Madrid, los nombres tachados (Los casos de Julio Barral 8) CAPÍTULO 12La cena prometida
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CAPÍTULO 12La cena prometida

La cena prometida

Martina abrió la puerta antes de que pudiera llamar.

Llevaba una corona de cartón torcida y una cuchara de madera en la mano. Detrás, el pasillo olía a cebolla y pan tostado.

—Has llegado tú —dijo.

—Eso parece.

Me agarró de dos dedos y tiró hacia dentro. Laura apareció desde la cocina con un paño al hombro.

—Déjala ahí. Si la abres, no cenamos.

Dejé el equipaje junto al perchero. El teléfono vibró dentro del abrigo. No lo saqué.

Clara estaba cortando una tortilla. Lucas colocaba vasos sin levantar la vista.

—Ocho cincuenta y dos —dijo él.

—El tren llegó a la hora.

—No he preguntado por el tren.

Me quité el abrigo. Otra vibración recorrió la tela antes de que lo colgara.

—Estoy aquí.

Laura dejó la fuente.

—Siéntate antes de que la frase se enfríe.

Martina empujó mi silla. Clara sirvió la tortilla.

—¿Qué es la corona? —pregunté.

—Soy la que manda hoy.

—Entonces estamos todos avisados.

—Tú más.

Lucas acercó el pan. Rozó mi plato y lo retiró enseguida.

El teléfono volvió a vibrar en el bolsillo del abrigo. Llegó otra.

Clara cortó otra porción.

—Puedes mirarlo.

—No hace falta.

—No he dicho que lo mires. He dicho que puedes.

Cogí el tenedor. Martina empezó a contar los guisantes de su plato aunque no había guisantes.

—Son patatas —dijo Laura.

—Ya lo sé.

—Entonces por qué las cuentas como guisantes.

—Porque hay más.

Lucas soltó una risa breve. Yo miré hacia el abrigo.

Clara movió la fuente para taparme la vista.

—¿Cuánto tiempo vas a estar?

—He vuelto.

—Eso es una ubicación —dijo Lucas.

Martina levantó la cuchara.

—Yo dije eso primero.

—Tú dijiste que un punto no era él.

—Es lo mismo, pero mejor.

Laura le quitó la cuchara antes de que golpeara el vaso.

—Come con el tenedor.

El teléfono vibró otra vez. Me levanté.

Clara no dijo nada. Siguió cortando pan. Eso me detuvo más que si hubiera puesto la mano sobre la mesa.

Saqué el móvil del abrigo. Tres mensajes de Robles. Uno de Vega. Una llamada perdida.

No abrí ninguno.

Mantuve pulsado el botón lateral hasta que apareció la opción de apagado. Deslicé el dedo.

La pantalla se volvió negra.

Volví y dejé el teléfono junto al plato.

Lucas miró el aparato.

—Podías silenciarlo.

—También podía apagarlo.

—No es lo mismo.

—Hoy sí.

Clara empujó el vaso hacia mí.

—Come.

Martina se puso la corona al revés y siguió separando las patatas por tamaños. Laura recogió un trozo que cayó al suelo. Nadie habló de Madrid.

—¿Qué habéis hecho hoy? —pregunté.

Lucas bebió agua.

—No empieces por mí.

—No estaba empezando por ti.

—Has mirado hacia mí.

Laura se sentó por fin.

—Martina ha pintado una pared.

—Una hoja pegada a la pared —corrigió Clara.

—La pintura atravesó.

—Entonces pinté dos cosas —dijo Martina.

Me enseñó una mancha azul en el codo. La froté con el pulgar. No salió.

—Mañana tampoco.

—Mejor.

Clara retiró mi plato y dejó otra porción.

—No tengo tanta hambre.

—No es por hambre.

—¿Entonces?

—Has dormido cuatro horas en dos días.

Lucas giró el vaso entre las manos.

—Y luego dirá que estaba cansado cuando no oyó algo.

—Te estoy oyendo.

—Ahora.

La palabra quedó entre nosotros. Martina intentó cortar la tortilla con el borde del tenedor y la mitad salió disparada hacia el mantel.

Laura la recogió.

—Eso no era una catapulta.

—Ha funcionado.

Clara se levantó a por servilletas. Yo no aproveché para encender el teléfono.

—¿Robles sabe que estás aquí? —preguntó Lucas.

—Sí.

—¿Sabe que has enseñado las hojas?

La base del vaso se quedó pegada a mis dedos.

—Todavía no.

Clara volvió despacio.

—¿Qué hojas?

Laura dejó la servilleta junto a Martina.

—Las de los nombres.

Clara se sentó sin quitarme los ojos de encima.

—Eran copias autorizadas para mí.

—No para Lucas —dijo.

—No había datos personales completos.

—No he preguntado qué tapaste.

Lucas apartó el plato.

—No pasa nada.

—Sí pasa —respondió Clara—. Solo que no te toca arreglarlo.

La silla rozó el suelo cuando me eché hacia atrás.

—Le pedí una observación. No lo metí en la investigación.

Lucas señaló el teléfono apagado.

—Me enseñaste pruebas y después ignoraste a Robles para demostrar que estabas con nosotros.

No contesté.

Martina tocó mi muñeca con la corona.

—Se ha roto.

Una de las puntas se había doblado. La enderecé con cuidado y reforcé el pliegue con el celo que quedaba en la mesa.

—No queda igual —dijo.

—No.

—Vale.

Se la volvió a poner.

Clara retiró la fuente vacía.

—Mañana se lo cuentas a Robles.

—Lo haré.

—Sin explicarle primero por qué creíste que estaba bien.

—No he dicho que estuviera bien.

—Todavía.

Laura abrió el lavavajillas. El golpe de la puerta cortó la conversación.

Me levanté y recogí los platos. Clara intentó quitarme dos. No los solté.

—Puedo llevarlos.

—No era una prueba.

—Ya lo sé.

Los puse dentro. Martina trajo su vaso con ambas manos y derramó agua sobre el suelo. Laura lanzó el paño hacia mí.

—Ahora sí tienes una función.

Me agaché. El agua estaba fría en las rodillas del pantalón. Martina apoyó una mano en mi espalda para mirar cómo secaba.

—Has dejado una parte.

—La estaba viendo.

—No parecía.

Lucas recogió los cubiertos y los dejó en el fregadero. Al pasar junto a mí, tocó con un dedo el teléfono apagado.

—Lleva una hora.

Miré el reloj de la cocina. Había pasado más tiempo del que esperaba.

No encendí el móvil.

Clara sirvió yogur en cuatro cuencos. No puso uno para mí.

—¿No hay?

—Dijiste que no tenías hambre.

Cogí una cuchara limpia y me senté junto a Martina. Ella protegió su cuenco con los brazos.

—Este es mío.

—No te lo voy a quitar.

—Antes cogías.

—Antes preguntaba menos.

Me dejó probar una cucharada.

Cuando terminamos, Martina pidió que leyera el cuento de la casa que caminaba. Laura empezó a recoger la mesa. Clara apagó la luz de la cocina y dejó encendida solo la del salón.

El teléfono seguía negro.

Leí dos páginas. Martina me corrigió una palabra que yo había cambiado sin darme cuenta. Volví atrás y la pronuncié como estaba escrita.

Lucas pasó detrás del sofá.

—Robles habrá seguido trabajando.

—Sí.

—Y tú no sabrás qué ha pasado.

—Sí.

Se detuvo, como si esperara que añadiera algo.

No lo hice.

Martina apoyó la cabeza en mi brazo. Terminé el cuento sin saltarme ninguna página. Al cerrar el libro, Clara se la llevó al baño.

Encendí el teléfono.

Aparecieron siete mensajes, tres llamadas perdidas y un correo de Vega.

Abrí primero el último mensaje de Robles.

Hemos localizado la incidencia del contador. El furgón hizo otra ruta la noche anterior a la muerte de Requena. Necesitaba que reconocieras un nombre antes de entrevistar al responsable.

El siguiente mensaje era más corto.

Ya no hace falta.

La llamé.

Respondió al segundo tono.

—Dime.

—He visto los mensajes.

—Eso suele ocurrir cuando se enciende el teléfono.

—Estaba cenando.

—Lo sé. También sé que enseñaste documentación a Lucas.

Miré hacia el pasillo. Lucas seguía allí, apoyado contra la pared.

—Te lo iba a contar mañana.

—Ahora ya no tienes que elegir cuándo.

Me froté la rodilla húmeda.

—¿Qué nombre querías que reconociera?

Robles movió papeles al otro lado.

—Héctor Sanz. Figuraba como ocupante de un traslado que oficialmente iba vacío.

—¿Lo habéis localizado?

—Sí.

—¿Y?

—Vega lo entrevistó sin ti.

—Puedo ir.

—No. Has apagado el teléfono para estar en casa. Quédate en casa.

—Podrías haber esperado una hora.

—Podías haber respondido una vez y decirlo.

No añadió nada. Tampoco yo.

—Mañana a las ocho —dijo—. Revisaremos las seis muertes. Trae las copias.

—¿Qué dijo Sanz?

—Mañana.

La llamada terminó.

Lucas seguía apoyado en la pared.

—¿Te has quedado fuera?

Guardé el teléfono en el bolsillo.

—De una entrevista.

—¿Importante?

—Todavía no lo sé.

Clara regresó con Martina en brazos. La niña tenía el pelo mojado y la corona doblada contra el pecho.

—¿Te vas? —preguntó.

Miré el abrigo. Después el teléfono.

—No.

Clara no sonrió. Me entregó a Martina para que la llevara a la cama.

Detrás de nosotros, el móvil vibró una vez.

No me volví.