CAPÍTULO 7Los nombres tachados
Los nombres tachados
La madre de Nora no nos dejó entrar hasta que Robles guardó la copia de la libreta.
—En mi casa no se fotografía nada sin preguntarme.
Robles cerró la carpeta y la sostuvo contra el pecho. Yo me quedé en el descansillo. El ascensor antiguo vibró detrás de nosotros antes de detenerse en otra planta.
—No venimos a registrar —dijo ella—. Necesitamos que reconozca una forma de trabajar.
Elena Beltrán apartó la cadena. Llevaba una chaqueta de punto abrochada hasta el cuello y no miró mi acreditación. Miró mi cara.
—Usted es el hombre de la última cita.
—La cita no llegó a celebrarse.
—Eso ya lo sé.
Entramos. En el recibidor, un paraguas todavía húmedo descansaba dentro de un cubo. Nadie lo movió al pasar y una gota cayó sobre el mármol.
El salón daba a una calle de Chamberí. A través del balcón se oían las ruedas de una maleta golpeando las baldosas. Elena señaló dos sillas, pero permaneció de pie.
Robles dejó la carpeta sobre la mesa sin abrirla.
—Encontramos la libreta de su hija. Alguien la revisó y retiró parte de lo que llevaba.
Elena tocó el respaldo de una silla.
—Si buscan una contraseña, no la tengo.
—Buscamos hábitos —respondió Robles.
La mujer fue hasta una estantería y sacó tres cuadernos usados. No eran pruebas del caso. Eran libretas antiguas, con fechas en el lomo y recortes sobresaliendo entre las páginas.
—Estos se los dejó aquí cuando se mudó —dijo—. Si los rompen, se van.
Robles colocó la copia digital junto al primer cuaderno. No pidió guantes. Le pidió a Elena que pasara las hojas.
En una investigación sobre residencias aparecieron las mismas líneas rojas, azules y negras. Cruzaban nombres, empresas y cargos. Algunas personas seguían trabajando. Otras habían cambiado de puesto.
—No marcaba muertos —dije.
Elena cerró el cuaderno con la palma.
—Mi hija escribía sobre gente viva. Era lo habitual.
Robles deslizó la copia hacia ella.
—¿Qué significaban los colores?
—No me lo contaba todo.
—Pero los reconoce.
Elena abrió de nuevo el cuaderno. Buscó una página doblada y señaló un apellido cruzado en azul.
—Este hombre ganó el juicio. Nora publicó que lo habían acusado sin pruebas.
Pasó dos hojas. Una directora aparecía bajo una línea roja.
—A esta la destituyeron.
La línea negra cubría el nombre de una empresa que continuaba abierta.
—Y estos la denunciaron a ella.
Robles anotó los tres ejemplos, pero no escribió significados junto a los colores.
Le pidió a Elena que escogiera otras tres entradas sin buscar casos conocidos. La primera línea cubría solo el cargo. La segunda atravesaba nombre y empresa. La tercera terminaba antes del apellido, sobre una fecha corregida dos veces.
—Nora no tachaba siempre a la persona —dijo Robles.
Elena empujó el cuaderno hacia ella.
—A veces el problema era el puesto. Otras, lo que habían dicho desde ese puesto.
—¿Y el color?
—Pregúnteselo a quien leyera sus borradores sin permiso.
Robles anotó los tres ejemplos, esta vez dibujando dónde empezaba y terminaba cada trazo.
—No es una clave fija —dijo.
—O cambió con el tiempo —respondí.
Elena me miró.
—También puede estar usted equivocado sin que el mundo cambie.
Robles dejó que la frase quedara allí. Después abrió la imagen de la tapa interior de la libreta de Nora.
—La tarjeta de memoria dejó esta marca.
Elena acercó el cuaderno más antiguo. En la tapa había una hendidura parecida.
—Las guardaba ahí cuando trabajaba. Decía que en un cajón cualquiera podía encontrar una tarjeta y que nadie abría una libreta llena de letra pequeña.
—En el bolso había otra marca —dije.
—Antes de reunirse con una fuente las cambiaba de sitio.
Elena metió dos dedos en la costura interior de su propio bolso. La tela cedió y apareció una abertura estrecha.
—Me hizo coserle una igual. La libreta se quedaba sobre la mesa. El bolso no.
Robles tomó una fotografía de la costura después de pedir permiso.
La tarjeta había estado primero en la tapa. Nora la trasladó al bolso antes de salir. Quien la registró conocía al menos uno de los escondites.
Elena devolvió el bolso a la silla.
—¿La encontraron?
—No —dijo Robles.
—Entonces no han venido por hábitos.
—Hemos venido porque alguien buscó lo mismo que mataron a su hija por proteger.
La mano de Elena quedó suspendida sobre el asa. No preguntó quién. Se sentó por primera vez.
Robles abrió la copia por la mitad. Los nombres aparecían atravesados por colores distintos. Elena pasó páginas con el dedo sin tocar la pantalla.
—Aquí escribía más pequeño.
—¿Cuándo hacía eso? —pregunté.
—Cuando no quería que Víctor leyera por encima de su hombro.
Robles levantó la vista.
—¿No confiaba en él?
—Confiaba en que publicaría. No siempre es lo mismo.
La carpeta destinada a Elena seguía desaparecida. Robles le preguntó si Nora había mencionado que preparaba una entrega.
—Dijo que Víctor sabría qué hacer si ella no volvía.
—Víctor afirma que fue a buscarla y ya no estaba.
Elena miró el reloj de pared.
—A las ocho y diez lo llamé. No contestó. A las ocho y veintisiete volvió a llamar y dijo que seguía en el periódico.
Robles comprobó la hora en su anotación.
—La cámara lo muestra saliendo a las ocho y diecinueve.
—Entonces tardó ocho minutos en decidir dónde estaba.
Elena tiró del puño de la chaqueta.
—Entonces llegó tarde o llegó antes.
Robles no defendió al redactor. Anotó la frase y cambió de página.
Vi el primer apellido cerca del margen inferior.
Mena.
La línea azul atravesaba solo el nombre. El cargo escrito debajo permanecía limpio.
Apreté el borde de la mesa. Elena retiró uno de los cuadernos antes de que mi mano lo alcanzara.
—David Mena —dije.
Robles acercó la copia.
—¿Está seguro de que es él?
Debajo figuraban cuatro números encerrados en cuadrados y una fecha anterior al disparo de Topas.
—La fecha coincide con su último traslado.
—Coincide con una fecha —corrigió ella—. Falta demostrar con cuál.
Elena observó el apellido.
—Nora lo pronunció una vez.
—¿Cuándo?
—Hace un mes. Preguntó si recordaba el nombre de la prisión donde estuvo su padre.
—¿Su padre estuvo preso? —pregunté.
—Trabajó llevando comida a centros penitenciarios. Nora sabía que yo detestaba hablar de aquello.
Robles anotó el dato. No lo convirtió en una conexión.
Pasé a la página siguiente. Un trazo negro cubría otro apellido.
Orduña.
Esta vez la línea atravesaba también el cargo: responsable técnico. Debajo aparecía una letra V y el número seis dentro de un cuadrado.
Robles puso dos dedos sobre la pantalla.
—Este sí lo conocemos.
—Cámaras de Topas —dije—. Contratos de Valencia.
Elena se levantó y recogió los cuadernos.
—Ya tienen sus nombres.
—Tenemos dos apellidos —respondió Robles—. No es lo mismo.
La mujer llevó los cuadernos hasta la estantería, pero dejó uno fuera. En la última página había números encerrados en cuadrados, igual que en la libreta de Nora.
Robles lo abrió.
Los números remitían a páginas de artículos publicados. Junto a cada cuadrado aparecía una inicial. Al buscar el número en el recorte correspondiente, la inicial señalaba un párrafo concreto.
—No son categorías —dije.
—Son referencias —respondió Robles.
Elena sacó el teléfono y abrió el archivo digital del periódico. Encontró el artículo marcado con un seis. La letra V conducía al quinto párrafo.
Vehículos sin registro previo.
Robles volvió a la página de Orduña. V y seis.
—No indica quién es —dijo—. Indica dónde desarrolló la información.
—En un texto que todavía no hemos visto.
Elena bloqueó el móvil.
—El portátil de Nora está en su dormitorio. La policía lo precintó esta mañana.
Robles llamó a Vega. Le pidió autorización para revisar los borradores con el equipo informático y mencionó los dos apellidos. Escuchó la respuesta sin apartar la vista de mí.
—No. Barral no tocará el ordenador.
Colgó.
—Vega nos espera allí.
Elena sujetó la puerta del salón.
—Cuando encuentren el artículo, no lo lean como si Nora hubiese terminado.
Robles recogió la carpeta.
—¿Por qué?
—Porque cuando tachaba un nombre, todavía podía cambiar de opinión.
Salimos al descansillo. El ascensor seguía detenido en otra planta. Bajamos por la escalera.
En el primer rellano, Robles abrió la copia una última vez. Mena tenía una línea azul. Orduña, una negra.
—No sabemos qué significan —dijo.
—Sabemos que no significan lo mismo.
Guardó la tableta y siguió bajando.
El artículo podía contener la diferencia.