Madrid, los nombres tachados (Los casos de Julio Barral 8) CAPÍTULO 3La periodista que dejó de contestar
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CAPÍTULO 3La periodista que dejó de contestar

La periodista que dejó de contestar

Robles me esperaba junto a la salida de Atocha con un café cerrado y mi nombre abierto en la pantalla de su móvil.

—Has llamado —dijo.

Guardé el teléfono. Martina acababa de enseñarme la ventana de su colegio durante los once segundos que Laura permitió antes de entrar en clase.

—Con vídeo.

—No te felicites todavía.

Me entregó el café. Estaba tibio. El tren había llegado nueve minutos tarde y la estación seguía escupiendo viajeros contra las puertas automáticas.

—¿Nora?

Robles empezó a caminar.

—La denuncia ya está en manos de Desaparecidos. He pedido que conserven su puesto de trabajo, sus accesos y las cámaras del periódico.

—¿Han localizado el móvil?

—Apagado desde las siete y doce de ayer.

—Eso no es desaparecer.

—Tampoco es volver.

Salimos hacia el coche sin distintivos. No miré los taxis. Robles dejó una carpeta sobre el techo antes de abrir.

—Primero la redacción.

—Si Nora no está, no hay reunión.

—Vas aprendiendo.

El Diario Central ocupaba dos plantas de un edificio cerca de Gran Vía. Desde la esquina se veía la torre del Círculo de Bellas Artes, la misma cafetería donde Nora había propuesto verme.

Un redactor nos abrió con una tarjeta colgada del cuello. Era el hombre de la llamada. Delgado, camisa arrugada y una mancha de tinta en el pulgar.

—Víctor Lobo —dijo—. Sucesos.

Miró a Robles.

—La policía de anoche dijo que esperáramos.

—Ya han esperado —respondió ella.

Víctor apretó la tarjeta contra el lector. La puerta interior cedió con un pitido.

La mesa de Nora estaba al fondo. Una taza con café seco, dos rotuladores sin tapa y un espacio limpio donde debía ir el portátil. Nadie había recogido nada.

Robles sacó guantes.

—Hasta que llegue Científica, no tocamos cajones, papeles ni teclado.

Víctor se apoyó en el separador.

—El portátil está en su casa.

—Ayer salió sin él —dije.

—También sin cargador. Cuando iba a tardar, se llevaba los dos.

Robles señaló la silla.

—Cuéntelo desde que llegó.

—Entró a las ocho y veinte. Discutió con el director. Comió aquí. A las seis imprimió algo, hizo dos llamadas y se marchó.

—¿A quién llamó?

—Una fue a su madre.

—¿Y la otra?

Víctor giró hacia una mesa vacía.

—A un contacto que no guardaba en el teléfono del trabajo.

Robles no cambió la cara.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque usó el fijo de documentación. Nora no regalaba fuentes al registro de llamadas del periódico.

Me acerqué al aparato sin tocarlo. Había cuatro teclas de línea y una pegatina con extensiones internas.

—El fijo sí deja registro.

—La centralita guarda números durante treinta días —dijo Víctor—. Ya he pedido que no lo borren.

Robles llamó a su equipo y solicitó la conservación formal. Víctor escuchó cómo daba el número de extensión y dejó de apoyarse en la mesa.

—Quiero las cámaras —dijo ella al colgar—. Y el registro de impresión.

—El director no está.

—Entonces tendrá una mañana desagradable cuando llegue.

Víctor nos llevó a una sala acristalada. Un técnico de sistemas esperaba delante de dos monitores. Había descargado la secuencia de la planta y el vestíbulo.

Nora apareció a las 18:31. Pelo recogido. Abrigo oscuro. La libreta negra bajo el brazo. Se detuvo junto al ascensor, regresó a su mesa y cogió una tarjeta de memoria del cajón superior.

Robles levantó una mano.

—Atrás.

La imagen volvió. Nora abrió el cajón, apartó algo blanco y retiró la tarjeta. Después cerró con llave.

—Ese cajón queda precintado —dijo Robles.

Víctor golpeó el cristal con la uña.

—No guardaba ahí las grabaciones.

—¿Dónde?

—No lo sé. Por eso seguían siendo suyas.

La cámara del vestíbulo mostró a Nora saliendo sola. No miró detrás. No parecía correr. Sostuvo la puerta a una mujer con una caja y se detuvo en la acera para escribir algo en la libreta.

El técnico cambió de cámara.

—Tomó un taxi.

—Matrícula —dijo Robles.

El técnico anotó la matrícula y la envió al grupo policial.

Víctor sacó su móvil.

—El taxi la dejó cerca de la plaza de Oriente. Tengo un amigo en la emisora.

Robles le bajó la mano.

—No llame.

—Puedo conseguirlo en dos minutos.

—Y avisar a media redacción en uno.

El pulgar quedó suspendido sobre la pantalla.

—Nora haría lo mismo.

—Nora lleva sin contestar desde ayer.

Víctor guardó el teléfono.

El registro de impresión llegó por correo. Nora había enviado diecisiete páginas a la impresora de Documentación a las 17:54. El título aparecía completo.

MUERTES CON TRASLADO PREVIO.

—Ábrelo —dije.

El técnico negó.

—El documento no está en el servidor. Solo queda el nombre y el número de páginas.

—¿Recogió la impresión? —preguntó Robles.

Cambió a la cámara del pasillo. Nora apareció junto a la máquina, contó las hojas y las metió en una carpeta gris. La llevó hasta su mesa.

Cuando salió hacia el ascensor, ya no la tenía.

Víctor se adelantó hacia la puerta.

—La dejó aquí.

Robles le cortó el paso con el brazo.

—Científica abre.

—Podemos mirar sin tocar.

—Eso decía mucha gente antes de modificar una escena.

El redactor retrocedió. Yo volví al vídeo. Antes de cerrar el cajón, Nora había apartado una esquina blanca. No era la carpeta gris. Demasiado pequeña.

—La impresión no está en el cajón —dije.

Robles acercó la imagen.

—No podemos sostenerlo con ese ángulo.

—Entonces revisa cuándo vuelve a su mesa.

El técnico cargó los veinte minutos anteriores. Nora llegó con las hojas, abrió la carpeta gris y dividió el contenido. Guardó una parte en el cajón. El resto lo dobló, lo metió dentro de la libreta y cerró la goma.

Víctor tocó el cristal.

—Se llevó los nombres.

—Se llevó una parte —corrigió Robles.

El teléfono de la inspectora vibró. La emisora había localizado al taxista. Confirmaba el trayecto hasta la calle de Bailén. Nora pagó con tarjeta, preguntó por un acceso peatonal bajo el viaducto y rechazó que esperara.

—¿Iba sola? —pregunté.

Robles leyó la respuesta.

—Al bajar, sí.

Víctor abrió la boca. No salió nada.

Científica llegó mientras preparaban una copia de las cámaras. Dos agentes precintaron la mesa. Robles señaló el cajón cerrado.

Yo miré el horario del taxi: 18:52.

—La cita era a las siete.

—Llegó con tiempo —dijo Víctor.

—O conocía mal el acceso.

Robles guardó el móvil.

—Vamos a Bailén.

Víctor cogió su chaqueta.

—Yo también.

—No.

—Era mi compañera.

—Precisamente.

Él bloqueó la puerta de la sala.

—Anoche esperé porque ustedes dijeron que esperara. No vuelvo a hacerlo.

Robles se acercó hasta quedar a medio metro.

—Puede declarar otra vez o quedarse aquí para ayudarnos. Lo que no hará es pisar un lugar donde quizá haya pruebas.

Víctor sostuvo la mirada. Después retiró el hombro de la puerta.

—Cuando la encuentren, me llama.

—Cuando podamos contarle algo, lo haremos.

En el ascensor, Robles pulsó el botón de salida. Las puertas empezaron a cerrarse.

Víctor metió la mano entre ellas.

—Hay una cosa más.

Robles detuvo el cierre.

—Dígala ahora.

—Nora no escribió que no se había marchado.

—Anoche dijo lo contrario.

—No. Dije que escribió algo antes de salir.

Sacó una hoja doblada del bolsillo de la camisa. No nos la entregó. La sostuvo por una esquina.

—Estaba en mi teclado. Tiene mi nombre.

Robles dejó abierta la puerta del ascensor.

—¿La ha llevado encima desde ayer?

—No sabía si la policía iba a tratarla como una desaparecida o como una adulta con derecho a no contestar.

—Acaba de elegir por nosotros.

Víctor tragó saliva y depositó la hoja dentro de una funda que Robles abrió.

La frase ocupaba dos líneas.

VÍCTOR: SI A LAS OCHO NO HE VUELTO, ENTREGA LA CARPETA A MI MADRE. NO PUBLIQUES NADA.

Debajo había la dirección de su madre.

—A las ocho pensé que llegaría —dijo Víctor.

Robles guardó la funda.

—¿Entregó la carpeta?

—Fui a buscarla.

—¿Y?

—No estaba.

Salimos a Gran Vía. El tráfico golpeaba entre las fachadas. Robles llamó al equipo de Bailén y ordenó revisar los accesos bajo el viaducto.

Abrí la ubicación compartida. Lucas respondió con una captura antes de que guardara el móvil.

Robles ya estaba al volante cuando recibió otra llamada. Escuchó sin interrumpir y encendió la sirena.

—La cámara de Bailén grabó a Nora a las siete y seis —dijo.

Me sujeté al salpicadero cuando giró hacia Alcalá.

—¿Sola?

—Corría.

Robles aceleró.

—Y ya no llevaba la libreta.