Madrid, los nombres tachados (Los casos de Julio Barral 8) CAPÍTULO 5Dos frenazos
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CAPÍTULO 5Dos frenazos

Dos frenazos

La primera cámara no mostró el atropello. Mostró una luz que permanecía quieta.

El técnico detuvo la imagen sobre la pared. Eran casi las once. La sala olía a plástico caliente y el aire acondicionado golpeaba la nuca.

—Ese reflejo no pertenece al coche que entra —dijo Robles.

Vega se inclinó sobre la mesa.

—Todavía no sabemos qué coche entra.

La cámara municipal cubría la rampa superior de Bailén. Nora apareció durante tres segundos, corriendo junto al muro. Después salió del encuadre. Un vehículo oscuro descendió detrás de ella.

La matrícula quedó borrada por el ángulo. Los faros se movieron hacia el túnel. Sin embargo, en la fachada de enfrente permaneció otro resplandor, más alto y estable.

—Reproduce desde que baja del taxi —ordenó Vega.

El técnico retrocedió. Nora salió con la libreta bajo el brazo. Al girarse, el abrigo se abrió y una correa fina cruzó su jersey.

Robles señaló la pantalla.

—Llevaba un bolso pequeño.

No se veía desde la cámara del periódico. Quedaba pegado al costado, oculto bajo el abrigo. La libreta no estaba dentro porque Nora la sujetaba contra el pecho.

—Bolso, libreta, teléfono y tarjeta —dijo Vega—. Falta todo.

—Las hojas también —añadí.

Vega me miró sin apartarse del monitor.

—Usted identifica lo relacionado con la reunión. Nosotras hacemos el inventario.

Me quedé junto a la puerta. Robles no corrigió a Vega. Pidió al técnico que separara los reflejos por intensidad.

La pantalla se dividió en cuatro franjas. En la segunda, el vehículo oscuro entró en el acceso. En la cuarta, la luz inmóvil se apagó durante un segundo y volvió a aparecer.

—Alguien abrió una puerta —dijo el técnico.

—O pasó delante —respondió Robles.

Vega acercó una silla con el pie.

—Busque cámaras sobre la plaza de Oriente, Cuesta de San Vicente y la salida hacia Ferraz. Quiero saber dónde estaba esa luz antes de que Nora llegara.

El técnico abrió tres ventanas nuevas. Los relojes no coincidían. Una cámara adelantaba cuarenta segundos; otra tenía casi dos minutos de retraso.

Robles empezó a corregir tiempos. No improvisó. Llamó al operador que había certificado cada sistema y anotó las diferencias al margen.

Yo observé el vehículo que bajaba hacia el túnel. No aceleró al ver a Nora. Mantuvo la velocidad hasta desaparecer.

—El primer frenazo fue antes del impacto —dije.

Vega no se volvió.

—Eso ya lo sabemos.

—Entonces no intentó esquivarla. Frenó para ajustar la velocidad.

El técnico dejó de teclear. Robles mantuvo el bolígrafo quieto.

—Puede haber frenado porque ella cambió de dirección —dijo.

—Puede.

Vega me señaló una silla lejos de los controles.

—Si convierte cada posibilidad en una conclusión, se va al hotel.

Me senté. La mesa vibraba cada vez que el técnico cambiaba de archivo.

La hora del autobús no coincidía con ninguna de las municipales. El técnico propuso descartar esa secuencia. Robles pidió ver el panel luminoso de una parada que aparecía al fondo. El minuto cambiaba mientras el vehículo oscuro cruzaba.

—Ese reloj se actualiza desde otro sistema —dijo.

El operador confirmó que la parada tenía una desviación inferior a dos segundos. Robles alineó las demás cámaras con ese cambio de minuto. El vehículo oscuro había entrado nueve segundos después de que Nora desapareciera de la rampa.

Vega movió la silla hacia el monitor central.

—Trabajamos con esa referencia. Las demás horas se corrigen desde aquí.

Nadie discutió. La cronología dejó de ser una suma de relojes defectuosos y empezó a cerrarse alrededor de Nora.

Una cámara de un autobús turístico conservaba parte del lateral de Bailén. El vehículo oscuro cruzó al fondo. Dos segundos después, otra silueta apareció junto a la acera.

No descendió al túnel.

Se detuvo frente a una zona de carga y descarga. Motor encendido. Luces de posición.

—Ahí está el reflejo —dijo Robles.

El técnico amplió. Era un monovolumen claro. No se distinguía la matrícula completa, pero sí los dos primeros números y una letra final.

Vega pidió la relación de vehículos compatibles. Serían cientos.

—Entonces reduzca por color, altura y paso por las cámaras anteriores —dijo ella.

Robles colocó la cronología en el centro. Nora llegó a las 18:52. El monovolumen apareció a las 18:47. El vehículo oscuro lo hizo a las 19:05.

—El segundo estaba primero —dije.

—Eso sí —respondió Robles—. Y no siguió a Nora desde el taxi.

El monovolumen llevaba ocho minutos esperando cuando ella entró en la zona. No era una reacción al atropello. Tampoco un conductor que se detuvo por casualidad después.

Vega tocó la pantalla con el capuchón de un bolígrafo.

—Buscaba a Nora o esperaba al otro vehículo.

El técnico pasó a la cámara siguiente. A las 19:13, el monovolumen salió hacia Plaza de España. El coche oscuro no reapareció hasta las 19:26.

Robles trazó dos líneas separadas.

—Trece minutos.

—Tiempo suficiente para moverla —dije.

—Tiempo disponible —corrigió Vega—. La escena dirá en qué lo usaron.

Llegó el informe preliminar de neumáticos. Robles lo abrió en la tableta. Las dos frenadas del túnel pertenecían al mismo dibujo de banda, pero la segunda marca era más profunda en el lado derecho.

—Giró al frenar —dijo el técnico.

Vega leyó por encima del hombro de Robles.

—Primero golpea. Después se detiene junto al cuerpo.

—O junto al lugar donde pensaba encontrarlo —dije.

Robles amplió la fotografía del pavimento. La segunda frenada terminaba varios metros antes del muro. Desde allí comenzaban las marcas discontinuas que Científica había relacionado con el desplazamiento.

Vega llamó a la forense.

—Necesito una estimación sobre si una sola persona pudo moverla.

Escuchó, hizo dos preguntas y colgó.

—Sí. Con dificultad, pero pudo hacerlo.

Robles dejó la tableta.

—El monovolumen no entró.

—La cámara no lo muestra entrando —dije.

Vega apartó la silla y pidió revisar el acceso inferior. No había imagen directa. Una cámara privada captaba únicamente la salida y parte de la acera.

A las 19:17, una sombra clara cruzó el borde. Duró menos de un segundo.

El técnico intentó mejorarla. Robles lo detuvo antes de que inventara contornos.

—No da para identificar un vehículo.

—Pero coincide con la hora —dijo Vega.

—Coincidir no la convierte en la misma furgoneta.

El teléfono vibró en mi bolsillo. La alarma de la videollamada ocupó la pantalla. La había programado delante de Martina.

La apagué.

Robles lo vio.

—No era una llamada.

—No.

Vega seguía pidiendo cámaras. Quedaban ciento doce coincidencias. En diez minutos podían reducirlas con lectores de matrícula de las vías próximas.

Me levanté.

—Voy al hotel.

Vega dejó de hablar.

—Eso sería lo sensato desde que llegó.

—No lo hago por usted.

Robles cerró la cronología y me la tendió. No podía sacarla de la sala. La dejé sobre la mesa.

—Mañana tendrás la parte autorizada —dijo.

—¿Y esta noche?

—Esta noche nosotras trabajamos.

La frase no llevaba reproche. Por eso costó más abrir la puerta.

En el pasillo marqué a Laura. Contestó Martina con la cámara apuntando al techo.

—No se te ve —dijo.

Giré el teléfono. Detrás de mí, la puerta de la sala volvió a abrirse. Un agente entregó a Vega una matrícula parcial reducida a nueve vehículos.

Martina acercó la cara.

—Ahora sí.

Robles salió con el abrigo puesto. Vega pasó junto a ella dando una dirección a dos patrullas.

—¿Te vas? —pregunté.

Robles pulsó el botón del ascensor.

—Uno de los nueve vehículos pertenece a una empresa con garaje cerca de Bailén.

La puerta se abrió.

—Mañana —dijo—. Después de llamar cuando llegues.

Entraron ella y Vega. No intenté detenerlas.

—¿Has cenado? —preguntó Laura desde fuera de plano.

—Todavía no.

—Eso no era una pregunta difícil.

Martina tapó la cámara con un dedo.

—Tiene que llegar primero.

—Estoy saliendo.

—No. Llegar es cuando el punto se queda quieto donde dijiste.

Laura recuperó el teléfono. Durante un instante solo vi su mejilla y una lámpara.

—Termina la llamada en el hotel —dijo—. No desde un taxi ni desde una puerta.

Miré hacia el ascensor. El indicador bajaba hacia el garaje.

—De acuerdo.

Martina me enseñó un dibujo doblado. Había colocado un punto azul junto a una estación y otro dentro de un rectángulo que debía ser el hotel.

—Tienes que mover este —dijo.

El ascensor se cerró con las dos inspectoras dentro.

Caminé hacia la salida mientras el punto de mi teléfono avanzaba por el pasillo. El coche policial arrancó tras el cristal y se incorporó sin mí.

Esta vez no lo seguí.