CAPÍTULO 13Seis muertes oficiales
Seis muertes oficiales
Robles me quitó las copias antes de que pudiera sentarme.
Las dejó dentro de una caja de seguridad y giró la llave. En el archivo, los fluorescentes tardaban en encenderse y el carro metálico de un funcionario chirriaba entre las estanterías.
—Clara me escribió anoche —dijo.
—Le dijiste que te llamara.
—Me preguntó si las hojas que vio Lucas contenían datos protegidos. No necesitó contarme por qué las había visto.
Deslicé el resguardo de entrega hacia mí. Robles puso un bolígrafo encima.
—Firma. Desde hoy solo lees lo que yo autorice y no sacas fotografías. Tampoco te llevas copias durante cuarenta y ocho horas.
—Lucas encontró algo que no habíamos visto.
—Eso no convierte a tu hijo en personal habilitado.
Firmé. El papel raspó bajo la punta.
—No volverá a ocurrir.
Robles comprobó la firma y guardó el resguardo.
—No necesito esa frase. Necesito que no ocurra.
Vega apareció en la pantalla del fondo. Estaba en Madrid, dentro de una sala con las persianas bajadas. Colocó una grabadora sobre la mesa, pero no la encendió.
—Sanz confirma que viajó en el furgón vacío —dijo—. Iba tumbado bajo dos mantas y sin esposas. No vio al conductor.
—¿Repitió el mensaje de David?
—Repitió tres palabras en un pasillo judicial. Asegura que no sabía de quién venían.
Robles abrió una caja distinta. Seis expedientes ocupaban el interior, separados por cartulinas.
—¿Qué palabras?
Vega pasó una hoja.
—«Nombres antes del viernes». No coincide con lo que contó Nicolás.
—O pertenece a otro fragmento —dije.
—O uno de los dos miente —respondió Robles.
Sanz también había reconocido que el traslado no empezó en su módulo. Un funcionario lo sacó de una sala de espera sin registrar el cambio. En el juzgado, otro hombre le indicó el pasillo donde debía repetir la frase.
—¿Descripción? —pregunté.
—Gafas, abrigo oscuro y prisa —dijo Vega—. Media ciudad antes de desayunar.
Robles cerró la caja de Sanz.
—No construimos una identificación con eso.
Un técnico de accesos entró con dos impresiones. Marcó con el dedo una letra junto al número de Ferrer.
El día de Requena, la verja no leyó el número físico de su tarjeta. Leyó una credencial temporal vinculada a su identidad. El sistema la había creado seis horas antes desde un perfil de coordinación.
El técnico señaló una segunda línea. La credencial temporal caducaba a medianoche y no necesitaba acercarse a la tarjeta original. Bastaba con elegir un conductor y asignar su número a otro soporte.
—¿Quién podía hacerlo? —pregunté.
—Coordinación, jefatura de servicio y dos administradores.
—¿Queda usuario?
—Queda el cargo. El nombre fue sustituido cuando migraron el sistema.
Robles pidió el respaldo anterior a la migración. El técnico dijo que estaba en cintas almacenadas y que tardarían en localizarlas.
—Entonces no esperamos —dijo ella—. Seguimos con las horas.
Durante las reuniones nocturnas de Nora, el registro era distinto. Los lectores habían captado el número exacto de la tarjeta de Ferrer, aunque Ferrer conservaba el plástico.
—Primero prestaban identidades desde el sistema —dijo el técnico—. Después alguien empezó a copiarlas físicamente.
—¿El aparato del furgón? —pregunté.
—Pudo copiar las posteriores. No la de Requena. Su número de serie aparece en una factura de Ventilaciones Arce años después.
Robles separó ambas impresiones y las colocó en carpetas diferentes.
—La muerte de Requena no demuestra que ese duplicador ya existiera. Lo único común es el abuso de credenciales.
Mandó devolver de inmediato el informe del dispositivo al equipo de Nora y dejó con nosotros solo el registro temporal de Requena.
El funcionario empujó el carro hasta la mesa. Seis cajas golpearon el borde una detrás de otra.
—No buscamos seis asesinatos —dijo Robles—. Buscamos cuándo empezó a mentir cada expediente.
Abrió el primero.
Tomás Requena. Soto del Real. Suicidio en celda.
El aviso interno de la clínica se emitió a las 03:40. La llamada oficial de asistencia figuraba a las 03:58. Dieciocho minutos.
Robles pegó ambas horas sobre una pizarra móvil.
—En esos minutos salió el furgón —dije.
—Y alguien convirtió una clínica en una celda.
El segundo expediente pertenecía a Esteban Mora. La versión oficial decía que cayó durante un traslado hospitalario. El GPS del vehículo registró una detención junto a la rampa de urgencias a las 11:06. La llamada al hospital aparecía a las 11:17.
Once minutos.
Vega acercó una fotografía a su cámara.
—La ruta original pasaba por la entrada principal. La copia incorporada al expediente utiliza un acceso lateral.
Robles movió el imán de Mora lejos del de Requena.
—Otra prisión. Otra causa. No los juntes todavía.
El tercero era Alicia Brea. Reacción alérgica en Alcalá-Meco. Una auxiliar había anotado dificultad respiratoria a las 19:21. El aviso médico constaba a las 19:30.
Nueve minutos.
La nota de la auxiliar desapareció del expediente y reapareció como copia en la reclamación de la familia.
—Aquí no cambiaron una ruta —dije.
—Cambiaron el momento en que empezó la urgencia —respondió Robles.
El cuarto nombre era Samuel Vela. Topas. Fallo cardíaco.
Una llamada desde enfermería quedó registrada a las 02:12. El médico firmó que recibió el aviso a las 02:34.
Veintidós minutos.
Vega golpeó su mesa.
—El teléfono no esperó veintidós minutos para sonar.
Robles cogió los expedientes de Brea y Vela.
—Bajamos a comunicaciones.
El cuarto de grabaciones estaba un piso debajo. Un técnico introdujo dos discos en una unidad que vibraba al girar. En la primera llamada, una mujer respiraba deprisa.
«Lleva varios minutos sin poder tragar».
La transcripción judicial empezaba después de aquella frase.
Robles detuvo el audio.
—Conserva el original y registra quién pidió la copia recortada.
En la llamada de Vela, el funcionario repetía que el médico todavía no había llegado. La versión escrita decía que ya lo estaba atendiendo.
—No corrigieron una hora —dije.
—Corrigieron a quien esperaba —respondió Robles.
Ordenó precintar ambos discos y regresamos al archivo con el técnico detrás.
El quinto caso correspondía a Óscar Miret, en Picassent. Autolesión. Una cámara mostraba a un funcionario deteniéndose frente a su celda a las 05:46. El parte decía que lo descubrió a las 06:00.
Catorce minutos.
El vídeo no mostraba el interior. Podía haber oído un golpe, una voz o nada.
—No sabemos qué vio —dije.
—Sabemos que borró esa parada de su ronda —respondió Vega.
El sexto era Darío Souto. Teixeiro. Accidente laboral en un taller.
La radio de mantenimiento avisó de una máquina bloqueada a las 16:08. La alarma oficial se activó a las 16:25.
Diecisiete minutos.
En la versión final, el aviso de mantenimiento aparecía después del accidente.
Robles alineó los seis números: nueve, once, catorce, diecisiete, dieciocho y veintidós.
El funcionario del carro abrió una ventana. Entró aire frío y las hojas sujetas con imanes temblaron.
—No es el mismo intervalo —dije.
—No necesitaban que lo fuera —respondió Robles—. Necesitaban que la asistencia pareciera inmediata cuando alguien revisara cada caso por separado.
Vega señaló a Requena.
—En uno movieron el cadáver. En otro cambiaron la ruta. En otros retrasaron el primer aviso.
—Eso no prueba que provocaran las muertes —dijo Robles.
—Prueba que alguien temía la hora real.
Robles dividió allí mismo las tareas. Vega revisaría vehículos y accesos. Dos equipos llamarían a sanitarios y familiares. Ella y yo comprobaríamos las versiones originales contra las copias judiciales.
Me entregó el expediente de Brea sin datos personales de la familia.
—Esto no sale del archivo.
—Entendido.
—Y Lucas no participa.
—Ya lo has dicho.
Robles retiró la carpeta antes de que la tocara.
—Entonces no necesitabas responder.
Esperé. Ella volvió a dejarla delante de mí.
Comparamos sellos, márgenes y números de página. Las correcciones no seguían un método único. Una hora estaba sobrescrita. Otra aparecía en una hoja sustituida. Una ruta había sido impresa de nuevo. En dos casos, alguien añadió una firma de recepción.
El funcionario colocó los originales bajo una lámpara lateral. La tinta azul de cuatro firmas reaccionó igual, aunque figuraban bajo cargos distintos.
Robles acercó la lupa. No leyó los nombres.
Superpuso las copias transparentes. Los trazos coincidieron en la inclinación, la presión y un corte brusco al final.
Vega se levantó al otro lado de la pantalla.
—¿La misma persona?
Robles separó las hojas antes de contestar.
—La misma mano firmó como responsable de traslado, enlace sanitario, supervisor de ruta y coordinador provisional.
Tocó los cuatro cargos con el extremo del bolígrafo.
—Ahora averiguamos a quién pertenecía.