CAPÍTULO 6La libreta intacta
La libreta intacta
Robles dejó el bolso sobre la mesa sin tocarlo.
Estaba dentro de una bolsa transparente, con la correa doblada bajo la base. Negro. Pequeño. El mismo que la cámara había ocultado bajo el abrigo de Nora.
—Lo encontró un barrendero a las seis y diez —dijo.
Vega cerró la puerta de la sala. La luz de la mañana entraba por una persiana torcida y cortaba la mesa en franjas.
—El contenedor estaba en la calle de Segovia, junto a la ruta de salida del monovolumen.
Me quité el abrigo. Había dormido tres horas y el café del hotel seguía pegado al paladar.
—¿La empresa?
—Ventilaciones Arce —respondió Robles—. Tiene contrato para revisar los extractores del túnel. El vehículo estaba asignado a un técnico, pero él asegura que lo dejó en el garaje a las cinco.
Vega empujó una fotografía hacia mí. El monovolumen aparecía entrando en el garaje a las 19:24. La matrícula coincidía con una de las nueve.
—¿Quién conducía?
—Eso estamos intentando demostrar —dijo Vega—. No adivinar.
Robles abrió el inventario. Dinero, tarjetas bancarias, documentación, llaves y un estuche de gafas. Nada estaba roto.
—No fue un robo —dije.
—Eso ya puede sostenerse —respondió ella.
Un agente de Científica entró con una caja gris y pidió que nos apartáramos. Extendió papel limpio, abrió la bolsa exterior y sacó el bolso por la correa.
El cierre sonó demasiado fuerte.
Dentro había un monedero, dos pañuelos, un cargador corto y la libreta negra. La goma roja seguía alrededor de las tapas.
No apareció el teléfono.
Tampoco la tarjeta de memoria.
Vega señaló el compartimento interior.
—Vacío.
El agente pasó una luz sobre la tela. En una costura había una forma rectangular marcada por presión.
—Aquí guardaba algo pequeño —dijo.
Robles comparó la medida con la tarjeta que Nora había recogido del cajón del periódico. Coincidía.
—Se la llevó consigo —dije.
—Y alguien abrió el bolso para buscarla —añadió Vega.
El agente levantó el monedero con pinzas. Las tarjetas estaban ordenadas. El efectivo seguía doblado detrás de una fotografía.
—Quien registró esto no perdió tiempo con lo que podía vender.
Me acerqué al cristal que separaba la mesa de examen.
—Abre la libreta.
Vega volvió la cabeza.
—No da órdenes aquí.
Robles pidió al agente que fotografiara primero la goma, los bordes y el lomo. Esperó a que terminara. Después asintió.
La tapa se abrió.
Las primeras páginas estaban cubiertas de nombres, fechas y abreviaturas. Algunas líneas habían sido cruzadas en rojo. Otras, en azul o negro. No eran tachones nerviosos. Cada trazo empezaba antes del nombre y terminaba en el margen contrario.
El agente pasó una hoja.
—Despacio —dije.
—Ya lo está haciendo —respondió Robles.
En el centro de la libreta aparecía un hueco. Varias páginas estaban curvadas hacia dentro, como si hubieran sostenido un paquete doblado durante horas.
Las hojas impresas no estaban.
Vega tocó el inventario con el bolígrafo.
—Diecisiete páginas. Parte quedó en el cajón del periódico. Nora introdujo el resto aquí.
—Quien cogió la tarjeta se llevó también la impresión.
—O la impresión estaba en otro lugar cuando la alcanzaron —dijo Robles.
El agente levantó la libreta para iluminar el canto. Quedaban manchas opacas en tres esquinas. No eran huellas dactilares completas.
—Hay restos compatibles con guantes —explicó—. El laboratorio dirá de qué material.
Vega acercó el rostro sin cruzar la línea marcada en el suelo.
—¿Una persona hojeándola?
—Varias veces y con prisa. Algunas páginas están dobladas en sentido contrario al uso habitual.
Robles miró el reloj.
—Necesito la cámara del contenedor.
Un policía esperaba con la grabación descargada. La abrió en un portátil. El encuadre mostraba dos contenedores, una fachada cerrada y parte de la calzada.
A las 19:16 pasó el monovolumen de Ventilaciones Arce.
No se detuvo.
Vega hizo retroceder la imagen.
—Otra vez.
El vehículo redujo la velocidad al acercarse al contenedor. La puerta lateral quedó fuera del encuadre. Algo oscuro cayó detrás del coche estacionado y desapareció.
Dieciocho segundos después, el bolso apareció al pie del contenedor. Alguien lo había lanzado sin bajar.
Robles amplió la sombra del conductor. El parabrisas devolvía el cielo. No había rostro.
—El bolso no entró en el contenedor —dije.
—Por eso lo encontraron —respondió Vega.
El agente avanzó la secuencia. A las 19:19, una mujer salió de un portal, recogió el bolso y lo metió en el recipiente de papel. Ya estaba localizada. Había declarado que pensó que alguien lo había dejado caer.
Robles colocó la hora junto a la cronología del túnel.
El coche oscuro permaneció allí hasta las 19:26.
—Dos vehículos —dije.
—Y al menos dos personas —respondió Vega—. Una se llevó el bolso mientras la otra seguía con Nora.
Robles trazó una línea desde Bailén hasta la calle de Segovia. El trayecto normal duraba cuatro minutos. El monovolumen había empleado tres.
—No buscaba una papelera concreta —dije.
—Buscaba salir de la zona —respondió ella.
Vega marcó el punto donde arrojaron el bolso.
—Y desprenderse de algo antes de llegar al garaje.
Pidió que revisaran todas las cámaras del recorrido, no solo las que captaban la matrícula. Si alguien había abierto la puerta lateral, podía haber dejado visible una manga, una mano o parte del uniforme.
La sala se quedó sin el zumbido del proyector cuando el agente cerró el archivo.
Vega llamó al equipo que registraba el garaje. Ordenó revisar uniformes, llaves duplicadas, hojas de servicio y las cámaras de los accesos traseros.
Robles no la interrumpió. Esperó a que colgara.
—¿El técnico asignado?
—En camino. Con abogado.
—Eso ha sido rápido.
—La empresa lo llamó antes que nosotras —dijo Vega—. Alguien allí no sabe guardar silencio.
Cogí mi teléfono. Lucas había enviado una captura de mi ubicación en el hotel a las siete y cuarenta y dos. Debajo había escrito: esta vez sí.
Guardé la pantalla antes de que Robles pudiera verla.
—Quiero estar en el interrogatorio.
Vega soltó el bolígrafo sobre la mesa.
—No.
—La tarjeta puede contener información sobre mi causa.
—El conductor no tiene la tarjeta delante de nosotros.
—Puede saber quién la tiene.
Robles cerró el inventario.
—Y puede reconocerle antes de sentarse.
—Ya sabe quién soy.
—Saber su nombre no es lo mismo que verle esperando al otro lado del cristal —dijo Vega.
La puerta se abrió. Un agente entregó a Robles una fotografía tomada en el garaje. El monovolumen estaba limpio por fuera, pero en el carril de la puerta lateral quedaba una fibra negra.
Robles no me la mostró. Se la pasó a Vega.
—¿Del bolso? —pregunté.
—Todavía no —dijeron las dos.
Vega salió con la fotografía. Robles se quedó junto a la mesa.
—Puedes volver al hotel.
—No he venido a Madrid para esperar.
—Tampoco has venido para contaminar un reconocimiento.
El agente de Científica siguió pasando páginas. Casi todos los nombres estaban cruzados por uno de los tres colores. Algunos llevaban dos líneas. Ninguna fecha parecía seguir el orden del calendario.
Me acerqué hasta el límite.
—Nora no escribía así para publicar.
Robles observó la página abierta.
—¿Cómo lo sabes?
—Un artículo necesita que otra persona entienda las notas.
—Tal vez ella las entendía.
El agente señaló los márgenes. Había pequeños números encerrados en cuadrados y letras sueltas repetidas junto a nombres distintos.
Robles pidió una copia digital completa y una relación de las páginas que habían sido dobladas.
—La madre de Nora puede reconocer el sistema —dije.
—Víctor también.
—Víctor ocultó una nota y no entregó la carpeta.
—Por eso no será el primero.
Robles llamó a la madre de Nora. No usó el altavoz. Le pidió autorización para revisar los cuadernos anteriores y preguntó quién conocía sus códigos de trabajo.
Escuchó durante casi un minuto.
—¿Está segura?
Anotó un nombre y colgó.
—Nora no usaba códigos —dijo.
Miré la libreta.
—Entonces alguien le enseñó.
—O empezó cuando descubrió que podían leerla.
El agente llegó a la última página utilizada. La tarjeta había dejado una hendidura rectangular en la tapa interior. Alrededor quedaban arañazos recientes.
Quien registró el bolso había abierto la libreta, comprobado el hueco y pasado todas las páginas buscando otra copia.
No había comprendido los colores.
Robles acercó la silla a la mesa y se sentó por primera vez.
—Vega seguirá con el vehículo.
Dejó mi teléfono junto al suyo.
—Nosotros vamos a leer esto.
El agente volvió a la primera página.
Tres colores atravesaban los nombres.
Ninguno parecía significar lo mismo.