CAPÍTULO 11Un traslado sin preso
Un traslado sin preso
La tarjeta de Julián Ferrer abrió la verja del depósito cuando Julián Ferrer estaba en urgencias.
—¿Está certificado? —preguntó.
La responsable de control golpeó la pantalla con la uña.
—Lector, cámara y barrera. Los tres marcan lo mismo.
A través de la puerta abierta se veían las torres de Plaza de Castilla recortadas sobre una nube baja. Un furgón blanco cruzó el patio y frenó en la línea amarilla.
—¿Y la cámara? —dije.
La mujer abrió una imagen. Un conductor con gorra inclinaba la cabeza hacia el volante. La visera cortaba el rostro. En el cuello no se distinguía ninguna mancha.
Robles cerró la ampliación.
—No completamos caras que no están.
La responsable pasó al segundo acceso. La misma tarjeta había abierto una puerta de Soto del Real a las 07:02. El parte de servicio declaraba que el vehículo iba vacío para recoger a un interno.
No recogió a nadie.
A las 09:31 entró en un aparcamiento judicial de Madrid. Tampoco figuraba preso, agente custodio ni entrega de documentación.
—Tres accesos —dijo Robles—. Un solo recorrido sin carga.
—Eso dice el sistema —respondió la responsable.
—El sistema dice que no había carga registrada.
Robles le pidió las imágenes originales, los registros de mantenimiento y las incidencias de las barreras. Después señaló una nave lateral.
—Quiero ver el vehículo.
El furgón llevaba cuatro años retirado. Estaba al fondo, entre una ambulancia sin distintivos y dos coches cubiertos con lonas. La pintura había perdido brillo. El número 69 seguía visible bajo una capa nueva.
Me detuve junto a la puerta trasera.
—Es la terminación que recordó Nicolás.
—Recordó dos números después de hablar de vehículos durante media hora —dijo Robles—. No conviertas memoria en matrícula.
Un mecánico retiró el precinto del tirador. Vega llegó antes de que abrieran. Llevaba el cabello húmedo y una carpeta doblada bajo el brazo.
—Ferrer está aquí —dijo—. Ha venido con su abogado.
—Primero el furgón.
Vega miró mis manos.
—Barral no toca.
—No pensaba hacerlo.
—Eso no es una garantía.
El mecánico abrió. El interior estaba vacío, salvo por los anclajes del banco y una rejilla metálica. Al mover la puerta, algo suelto golpeó dentro del panel.
Robles levantó una mano.
—No desmontéis todavía.
Un técnico fotografió bisagras, suelo y cerraduras. Luego pasó una luz por el marco. Había dos capas de pintura y una pequeña zona pulida junto al cierre.
—¿Uso posterior a la retirada? —preguntó Vega.
—O reparación —respondió el técnico—. Necesito abrir el panel.
Robles autorizó el desmontaje. El mecánico colocó una manta en el suelo y retiró cuatro tornillos. Uno estaba más limpio que los demás.
Detrás del panel apareció un lector de proximidad antiguo, desconectado, del tamaño de una caja de cerillas.
Vega se agachó.
—¿Para qué servía?
La responsable de control palideció antes de contestar.
—Es un duplicador de credenciales de primera generación.
Robles no tocó el aparato.
—¿Podía copiar una tarjeta?
—Si se acercaba lo suficiente durante unos segundos.
—¿Y abrir puertas después?
—Las que aceptaran ese formato. Hace años casi todas.
El técnico metió el duplicador en una bolsa. El golpe que habíamos oído procedía de una batería suelta dentro del mismo hueco.
—No consta en el inventario del vehículo —dijo la responsable.
—Tampoco consta que alguien lo buscara —respondió Vega.
Robles pidió preservar las entradas de todos los empleados que habían trabajado en aquel furgón. Luego cerró la nave y dejó un agente en la puerta.
Julián Ferrer esperaba junto a la barrera exterior. Tenía una férula en la mano derecha y un abrigo demasiado fino. Su abogado sujetaba una carpeta contra el pecho.
—No voy a entrar en una sala —dijo Ferrer.
Robles señaló el furgón precintado.
—No hace falta. Reconozca ese vehículo.
El hombre lo miró desde lejos.
—Conduje veinte iguales.
—Ese termina en sesenta y nueve.
Ferrer se acercó dos pasos. La suela arrastró gravilla.
—Lo retiraron después de un golpe.
—¿Cuándo?
—No recuerdo el año.
Vega abrió la carpeta.
—Su tarjeta lo sacó de aquí, entró en Soto y abrió el aparcamiento judicial el día de la muerte de Tomás Requena.
El abogado se interpuso.
—Mi cliente estaba hospitalizado.
—Eso consta —dijo Robles—. Por eso queremos saber quién tenía su tarjeta.
Ferrer levantó la férula.
—La llevaba conmigo.
—¿En urgencias?
—En la cartera.
—¿La perdió?
—No.
—¿La prestó?
—Tampoco.
El abogado tocó el codo de Ferrer.
—No responda a hipótesis.
Robles sacó una fotografía del lector oculto. Ferrer dejó de mirar el furgón.
—Eso no estaba ahí.
—¿Cómo lo sabe? —pregunté.
Vega giró hacia mí. No me retiró de la escena, pero tampoco permitió otra pregunta.
Ferrer tragó saliva.
—Porque yo revisaba el cierre. Esa puerta se atascaba.
Robles le mostró el tornillo limpio.
—Alguien abrió el panel después.
—Entonces pregunte al taller.
—El taller firmó una reparación tres meses antes de la ruta. El panel no figura desmontado.
Ferrer miró al abogado. La férula crujió cuando cerró la mano.
—Había tarjetas de sustitución.
La responsable de control negó desde la puerta.
—No con su número.
—Antes sí.
—Antes se anulaba la original.
Ferrer se pasó la lengua por el labio.
—A veces no.
Robles esperó.
El abogado dejó de tocarle el brazo.
—Explíquese —dijo Vega.
—Cuando faltaba gente, un coordinador copiaba accesos temporales para que otro conductor pudiera cubrir. No se escribía así. Se hacía.
—¿Qué coordinador?
Ferrer se quedó mirando la barrera. Un camión arrancó en la calle y el metal vibró bajo nuestros pies.
—Hubo varios.
Robles sacó una relación de servicios. No la puso delante del abogado, sino frente a Ferrer.
—En esa semana solo uno autorizó cambios de ruta.
El apellido estaba cubierto por su dedo.
Ferrer no lo leyó en voz alta.
—No voy a señalar a nadie porque mi tarjeta aparezca en una pantalla.
—Su tarjeta no apareció —dijo Robles—. Apareció una copia.
El hombre levantó la vista hacia el furgón.
—Entonces ya saben más que yo.
Robles retiró la hoja.
—Sabemos que alguien podía conducir con su identidad. Todavía no sabemos quién lo hizo ese día.
Ferrer dio un paso hacia su coche. Vega le bloqueó el camino sin tocarlo.
—Faltan dos reuniones de Nora Beltrán.
El hombre se detuvo.
—No sé quién es.
—Su tarjeta abrió este depósito las dos noches en que ella se reunió con una fuente cerca de Atocha —dijo Vega—. El mismo vehículo salió sin servicio asignado.
El abogado abrió su carpeta.
—Eso no vincula a mi cliente.
—Por eso sigue aquí y no en dependencias policiales —respondió Robles.
Ferrer miró otra vez la fotografía del duplicador.
—Yo denuncié una vez que el contador de kilómetros no cuadraba.
—¿Cuándo?
—Después de volver de baja. Había ciento ochenta kilómetros de más.
—¿Qué le respondieron?
—Que sería un error de taller.
Robles pidió la fecha. Ferrer se la dio y aceptó firmarla. Su abogado añadió que la declaración no implicaba reconocimiento de responsabilidad.
Vega llamó al equipo de registros. Ordenó buscar aquella incidencia, los cambios de contador y las rutas de los dos días en que Nora se reunió con su fuente.
Yo miré la tarjeta fotografiada en el expediente. El rostro de Ferrer estaba gastado por años de uso. El número seguía legible.
—Nicolás dijo que el mensaje de David viajó el día del disparo.
Robles cerró la carpeta.
—Y todavía no sabemos cuándo se lo entregaron.
—Pero una copia de tarjeta pudo mover el furgón.
—Pudo. No lo hizo sola.
La responsable de control salió con otra hoja. Había encontrado la primera alta del duplicador oculto. No estaba asociada al furgón, sino a una empresa externa que restauraba vehículos retirados.
Ventilaciones Arce.
Vega cogió el documento.
—La empresa del monovolumen.
Robles leyó la fecha. Era posterior a la muerte de Requena, pero anterior a las reuniones de Nora.
No dijo que todo estuviera conectado.
Separó los expedientes.
—El traslado de Requena por un lado. Nora por otro. Hasta que una persona aparezca en ambos.
La responsable señaló una firma de recepción casi borrada.
No se distinguía el apellido completo.
Solo el cargo.
Coordinador de traslados.
Robles no pronunció el nombre que todavía no teníamos. Guardó la hoja y ordenó precintar la nave. Detrás de nosotros, la barrera volvió a abrirse con otra tarjeta de servicio activa.