Madrid, los nombres tachados (Los casos de Julio Barral 8) CAPÍTULO 2Antes del billete
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CAPÍTULO 2Antes del billete

Antes del billete

Clara apartó las llaves antes de que pudiera cogerlas.

El metal raspó la mesa. Martina dejó de mover el tenedor. Lucas siguió mirando mi chaqueta, colgada junto a la puerta, como si ya supiera qué había dentro de los bolsillos.

—No iba a coger el coche —dije.

Laura retiró la fuente de pasta del centro.

—Entonces no las necesitas.

Me senté. La silla estaba demasiado cerca de la pared y el respaldo me empujó hacia delante. Sobre la mesa había cuatro platos servidos y uno vacío. El mío.

Clara dejó el teléfono boca abajo junto a las llaves.

—Empieza.

—Nora Beltrán trabaja en Madrid. Investiga muertes en prisión. Ha pedido documentos de mi causa y conoce la lista de David.

Lucas cogió el vaso.

—Eso ya lo sabemos.

—Sabéis una parte.

—La parte que has elegido —dijo.

Laura empujó mi plato hasta mis manos. El borde estaba caliente.

—Come mientras eliges la siguiente.

Enrollé pasta en el tenedor. No la llevé a la boca.

—Robles ha concertado una reunión.

Clara levantó un dedo.

—No. Nora ha propuesto una reunión. Robles todavía no ha aceptado nada.

—Va a hacerlo.

—Eso tampoco es lo que ha preguntado.

Martina golpeó el tenedor contra el plato.

—¿Quién es Nora?

Miré a Clara. Ella no contestó por mí.

—Una periodista.

—¿De las que salen en la tele?

—No lo sé.

—Entonces no es famosa.

Lucas dejó el vaso con más fuerza de la necesaria.

—Eso no importa.

—Para ti nunca importa nada hasta que pasa —dijo Martina.

Laura ocultó una sonrisa llevando la fuente al fregadero. El agua cayó sobre la loza y cortó el silencio.

Tomé una decisión.

—Quiero ir a Madrid mañana.

Clara giró el teléfono hacia mí. En la pantalla había tres horarios de tren.

—Ya lo querías cuando has entrado.

—No he comprado nada.

—Has mirado los horarios —dijo Lucas.

—Eso no es comprar.

—Tampoco es preguntar.

El tenedor se dobló un poco entre mis dedos. Lo dejé.

—Estoy aquí.

Laura cerró el grifo.

—Tu cuerpo, sí.

Clara deslizó una hoja doblada sobre la mesa.

—Robles me ha enviado el correo de Nora. Tú le diste permiso para compartirlo.

Abrí el papel. La última frase estaba subrayada: David no estaba enviando una lista a Madrid. Estaba intentando sacarla de allí.

—¿Qué significa? —preguntó Lucas.

—Todavía no lo sabemos.

—Bien —dijo—. Una respuesta completa.

Clara tocó la línea con la uña.

—¿Por qué tiene que verte a ti?

—Porque David murió delante de mí.

La mano de Martina se quedó quieta sobre el mantel.

Laura cogió la hoja y la dobló por la parte subrayada.

—Esa no es la única razón.

—No he dicho que lo sea.

—Has empezado por la que impide discutir.

Me levanté para llevar el plato al fregadero. Clara puso la palma sobre la mesa.

—Si te vas antes de terminar, las llaves se quedan aquí.

—He dicho que iré en tren.

—Y yo he dicho «si te vas».

Volví a sentarme. La pared recibió el golpe seco del respaldo.

Lucas abrió la aplicación ferroviaria en su móvil.

—Hay uno a las siete y cuarenta y cinco.

Clara le quitó el teléfono.

—No le haces el trabajo.

—Ya lo ha hecho él.

—Precisamente.

Martina empujó dos macarrones hacia el borde del plato.

—¿Vuelves mañana?

—La reunión sería por la tarde.

—Eso no responde.

La misma frase. Distinta voz.

Elegí no prometer.

—No sé cuándo volvería.

Martina dejó caer el tenedor.

—Entonces no digas mañana.

—No lo he dicho.

—Lo estabas preparando.

Laura secó un plato sin mirar hacia mí.

—En esta casa se te oye antes de hablar.

Clara desplegó otra hoja. No era una lista. Eran cuatro líneas escritas a mano.

—No son condiciones para permitirte ir. Nadie puede hacerlo. Son las condiciones para que no volvamos a enterarnos después de lo que ya has decidido.

—Habla.

—Billete de ida y vuelta.

—No sé cuánto durará.

—Uno modificable —dijo Laura—. Existen desde antes de tu condena.

Lucas estiró la mano hacia su móvil. Clara no se lo devolvió.

—Segunda: ubicación compartida con nosotras y con Robles.

—Robles ya sabrá dónde estoy.

—Nosotras no somos Robles.

—Eso lo sé.

Clara apartó la hoja un centímetro.

—Entonces no contestes como si lo hubieras olvidado.

La campana de la Clerecía golpeó ocho veces. Martina contó las dos últimas con los dedos.

Decidí aceptar sin negociar la forma.

—De acuerdo. Billete y ubicación.

Lucas se apoyó contra el respaldo.

—Faltan dos.

—Tercera —continuó Clara—: nos llamas antes de cambiar de ciudad, hotel o plan. Antes. No desde un coche cuando ya estás persiguiendo a alguien.

—No voy a perseguir a Nora.

Laura dejó el paño.

—Nadie ha dicho que sea a Nora.

No respondí.

—Cuarta —dijo Clara—: los niños sabrán lo que afecte a su vida. No detalles de muertos. No fotografías. Pero tampoco «todo está bien» cuando no sabes si lo está.

—Eso es difícil de medir.

Lucas soltó aire por la nariz.

—Solo cuando no quieres medirlo.

Me giré hacia él.

—No necesito que conviertas cada frase en un interrogatorio.

—Tú tampoco necesitabas convertir cada cena en una salida.

Clara le devolvió el móvil.

—Basta.

—No —dije.

Lucas levantó la vista. Tenía la mandíbula cerrada.

—Termina.

—Cuando aparezca algo sobre mí, no quiero que busques solo. Me preguntas.

—¿Y tú respondes?

—Lo que sepa.

—No. Lo que sepas y lo que no.

La palma me picó donde había estado la antigua herida. La presioné contra el mantel.

—Sí.

Martina deslizó su plato hacia Laura.

—Yo quiero otra cosa.

—Come primero —dijo Laura.

—Ya he comido lo que no estaba pegado.

Señaló la hoja de Clara.

—Cuando llegues, llamas. Con vídeo.

—Puedo llamar.

—Con vídeo.

—¿Para qué?

—Para ver si has llegado tú.

Nadie se movió durante un segundo. Laura recogió el plato antes de que Martina pudiera bajarse.

—Esa es la quinta.

Cogí las llaves de la mesa. Clara no retiró la mano, pero tampoco las sujetó.

—No las necesito.

Las dejé delante de ella y saqué el teléfono.

—Voy a comprar el billete.

Lucas abrió su cámara.

—Hazlo aquí.

—No necesito un notario.

—Tampoco necesitabas testigos para el vídeo y nos llamaste.

La frase rozó donde no debía. Abrí la aplicación. El primer tren llegaba a Madrid antes de las diez. Seleccioné regreso para el día siguiente por la tarde, tarifa modificable.

El precio apareció en rojo.

Laura miró por encima de mi hombro.

—Tu libertad sale cara.

—No es libertad.

—Entonces deja de comprarla como si lo fuera.

Pulsé pagar.

La confirmación ocupó la pantalla. Lucas le hizo una fotografía.

—Bórrala cuando vuelva.

—Cuando vuelvas, hablamos.

Clara activó la ubicación compartida desde mi teléfono. Añadió a Laura y a Lucas. Después me lo devolvió.

—Martina no necesita un punto moviéndose por Madrid.

—Yo quiero verlo —dijo ella.

—Tú tendrás la videollamada.

Martina aceptó porque Laura dejó delante de ella un yogur.

El teléfono vibró antes de que pudiera guardarlo.

Robles.

Miré a Clara. Ella retiró la mano de las llaves.

—Contesta aquí.

Puse el altavoz.

—Dime.

Al otro lado sonaron pasos rápidos y una puerta cerrándose.

—He hablado con el editor de Nora —dijo Robles—. No ha ido al periódico.

Laura dejó la cuchara dentro del fregadero.

—¿Desde cuándo?

Robles tardó un segundo.

—Desde ayer por la tarde.

Me levanté. Esta vez nadie bloqueó la silla.

—¿Ha cancelado la reunión?

—No responde al móvil. Su compañero ha entrado en el correo de trabajo. La última actividad fue el mensaje que nos envió.

Cogí la chaqueta.

Clara puso las llaves dentro de un cajón y lo cerró.

—El tren sale mañana.

—Lo sé.

—Entonces qué haces.

Marqué el número corporativo de Nora desde mi teléfono.

—Comprobar si todavía queda alguien al otro lado.

La llamada dio un tono.

Dos.

Al tercero, una voz masculina respondió.

—Redacción de sucesos.

No dije mi nombre.

—Busco a Nora Beltrán.

El hombre respiró cerca del auricular.

—Pues póngase a la cola.

—¿Quién es usted?

—Julio Barral.

El teclado dejó de sonar.

—Su nombre está en la agenda. Última cita, ayer a las siete, cerca de la plaza de Oriente. Salió sin el portátil y con una libreta negra. Tenía que volver en una hora.

Robles acercó el teléfono al suyo.

—¿Han denunciado la desaparición?

—Su madre lo hizo esta mañana. La policía dice que una adulta puede marcharse.

—Nora no se marchó —dije.

El redactor bajó la voz.

—Eso mismo escribió ella antes de salir.