Madrid, los nombres tachados (Los casos de Julio Barral 8) CAPÍTULO 8La noticia sin publicar
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CAPÍTULO 8La noticia sin publicar

La noticia sin publicar

El artículo tenía seis títulos y ninguno estaba terminado.

La copia forense del portátil de Nora ocupaba tres pantallas. La sala olía a cable caliente y la persiana golpeaba al arrancar el aire.

—No están borrados —dijo el técnico—. Se guardaron como copias distintas.

Vega apoyó ambas manos en la mesa.

—¿Cuál es la última?

—Depende de qué parte mire.

Robles acercó una silla. Yo me quedé detrás de ella, fuera del alcance del teclado. Vega había dejado claro que podía leer lo relacionado con Topas, no revisar la vida entera de Nora.

El primer documento se titulaba MUERTES CON TRASLADO PREVIO. Era el mismo nombre que figuraba en el registro de impresión.

El segundo cambiaba una palabra.

MUERTES DESPUÉS DEL TRASLADO.

—No significa lo mismo —dije.

—Por eso conservó ambos —respondió Robles.

El técnico ordenó las versiones por hora. Nora había corregido el texto durante diecisiete días. No trabajaba de principio a fin. Volvía a cada caso, añadía una línea y retiraba dos.

—Imprime solo las diferencias —ordenó Vega—. No quiero ciento treinta páginas repetidas.

La impresora empezó a expulsar bloques marcados en gris. Robles separó las seis historias y colocó una hoja delante de cada silla.

No eran seis asesinatos descritos como tales.

La primera muerte constaba como suicidio en una celda de Soto del Real. La segunda, una caída accidental durante un traslado hospitalario. La tercera se cerró como reacción alérgica. Las otras tres mezclaban fallo médico, autolesión y accidente laboral dentro de distintos centros.

Dos traslados figuraban antes de las muertes. Otro apareció registrado al día siguiente. Nora había rodeado las fechas sin llamarlas falsas.

—Nora no afirma que los mataran —dijo Robles.

Vega golpeó la primera hoja con el índice.

—Afirma que las versiones oficiales llegaron demasiado pronto.

En cada caso había una alteración pequeña. Una hora corregida. Una ruta sustituida. Una firma añadida después. Ninguna bastaba sola.

Juntas ocupaban casi todas las notas al margen.

El técnico abrió los comentarios ocultos del documento. Nora había escrito preguntas para sí misma, no conclusiones. «¿Quién autorizó el cambio?». «¿Por qué el vehículo aparece vacío?». «Confirmar si la llamada fue anterior».

Robles me pasó el cuarto caso.

—Mira los apellidos.

Orduña aparecía en una nota sobre la conservación de cámaras. No estaba acusado. Nora había escrito que su empresa recibió una copia antes de que el juzgado solicitara el original.

David Mena figuraba en otro comentario.

«Mena dijo que los nombres viajaban mejor que los papeles».

La piel de la nuca se me tensó.

—Eso no está en ninguna declaración.

—Por eso no lo publicaste tú —dijo Vega.

—David nunca declaró sobre esto.

Robles apartó el documento antes de que lo doblara.

—Entonces se lo contó a Nora o ella utilizó una frase atribuida a él.

—No llegaron a conocerse.

El técnico levantó una mano.

—Hay un enlace dentro del comentario.

Vega le indicó que lo abriera sin conexión. El enlace conducía a un archivo de audio, pero la carpeta estaba vacía. La ruta señalaba una tarjeta externa.

La tarjeta desaparecida.

Robles apuntó el nombre exacto del archivo: MENA_3.

—No prueba que sea su voz —dijo.

—Pero explica por qué Nora llevaba la memoria encima.

Vega recogió las seis hojas.

—Y por qué alguien se la quitó.

Robles comparó el borrador con la libreta. Mena estaba cruzado en azul. Orduña, en negro. Uno aparecía como posible fuente; el otro, junto a una empresa que conservó imágenes.

—Azul para fuentes y negro para pruebas —dije.

Ella pasó dos páginas. Una funcionaria despedida estaba marcada también en azul. Una ruta anulada llevaba una línea negra.

—No fijes una regla con dos nombres.

Dejó los colores sin etiqueta y pidió que se anotaran solo las coincidencias.

El técnico localizó la última apertura del audio. Nora lo había reproducido a las 17:36, menos de hora y media antes de salir hacia Bailén.

Después había impreso el artículo.

Robles separó las versiones en dos montones. En uno dejó los hechos respaldados por documentos. En el otro, las frases pendientes de confirmar.

—Trabajamos con el primero —dijo—. El segundo sirve para buscar, no para acusar.

Vega señaló el comentario de Mena.

—Ese se queda entre ambos.

—No existe el archivo.

—Existe la referencia y alguien mató por la tarjeta.

Robles no cedió.

—No sabemos por qué mataron a Nora.

El técnico abrió la copia más reciente. Faltaba el comienzo del artículo. La primera página arrancaba en mitad de una frase, como si Nora hubiera cortado la introducción antes de salir.

Víctor entró acompañado por una agente. Llevaba la misma camisa del día anterior, ahora sin la tarjeta del periódico.

—El director quiere saber cuándo recuperará el portátil.

Vega no levantó la cabeza.

—Cuando deje de contener pruebas.

Víctor vio las seis hojas.

—Lo habéis encontrado.

—Una parte —dijo Robles.

—Eso era lo que iba a publicar.

—¿Lo leyó?

—No entero.

Robles giró la silla hacia él.

—Ayer dijo que Nora protegía sus fuentes incluso del periódico.

—Proteger no significa esconderlo todo.

—¿Qué vio?

Víctor tiró de una manga.

—Seis muertes. Tres prisiones de Madrid, una de Castilla y León, otra de Valencia y una de Galicia. Traslados que no encajaban.

—¿Y una organización detrás? —preguntó Vega.

Él negó demasiado rápido.

—Nora no creía en eso.

—¿En qué sí creía?

Víctor miró el documento más cercano, pero no pudo leerlo desde la puerta.

—En gente arreglando su parte. Un médico cambiaba una hora. Un funcionario perdía una hoja. Una empresa sustituía una cámara. Nadie tenía que conocer el resultado completo.

Vega dejó de ordenar las páginas.

—Eso no es una respuesta de alguien que no leyó el artículo.

Víctor se pasó la lengua por el labio.

—Leí un borrador anterior.

—¿Cuándo?

—Hace una semana.

—¿Y la carpeta para su madre?

La silla rozó el suelo cuando él retrocedió.

—No sé dónde está.

—Eso ya lo dijo —respondió Robles—. Ahora diga cuándo la vio por última vez.

Víctor miró a la agente de la puerta.

—Ayer, después de que Nora saliera. Estaba debajo de su teclado.

—La cámara no muestra que vuelva a la mesa —dije.

—Entré por el pasillo de Documentación. Esa cámara llevaba meses fallando.

Vega alargó la mano.

—Su teléfono.

—No pueden quedárselo porque sí.

—No. Pero puede entregarlo voluntariamente mientras comprobamos dónde estuvo entre las ocho y las ocho y media.

Víctor sacó el móvil y lo dejó sobre la mesa sin desbloquear.

—Llegué tarde.

—¿A qué? —preguntó Robles.

—A impedir que el director abriera la carpeta.

La impresora terminó con un chasquido. Nadie recogió la última página.

Víctor dijo que había encontrado al director junto a la mesa de Nora. La carpeta ya estaba abierta. Discutieron. Cuando regresó después de llamar a Elena, había desaparecido.

—¿Qué contenía? —pregunté.

—Copias de expedientes. Nada de la tarjeta.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque Nora me dijo que lo importante no se quedaría en el periódico.

Vega ordenó localizar al director. La agente se llevó a Víctor para formalizar la entrega del teléfono.

Robles volvió al portátil.

—La carpeta puede explicar quién leyó el artículo antes de la cita.

—Y quién sabía qué buscaba —dije.

El técnico levantó la última página impresa. Era una versión descartada de la introducción. Nora había tachado casi todo, pero quedaban tres párrafos legibles.

No describía una red.

Tampoco hablaba de un jefe.

Decía que las seis muertes no compartían autor, método ni orden. Compartían una costumbre: cada persona corregía el error que podía perjudicarla y entregaba el problema al siguiente.

Vega leyó de pie.

—Seis investigaciones separadas.

Robles negó.

—Un homicidio y seis muertes que deben revisarse. No sabemos cuántos delitos hay.

—Eso nos deja sin una sola línea.

—Nos deja con seis que no pueden contaminarse entre ellas.

Robles repartió los casos. Vega se quedó con los vehículos y la muerte de Nora. Dos equipos revisarían expedientes penitenciarios. Otro localizaría al director del periódico.

Me entregó una copia recortada de las páginas donde aparecían Mena y Orduña.

—Solo esto sale de la sala.

—Faltan los colores.

—Están incluidos. Las conclusiones, no.

Guardé las hojas dentro de la carpeta sin doblarlas.

—Tú vienes conmigo —dijo.

—¿Adónde?

—A comprobar la muerte mal archivada que Nora puso primero.

Vega levantó la vista.

—Barral no entra en una prisión.

—No hace falta —respondió Robles—. El muerto salió de ella.

En la última línea del borrador, Nora había dejado una frase sin tachar.

La primera muerte no ocurrió donde figura el cadáver.