CAPÍTULO 10El mensajero de Soto #2
Robles abrió la carpeta y colocó una hoja en blanco entre los dos.
—¿Cómo?
—Con gente.
Nicolás bebió agua. Dejó el vaso en otro sitio.
—Uno aprendía una matrícula. Otro, un apellido. Otro llevaba una frase. Si te trasladaban al hospital, al juzgado o a otro centro, la soltabas donde te habían dicho.
—¿A quién?
—A veces a un preso. A veces a un funcionario. A veces bastaba con decirla cerca de alguien.
Robles escribió solo la última respuesta.
—¿Y el mensajero sabía qué estaba transportando?
Nicolás soltó una risa corta.
—Si lo sabía, lo cambiaban. La gracia era no saber.
Me miró por primera vez desde que nos sentamos.
—Tu amigo lo entendió tarde.
El café me dejó un sabor metálico sin haberlo probado.
Robles colocó una mano sobre la hoja.
—¿David Mena?
—No era amigo mío.
—No le he preguntado eso.
Nicolás tiró de la manga. Bajo la muñeca tenía una cicatriz ancha.
—Coincidimos en Topas. Él preguntaba demasiado. Quería nombres, pero no quería escribirlos. Decía que los papeles acababan donde no debían.
—¿Le oyó decir que los nombres viajaban mejor que los papeles? —preguntó Robles.
El hombre no contestó enseguida. Tocó el vaso dos veces.
—Algo parecido.
Robles cerró el bolígrafo.
—Nora guardó esa frase atribuida a David.
—Nora guardaba demasiadas cosas.
—Y está muerta.
Nicolás apartó la mano del vaso.
—Eso salió en la radio.
—También salió que fue un atropello. Ya sabe que no lo tratamos así.
El camarero encendió la cafetera. El vapor cubrió unos segundos la mesa.
Nicolás se inclinó hacia delante.
—David no inventó el sistema. Ya estaba. Lo usaban presos, abogados, funcionarios. Cada uno para lo suyo.
—¿Quién lo coordinaba?
—Nadie.
—Alguien decidía qué frase se repartía.
—Una persona para una frase. Otra para la siguiente. No había una oficina.
Robles dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Eso sí se parece a lo que investigaba Nora.
Nicolás la miró.
—Porque ella quería un jefe. Al principio. Luego dejó de buscarlo.
—¿Qué encontró?
—Gente que hacía favores y después necesitaba que otros taparan el favor.
El hombre cogió un sobre de azúcar y lo dobló sin abrirlo.
—Un conductor cambiaba una ruta. Un médico firmaba tarde. Un preso repetía cuatro palabras. Ninguno preguntaba por el resto.
Robles deslizó una fotografía de Tomás Requena.
Nicolás no tocó la imagen.
—Lo conocía.
—¿De Soto?
—De enfermería.
—El informe dice que murió en una celda.
—El informe puede decir misa.
Me incliné. Robles levantó dos dedos sin mirarme. Me quedé atrás.
—¿Qué hacía Requena? —preguntó ella.
—Escuchaba. No parecía gran cosa. Los funcionarios hablaban delante de él porque siempre estaba medio dormido.
—¿Llevaba mensajes?
—Recibía partes. Fechas. Apellidos. A veces los soltaba durante las consultas.
Robles giró la fotografía.
—¿David utilizó a Requena?
Nicolás abrió el sobre de azúcar y vertió la mitad sobre la mesa, no en el café.
—Utilizó la ruta. No sé si utilizó al hombre.
—Explíquelo.
—Desde Topas salía gente para juicios en Madrid. Algunos pasaban por Soto. Otros dormían una noche en Valdemoro. David consiguió repartir un mensaje en cuatro trozos.
La garganta se me cerró alrededor del aire.
—¿Qué mensaje?
Nicolás miró a Robles. Ella no me permitió repetir la pregunta.
—No lo sé entero —dijo él—. Yo llevaba dos palabras.
—¿Cuáles?
—Los nombres.
Robles dejó de escribir.
—¿Solo eso?
—Y una fecha.
—¿Cuál?
Nicolás empujó el azúcar con el borde de la uña hasta formar una línea.
—El día del disparo.
El café seguía intacto delante de mí. Lo aparté para no volcarlo.
Robles sacó la copia donde Nora había anotado MENA_3.
—¿Nora le preguntó por un audio?
—Me puso uno.
—¿Reconoció la voz?
—Reconocí una parte. No a David. Al hombre que repitió el recado después.
—Nombre.
Nicolás se echó hacia atrás.
—No quiero que lo busquen diciendo que he hablado.
Robles guardó la fotografía de Requena.
—Ya ha declarado que existía un sistema. Necesito a una persona concreta o esto se queda en una historia útil para una cafetería.
El hombre miró a la máquina de tabaco.
—Le llamaban Caracol.
—Nombre real.
—Héctor Sanz. Salió hace dos años.
—¿Dónde está?
—No lo sé. Nora sí lo encontró.
Robles escribió el nombre completo y deslizó la hoja hacia él.
—Firme que se lo ha dado.
Nicolás sostuvo el bolígrafo, pero no firmó.
—Primero una cosa.
—No negociamos protección a cambio de información.
—No quiero protección.
Señaló mi carpeta.
—Quiero saber si Barral recuerda a un conductor con una mancha blanca en el cuello.
La imagen llegó antes que el nombre. Un hombre inclinándose para ajustar una puerta. Una camisa cerrada hasta arriba. Piel despigmentada bajo la oreja.
—No sé quién era.
—Pero lo ha visto.
Robles me observó.
—¿Dónde?
—En Topas. El día del disparo.
Nicolás firmó.
—Ese hombre llevaba los mensajes que no podían confiar a presos.
Robles guardó la declaración.
—¿Trabajaba allí?
—Entraba con vehículos. A veces de prisiones. A veces de empresas.
—¿Nombre?
—Nunca lo oí. Nora lo llamaba el de los traslados.
El camarero recogió mi café sin preguntarme si había terminado. La taza dejó un círculo oscuro sobre la mesa.
Robles se levantó.
—Necesito las fechas de los viajes en los que vio a ese conductor.
Nicolás se abrochó la chaqueta.
—Solo recuerdo una. La del recado de David.
—¿Matrícula?
—No entera. Terminaba en seis nueve.
Robles no abrió otra vez la carpeta. Sacó el teléfono y llamó a Vega delante de él. Le pidió movimientos de vehículos entre Topas, Soto y Madrid durante las cuarenta y ocho horas previas al disparo. También cualquier servicio registrado a nombre de Héctor Sanz.
Al colgar, Nicolás seguía de pie.
—No busquen solo presos —dijo—. Una vez me llevaron de Soto a un juzgado y el parte decía que el furgón iba vacío.
Robles dejó las llaves en mi lado de la mesa.
—Conduces tú.
—¿Adónde?
—A comprobar cuántas veces un vehículo sin preso hizo una ruta de presos.
Nicolás salió sin despedirse. Esperamos a que cruzara el aparcamiento.
La carretera hacia Soto seguía mojada. La prisión quedaba detrás, pero la ruta que acabábamos de abrir atravesaba todavía media España y varios años.
Robles señaló mi teléfono.
—La próxima vez que no puedas contestar, envía dos palabras.
—¿Cuáles?
Abrió la puerta.
—Ahora no.