Madrid, los nombres tachados (Los casos de Julio Barral 8)
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CAPÍTULO 1Madrid
Madrid
El técnico congeló la mano enguantada justo antes de que desapareciera del encuadre.
La imagen ocupaba toda la pared. Píxeles grises. Una manga clara. Cuatro dedos doblados hacia el objetivo. El fluorescente de la sala zumbaba sobre nosotros.
—Más atrás —dije.
El técnico no tocó el teclado.
—Ya lo hemos hecho seis veces.
Robles apoyó una carpeta junto al monitor. No se sentó.
—Hazlo una séptima.
La secuencia retrocedió fotograma a fotograma. La mano salió de la oscuridad, rozó el borde de la cámara y volvió a perderse. Ningún rostro. Ninguna placa. Solo tela, goma y una sombra partida por el reflejo del suelo.
Me acerqué hasta que el técnico levantó una palma.
—Desde ahí no va a aparecer lo que falta.
Decidí dejar de mirar la mano.
—Pon el sonido anterior al salto.
El técnico cerró la imagen y abrió la onda de audio. Un bloque irregular llenó la pantalla. La voz de David apareció entre chasquidos. Primero «los nombres». Después mi pregunta. Luego aquella palabra.
Madrid.
La escuché dos veces. A la tercera, Robles golpeó la mesa con un nudillo.
—No va a pronunciar otra cosa porque la repitas.
—No estoy escuchando la palabra.
—Entonces ilumínanos.
Señalé la onda estrecha que seguía a la voz de David. Había un golpe breve antes del corte. No era la tos. Tampoco la puerta.
El técnico amplió el tramo. El altavoz escupió un roce metálico.
—Puede ser cualquier cosa —dijo.
—No cayó al suelo —respondí—. Golpeó algo hueco.
Robles inclinó la cabeza. El técnico reprodujo el sonido aislado. Metal contra metal. Después un arrastre corto.
—Una caja —dijo ella.
—O una bandeja.
El técnico sacó una regla de la carpeta y midió la distancia entre dos picos de la onda, como si el sonido pudiera obedecerle.
—No puedo identificar un objeto con esto.
—No te lo he pedido.
Elegí otra línea.
—Comprueba si el salto de once minutos pertenece al archivo o al soporte.
El hombre me miró por primera vez. Tendría treinta años y llevaba dos horas tratándome como si yo fuera una mancha en la pantalla.
—Eso ya está en el informe.
Robles abrió la carpeta.
—El informe dice «discontinuidad compatible con edición». Compatible no significa hecha.
El técnico se quitó las gafas, las limpió con la camisa y volvió a colocárselas.
—El reloj interno continúa. La cámara siguió grabando. Alguien exportó dos fragmentos y los unió después.
La mandíbula me apretó antes de que pudiera evitarlo.
—¿Cuándo?
—No consta.
—¿Dónde?
—Tampoco.
Robles pasó una página.
—Pero no fue un fallo de la memoria.
Resolución parcial. Pequeña. Suficiente para mover algo.
La grabación no estaba rota.
La habían cortado.
Me aparté del monitor y cogí el vaso de agua. El plástico crujió bajo mis dedos.
—Quiero solicitar los once minutos.
—Ya están solicitados —dijo Robles.
—Quiero que conste que el corte altera una prueba de mi causa.
—También consta.
Dejé el vaso sin beber.
—Entonces qué hacemos aquí.
El técnico cerró la onda. La pared quedó azul.
Robles sacó una hoja distinta. Llevaba el sello del juzgado de revisión y tres líneas subrayadas.
—Impedir que conviertas Madrid en un billete antes de saber qué significa.
Le quité el papel.
Era una relación de accesos al procedimiento. Abogados. Fiscalía. Policía judicial. Dos técnicos. Una solicitud externa rechazada cuarenta y ocho horas antes.
Nora Beltrán. Diario Central. Madrid.
Toqué el nombre con el índice.
—¿Una periodista?
—Una periodista con su nombre, su medio y un número de colegiada —dijo Robles—. Nada anónimo. Nada dejado bajo una puerta.
—¿Qué pidió?
—El audio de David y cualquier documento que mencionara traslados penitenciarios a Madrid.
Volví a leer la fecha. Había presentado la solicitud antes de que nosotros viéramos el fragmento.
—¿Cómo sabía lo que decía?
El técnico giró en su silla.
—No tenía acceso al archivo.
—Eso no responde.
Robles me quitó la hoja y la guardó.
—Por eso no vas a llamarla desde aquí.
Tomé una decisión antes de que terminara la frase.
—Llama tú.
—Ya lo hice.
—¿Y?
Sacó el móvil, abrió un correo y me mostró la cabecera. Remitente corporativo. Firma completa. Nora había respondido esa mañana.
No necesito el vídeo. Necesito saber si Barral recuerda una lista.
Debajo proponía una reunión en la cafetería del Círculo de Bellas Artes. Día y hora. Sin acertijos.
—Contéstale —dije.
—¿Qué pongo?
Miré la pantalla azul. En el reflejo seguía viendo la mano, aunque ya no estaba allí.
—Que no recuerdo ninguna lista.
Robles guardó el móvil.
—Eso puedes decírselo tú.
—Acabas de decir que no voy a llamarla.
—Llamar no. Verla puede ser distinto.
El técnico expulsó la copia de trabajo. Una bandeja metálica salió del ordenador con un golpe seco.
Los tres miramos hacia ella.
El sonido no era igual.
Se parecía demasiado.
Me acerqué y pulsé el mecanismo. La bandeja volvió a entrar.
—Reprodúcelo otra vez.
El técnico abrió la onda. Roce. Golpe. Arrastre.
Después reprodujo el ruido de la bandeja. El segundo golpe era más limpio, pero el primero tenía la misma vibración hueca.
Robles señaló el ordenador.
—En aquella habitación no había uno.
—En el plano visible, no.
—No empieces con otra puerta.
—No he dicho puerta.
El técnico buscó las fotografías antiguas incorporadas a mi causa. La estancia apareció desde cuatro ángulos: mesa, silla, lámpara, mueble bajo. Ningún ordenador. Ninguna bandeja.
El técnico abrió la copia. Una franja limpia cortaba el polvo del estante. Rectangular. Reciente.
—Aquí había algo —dijo.
Robles colocó dos dedos sobre la fotografía sin tocarla.
—¿Tamaño?
El técnico trazó una medida. Treinta centímetros de ancho. Poco fondo. En la esquina quedaba la mitad de una pegatina blanca.
Amplió hasta romperla en cuadrados.
M guion uno.
El resto había desaparecido con el aparato.
—Puede ser un inventario —dijo Robles.
—O una marca del fabricante.
—O lo que necesitas para subirte a un tren —añadió.
No contesté. Abrí la fotografía anterior. El mueble estaba cerrado, pero un cable negro salía por detrás y cruzaba hasta la pared.
Elegí comprobarlo.
—Busca las imágenes del registro policial.
El técnico cargó otra carpeta. Tres agentes aparecían en la entrada. Sergio estaba al fondo, de perfil. La puerta del mueble seguía abierta.
En la siguiente fotografía, tomada seis minutos después, estaba cerrada.
—¿Quién hizo estas fotos? —pregunté.
Robles leyó el pie.
—Un agente de primera respuesta. La cámara pasó después a Científica.
—¿Declaró que tocara el mueble?
—No.
El técnico amplió el reflejo del cristal. Una figura se inclinaba junto a la pared. Solo se veía el hombro claro.
El mismo tono que la manga del vídeo.
Me llevé la mano al bolsillo. Robles puso la suya sobre la carpeta.
—Todavía no es la misma persona.
—Tampoco es una pared vacía.
—Eso sí podemos sostenerlo.
Pasó a la imagen tomada después del levantamiento del cuerpo. El mueble estaba abierto.
Dentro había un hueco rectangular y dos cables cortados.
Nadie había destacado aquello.
Yo tampoco.
Decidí no tocar la pantalla.
—Amplía.
Los cables terminaban al fondo. Uno de corriente. Otro demasiado grueso para un teléfono. Robles acercó la carpeta a la fotografía y comparó el inventario.
—No figura ningún equipo retirado.
—Porque cuando hicieron el inventario ya no estaba.
El técnico amplió la hora de la imagen. Cuarenta minutos después del disparo.
—La foto es anterior a la llegada de Científica —dijo.
Robles dejó de pasar páginas.
—¿Quién entró antes?
No respondí. La lista era corta y todos los nombres dolían de una forma distinta.
Sergio.
Irene.
Yo.
Y la persona que seguía fuera del encuadre.
Robles cerró la carpeta.
—Hasta que sepamos qué equipo faltaba, esto no sale de la sala.
—Nora ya sabe que hubo traslados a Madrid.
—Nora sabe algo. No sabemos cuánto ni de quién.
—Entonces la vemos.
—Primero hablas con tu familia.
La frase me frenó más que una orden judicial.
Cogí la chaqueta del respaldo. El forro estaba frío.
—No necesito permiso para ir a Madrid.
—No.
Robles recogió el informe y lo metió bajo el brazo.
—Necesitas decidir si vas a volver a marcharte igual.
Abrí la puerta. El pasillo del juzgado olía a tóner caliente. Dos funcionarios empujaban un carro de expedientes hacia el ascensor.
Mi teléfono vibró.
No era un número oculto. Era un correo reenviado por Robles mientras seguía detrás de mí.
Nora Beltrán había añadido una sola línea a su propuesta de reunión.
David no estaba enviando una lista a Madrid.
Estaba intentando sacarla de allí.