacó el teléfono.

—Lo traemos.

Robles cerró la carpeta sobre su mano.

—Primero averiguamos cómo firmó después de dejar el puesto.

—Puede explicarlo él.

—También puede ordenar su explicación mientras viene.

Vega retiró el teléfono. No discutió, pero dejó la pantalla encendida sobre la mesa.

Robles decidió separar la identificación de la atribución. La técnica trabajaría con las firmas. Nosotros revisaríamos nombramientos, comisiones y accesos.

Me entregó un inventario sin copias adjuntas.

—Lees aquí.

—Ya lo sé.

—Ayer también sabías dónde terminaban las hojas.

No respondí. Deslicé el inventario hacia la luz.

El primer nombramiento temporal duró catorce días. Cebrián aparecía como apoyo de coordinación durante una baja. El segundo cubría una formación. El tercero no tenía resolución adjunta. Solo una anotación: «continuidad operativa».

En ninguno figuraba su firma de aceptación.

—Podían asignarle el cargo sin avisarle —dije.

Robles señaló las dietas.

—Y él podía cobrarlas sin leer.

La técnica regresó con una caja de formularios originales. Colocó sobre la mesa permisos, justificantes de combustible y recepciones de vehículos.

La misma firma aparecía en once documentos.

Cinco pertenecían a periodos en los que Cebrián ya estaba en excedencia.

—Alguien pudo imitarla —dijo Vega.

La técnica negó mientras ajustaba el enfoque.

—En once documentos, durante años, con variaciones naturales y la misma presión. Una imitación repetida suele copiar la forma. Aquí cambia la forma y conserva el gesto.

Robles pidió el sello de entrada de cada documento.

Tres habían sido presentados en centros distintos el mismo mes. Soto del Real. Alcalá-Meco. Valdemoro.

Yo marqué las fechas.

—No podía estar cubriendo la misma baja en tres sitios.

—No con el mismo nombramiento —dijo Robles.

Una funcionaria de personal entró con un archivador gris. No se sentó. Olía a papel húmedo y llevaba polvo negro en el puño de la chaqueta.

—He encontrado las prórrogas —dijo—. No son nombramientos.

Dejó cuatro hojas. Eran autorizaciones de acceso temporal para proveedores y asesores. Cebrián aparecía vinculado a empresas privadas después de abandonar la coordinación pública.

La primera gestionaba vehículos retirados.

La segunda instalaba lectores y barreras.

La tercera prestaba mantenimiento en zonas sanitarias.

La cuarta era Ventilaciones Arce.

Vega se inclinó sobre la última.

—La contrata del túnel.

—Y del monovolumen que arrojó el bolso —dije.

Robles apartó esa hoja del resto.

—Eso conecta a Cebrián con una empresa. No lo coloca dentro del vehículo.

La funcionaria abrió el archivador.

—Las autorizaciones se renovaban cada año. Algunas eran para un centro. Otras permitían acceso técnico a varios.

—¿Quién las aprobaba? —preguntó Robles.

La mujer pasó las páginas con el pulgar.

—Jefatura de servicio. Seguridad. A veces coordinación.

—¿Cebrián se aprobó alguna?

—No directamente.

Se detuvo en una hoja.

—Pero solicitó tres renovaciones como asesor externo.

Vega tocó la fecha más reciente. Seguía vigente cuando Nora empezó a investigar las seis muertes.

Robles pidió suspender los accesos sin notificar todavía el motivo. La funcionaria salió para llamar a seguridad.

—Si intenta entrar, lo sabremos —dijo Vega.

—Si descubre que no puede entrar, también sabrá que lo miramos.

—No podemos dejarle las puertas abiertas.

Robles eligió mantener activa una credencial y bloquear las demás. La única habilitada correspondía a un almacén sin material sensible, controlado por cámaras.

—No quiero una trampa —dijo—. Quiero saber si la utiliza.

Un agente de seguridad llamó desde el centro de control. Probó el bloqueo con una tarjeta de servicio y la puerta respondió con un pitido rojo. Después pasó la credencial que seguía activa. El acceso quedó registrado en la pantalla de Robles.

—Desde ahora, cada uso nos avisa a nosotras antes de abrir —dijo el agente.

Robles autorizó el protocolo y cortó la llamada.

La técnica colocó veinte firmas en dos filas. Había terminado la comparación preliminar.

—La atribución es consistente —dijo—. Pero hay una anomalía.

Señaló los documentos de Vela y Souto.

La tinta de la firma atravesaba impresiones hechas semanas después de las muertes. No estaban en los formularios originales. Habían sido añadidas a copias reconstruidas.

—Firmó una versión posterior —dije.

—O firmó una hoja en blanco que después recibió otro contenido —respondió Robles.

La técnica amplió el borde de un sello.

—Aquí el papel estuvo grapado antes de la firma. En este otro, después.

Vega apoyó ambas manos en la mesa.

—Cebrián intervino en la reconstrucción de dos expedientes donde oficialmente no tenía función.

—Eso sí podemos sostener —dijo Robles.

La funcionaria regresó con una lista de accesos históricos. Cebrián había usado credenciales temporales cuarenta y siete veces tras iniciar la excedencia.

Casi todas ocurrían en horario laboral. Talleres, patios, controles de seguridad, archivos de rutas.

—Se movía como alguien autorizado —dije.

—Porque lo estaba —respondió Robles.

En tres ocasiones accedió a centros la semana posterior a una de las muertes. En otras, su visita no coincidía con ningún caso.

La distribución impedía convertir cada entrada en prueba.

Vega separó las tres coincidencias.

—Quiero sus comunicaciones y cuentas.

Robles asintió.

—Y contratos. Sin entrevista todavía.

Yo pasé a la última página. Cebrián había asesorado a Ventilaciones Arce en la restauración de vehículos y en la adaptación de accesos para mantenimiento.

El contrato terminó dos meses antes de la muerte de Nora.

Debajo constaba una ampliación sin importe. «Asistencia puntual por incidencias».

—Esto no tiene fecha de finalización.

Robles pidió el original a la empresa. Vega ordenó preservar correos, partes de trabajo y facturas antes de que alguien pudiera corregirlos.

La técnica retiró las firmas de la mesa. Bajo una de ellas quedó visible una nota manuscrita en el margen.

«Revisar con M. Leal. Se niega a rectificar hora».

No había firma debajo.

Robles buscó el nombre en personal. Marcos Leal. Funcionario de comunicaciones en Soto. Apartado del servicio después de un expediente disciplinario.

—¿Fecha? —pregunté.

La pantalla tardó en cargar.

Tres días después de la muerte de Requena.

Vega cogió su abrigo.

—Ahora sí hablamos con alguien.

Robles imprimió la dirección de Leal y guardó el nombre de Cebrián en una carpeta separada.

—Con Cebrián, todavía no.

Salimos del archivo cuando empezaban a encenderse las luces de Cibeles. El aire frío me cortó la cara al cruzar la acera.

Robles me entregó solo la dirección.

—Leal no sabe que vamos.

—¿Y si no quiere hablar?

Doblé el papel una vez.

—Entonces escucharemos por qué.