CAPÍTULO 4El túnel de Bailén
El túnel de Bailén
La sábana no cubría los zapatos.
Asomaban junto al muro, uno torcido hacia dentro y el otro apoyado sobre el tacón. La suela derecha tenía una franja clara. No barro. No grasa. Un polvo fino pegado a los dibujos de goma.
Robles habló con la forense.
—Se queda detrás de la cinta.
Bajo el viaducto, cada coche pasaba sobre nosotros como un golpe amortiguado. Dos focos cortaban la penumbra del acceso de servicio.
—La conocía —dije.
—La iba a conocer.
La forense levantó una esquina de la sábana. Nora tenía el rostro girado hacia la pared. Una herida oscura le cruzaba la sien. El abrigo estaba abierto y uno de los botones había desaparecido.
Robles se agachó junto a una marca señalada con el número siete. Había fragmentos rojos sobre el hormigón. Plástico de un piloto trasero, según dijo un agente.
—¿Quién la encontró?
—Un operario de mantenimiento —respondió ella—. Entró a revisar una filtración. La puerta exterior estaba cerrada, pero no bloqueada.
El operario esperaba junto a una furgoneta municipal, con las botas cubiertas por protectores azules.
Robles le hizo una seña.
—Cuéntelo otra vez —dijo.
El hombre miró la sábana.
—He abierto, he encendido las luces y la he visto.
—¿Ha tocado algo?
—El interruptor. La puerta. Después he salido.
—¿Había luz dentro?
—La de emergencia. Parpadeaba.
Movió un pie. El protector rozó el suelo.
—Pensé que era alguien durmiendo. Aquí se meten a veces. Luego vi la sangre.
La forense retiró la sábana hasta los hombros. Nora llevaba el cuello de la camiseta rasgado. No había bolso ni libreta. Un bolsillo del abrigo estaba vuelto hacia fuera.
—¿Oyó coches anoche? —pregunté.
Robles no me corrigió delante del operario.
—Por aquí pasan vehículos de mantenimiento —dijo él—. Pero yo no estaba.
—¿Quién tenía acceso?
—Nosotros, limpieza, alumbrado y una contrata de ventilación. La llave es la misma desde hace años.
Robles anotó el nombre de la empresa. Después señaló la salida.
—Espere en la furgoneta. No llame a sus compañeros.
—Ya saben que estoy aquí.
—Entonces no les dé motivos para venir.
Cuando se alejó, la forense me miró por encima de la mascarilla.
—Si va a desmayarse, hágalo fuera.
—No voy a hacerlo.
—Todos dicen lo mismo antes de apoyarse donde no deben.
Señaló con una pinza la manga de Nora. Una línea de polvo beige llegaba desde el codo hasta la muñeca. La pared estaba húmeda.
Robles tocó el cierre de su carpeta.
—¿Del suelo?
—No de este —respondió la forense—. Aquí hay hollín, caucho y agua. Esto parece yeso o mortero seco. Lo dirá el laboratorio.
Me fijé en la suela que sobresalía. La misma franja clara ocupaba el borde exterior.
—Caminó por otro sitio antes de entrar.
—O la apoyaron allí —dijo Robles.
Un fotógrafo pidió espacio. Robles me llevó hasta una línea marcada con tiza, a veintiséis pasos del cuerpo. En el suelo había una mancha marrón, extendida como si algo hubiera golpeado y rebotado.
—Punto de impacto probable —dijo el agente de Científica.
—¿Probable por qué? —preguntó Robles.
El agente iluminó una columna. A media altura quedaban gotas pequeñas y un hilo oscuro. Más abajo, un roce había arrancado pintura del hormigón.
—Sangre, tejido y transferencia de pintura. El vehículo la alcanza aquí. El cuerpo termina allí.
Miré la distancia. Entre ambos puntos no había un rastro continuo. Solo dos marcas aisladas.
—No llegó rodando hasta la pared.
El agente levantó la linterna.
—No he dicho eso.
Robles se colocó entre los números siete y ocho.
—Buscad fibras de arrastre y huellas de calzado. Cerrad también el acceso superior.
Un policía indicó que la circulación seguía abierta sobre el viaducto.
—No he pedido que cortéis Bailén —respondió ella—. He pedido que nadie entre aquí con una llave vieja.
Dos agentes salieron corriendo. Otro empezó a registrar las matrículas autorizadas.
Yo seguí el espacio vacío entre la mancha y el cadáver. Cerca del muro, el polvo húmedo conservaba una curva ancha. No parecía una pisada.
—Aquí apoyaron algo.
Robles acercó la linterna sin cruzar la cinta interior.
La curva terminaba en dos puntos rectangulares. Separados por medio metro.
—Una camilla —dijo un agente.
—Demasiado estrecha —contestó la forense desde el cuerpo—. Y las ruedas habrían dejado continuidad.
Me agaché sin tocar el suelo.
—Una bolsa grande. O una alfombrilla doblada.
Robles enfocó el borde de la marca.
—No conviertas una forma en un objeto.
—Todavía no.
Un técnico encontró el botón del abrigo junto al punto de impacto. Estaba partido. Nora lo había perdido donde la golpearon, pero apareció cubierta junto al muro.
Robles observó primero el botón y después el abrigo.
El fotógrafo colocó una escala junto al botón. Al retirar la mano, quedó visible una gota aplastada bajo el plástico. No había caído después. El botón estaba allí cuando Nora sangró.
Robles señaló ambos indicios.
—Fotografiadlos juntos. Luego por separado.
—La movieron.
La forense no levantó la cabeza.
—Eso explica la posición. No quién ni por qué.
—Basta para cambiar el tratamiento de la escena.
Robles llamó a Homicidios e informó de que ampliaba el perímetro.
Mientras hablaba, saqué el teléfono. La ubicación seguía activa. Lucas había escrito: el punto llevaba veinte minutos quieto.
Respondí sin salir de la aplicación.
Estoy en la escena. No puedo llamar ahora. Estoy bien.
Borré la última frase.
Estoy en la escena. No puedo llamar ahora. Llamaré al salir.
Guardé el móvil.
Robles había terminado la llamada.
—Eso ha sido rápido.
—No era para ti.
—Por eso lo he notado.
La forense levantó el brazo izquierdo de Nora. Bajo la muñeca había una abrasión circular, reciente. No parecía producida por el atropello.
—La sujetaron —dije.
—O se enganchó —respondió ella.
—¿Con qué?
—Cuando lo sepa, dejará de ser una opción.
El reloj de Nora seguía en la muñeca. La pantalla estaba rota y detenida a las 19:11. El móvil no aparecía. Una alianza fina colgaba de una cadena bajo la camiseta.
Robles pidió que fotografiaran el cierre.
—El robo pierde fuerza.
—Nunca la tuvo —dije.
—No conviertas lo que esperabas en lo que hay.
La inspectora Vega llegó con dos agentes. Saludó a Robles, me reconoció y no disimuló el gesto.
—Barral no entra en mi perímetro.
—Ya está fuera —dijo Robles.
—También estaba fuera de esta investigación.
—Nora había solicitado documentación de su causa y había concertado una reunión con él.
Vega se puso guantes.
—Eso lo convierte en testigo, no en investigador.
Robles le entregó la cronología: salida del periódico, taxi, llegada a Bailén, cámara a las siete y seis. Vega la leyó apoyada en el capó de un coche policial.
—¿La libreta?
—Desaparecida.
—¿Teléfono?
—Apagado a las siete y doce.
Vega me miró.
—¿Qué debía contarle?
—No lo sé.
—Entonces empiece por ahí y no se mueva.
Acepté quedarme al otro lado de la cinta. Robles no intervino.
Un agente revisó las alcantarillas. Otro abrió un armario técnico. Dentro solo había cables y una botella vacía.
La forense ordenó levantar el cuerpo. La camilla entró desde el acceso inferior. Cuando alzaron a Nora, apareció una mancha de sangre pequeña bajo su hombro. Demasiado pequeña para explicar la herida de la sien.
Vega la señaló.
—Murió aquí.
La forense ajustó la sábana.
—No he dicho eso.
—Hay sangre debajo.
—Sangró aquí. No es lo mismo.
Robles volvió hasta el punto de impacto. Yo la seguí por fuera del perímetro.
—Si aún estaba viva cuando la movieron, la persona que lo hizo sabía que podía dejarla morir.
—O quería asegurarse de que pareciera un accidente —dije.
Vega cerró la puerta de la ambulancia forense.
—En un túnel cerrado, con una mujer sin bolso y un cuerpo desplazado. Un trabajo fino.
Un agente de tráfico apareció desde la rampa con una cámara en la mano. Había revisado el pavimento bajo una luz más baja.
—Inspectora.
Vega se acercó. Robles fue detrás.
El agente mostró dos fotografías. En la primera, unas líneas negras terminaban antes de la mancha de impacto. En la segunda, otras marcas comenzaban después y se desviaban hacia la salida.
—¿Mismo vehículo? —preguntó Robles.
—Todavía no puedo asegurarlo.
Vega amplió la imagen con dos dedos.
—¿Qué sí puede asegurar?
El agente miró el suelo, como si necesitara comprobar que seguía allí.
—Que quien entró frenó antes de alcanzarla.
Pasó a la segunda fotografía.
—Y volvió a frenar después.