Madrid, los nombres tachados (Los casos de Julio Barral 8) CAPÍTULO 9La pregunta de Lucas
21%

CAPÍTULO 9La pregunta de Lucas

La pregunta de Lucas

Robles dejó dos copias sobre la mesa del hotel. No soltó la carpeta completa. La lámpara del escritorio hacía brillar el sello de la funeraria.

—La hoja de recogida está firmada a las tres cincuenta y ocho —dijo—. El informe de la prisión sitúa el hallazgo a las cuatro cuarenta.

Pasé el dedo junto a las horas sin tocar la tinta. El papel olía a polvo húmedo del archivo donde lo habían guardado.

—Entonces no murió en la celda.

—Eso podemos sostener. Lo que no sabemos es si llevaron el cuerpo allí o si alguien escribió una escena que nunca existió.

La segunda copia era una fotografía del registro de accesos. A las cuatro y doce, una furgoneta había salido por la puerta sanitaria. La matrícula terminaba en los mismos números que Nora había encerrado en un cuadrado.

El parte oficial decía que Requena apareció colgado con una sábana. La funeraria, sin embargo, anotó que recibió el cuerpo tumbado, con una muñeca marcada y la ropa todavía húmeda. No mencionaba cuerda ni tela cortada.

—¿La autopsia?

Robles abrió la carpeta lo justo para mostrarme una línea.

—Usó el parte de la prisión como origen de la escena. Nadie pidió comprobar el muelle sanitario.

—¿Quién conducía?

—Mañana tendremos el nombre. Y hablaremos con un preso que ocupaba la celda contigua antes de que lo trasladaran. Esta noche no llamarás a la prisión, a la funeraria ni al funcionario que firmó.

Cogí el teléfono.

Robles puso la mano sobre él.

—Tampoco a Víctor.

—No iba a llamarlo.

—Entonces no te costará dejarlo ahí.

Solté el móvil. Ella retiró la mano y señaló la carpeta pequeña que me permitía conservar.

—Solo las páginas donde aparecen Mena, Orduña y las líneas de colores. Nada de nombres de familiares ni datos médicos.

—Necesito comparar.

—Necesitas aprender a trabajar con lo que puedes tener.

Se dirigió a la puerta. Antes de abrir, miró el billete impreso junto a mi cartera.

—Ese tren sale mañana.

—Ya no.

—Todavía sí.

La puerta se cerró. Esperé a que sus pasos desaparecieran por el pasillo antes de abrir la aplicación ferroviaria.

No cambié el billete.

Llamé a casa.

Martina respondió con la cámara pegada a un ojo. Detrás, Laura intentaba quitarle un rollo de celo de la muñeca.

—Enséñame dónde estás —dijo.

Giré el teléfono. La cama estaba sin abrir y la maleta seguía cerrada junto a la pared.

—He llegado.

—Eso es una habitación —respondió—. Tú también tienes que salir.

Volví a colocarme en pantalla. Clara apareció al fondo con un plato en la mano. Lucas estaba sentado en el suelo, apoyado contra el sofá, mirando otro teléfono.

—¿Has cenado? —preguntó Laura.

Le enseñé un envase vacío del servicio de habitaciones.

—No cuenta si solo has comido lo que cabe en una caja —dijo Clara.

—He comido.

—Ha enseñado la caja —intervino Lucas—. No lo mismo.

Dejé el envase en la papelera.

—El regreso de mañana no sirve.

Clara apoyó el plato sobre la mesa.

—¿Qué ha cambiado?

—Una muerte de hace años. Figura en una celda, pero el cadáver salió antes por la puerta sanitaria.

Lucas levantó la vista. Laura dejó de pelear con el celo y se lo cortó a Martina con los dientes.

—¿Cuánto necesitas? —preguntó Clara.

—Un día más. Tren pasado mañana a las seis y diez. Llegaría antes de las nueve.

—Todavía no lo has comprado —dijo.

—No.

—Bien. Primero lo dices. Después lo cambias.

Abrí la aplicación delante de ellos. Seleccioné la tarifa modificable y mantuve el dedo sobre el botón de pago.

—¿Alguna objeción?

—No somos una junta —respondió Laura—. Compra el que has dicho.

—¿Hotel igual? —preguntó Clara.

—El mismo.

—¿Y mañana?

—Archivo por la mañana. Después, una entrevista. Robles estará conmigo.

Laura volvió a enrollar el celo.

—Eso es un plan. No una garantía.

—Es lo que tengo.

Pagué. Lucas hizo una captura desde su teléfono sin que nadie se lo pidiera. La confirmación apareció en el grupo familiar segundos después.

Martina puso una estrella de papel sobre la cámara.

—Yo he hecho siete.

—Luego me las enseñas.

—Eso dijiste ayer con el dibujo.

La estrella desapareció. Laura la sentó a su lado.

—Ahora —dijo.

Martina mostró una hoja llena de puntos unidos con líneas torcidas. Uno de los puntos tenía mi nombre. Otro, el de una estación. Miré hasta que dejó de mover el papel.

—Ese soy yo.

—No. Ese es donde estabas. Tú eres este.

Señaló una figura fuera del recorrido, junto a una casa pequeña.

—Está lejos —dije.

—Porque todavía no has vuelto.

Clara recogió el dibujo antes de que Martina lo arrugara. Yo abrí la carpeta de Robles.

Lucas lo vio.

—Ya está.

—Solo necesito que mires una cosa.

—Claro.

No se levantó. Coloqué dos fotografías delante de la cámara. En una, la línea azul atravesaba el nombre de Mena y dejaba limpio el cargo. En la otra, la negra cubría el apellido de Orduña y también «responsable técnico».

—¿Qué ves?

—Dos fotos borrosas.

Acerqué la primera.

—Las líneas.

—Una azul y otra negra.

—Eso ya lo sé.

Lucas dejó su teléfono en el suelo.

—Entonces pregunta lo que quieres preguntar.

Moví las imágenes para que se vieran completas. Añadí otros dos ejemplos: una funcionaria con el nombre intacto y el destino cruzado; un médico con una línea roja que cubría solo el cargo.

—Creíamos que los colores clasificaban a las personas.

—¿Y?

—No encaja.

Lucas acercó la cara a la pantalla. Tocó su propia cámara como si pudiera ampliar mis hojas desde allí.

—Porque no estáis mirando lo que tacha.

Clara dejó de apilar platos.

—Explícalo.

—En el primero borra al hombre. En el segundo borra al hombre y el trabajo. Aquí deja a la mujer y borra dónde estaba. Y al médico le quita el cargo, no el nombre.

Cambió de postura y apoyó un codo en el sofá.

—A veces Nora tachaba personas. Otras, lo que podían hacer.

Buscó con el dedo una línea que atravesaba únicamente el destino de una funcionaria.

—Aquí no elimina a la mujer. Elimina el sitio donde trabajaba. Puede seguir siendo la misma, pero ya no sirve para lo mismo.

—¿Y Orduña?

—No lo sé. También puede ser que quisiera borrar las dos cosas.

El borde de la carpeta se clavó en mi palma.

—Personas y funciones.

—Eso he dicho.

—Puede explicar por qué Mena conserva el cargo debajo.

—O puede no explicarlo.

Robles habría respondido igual.

Busqué otra página. Lucas levantó una mano antes de que la mostrara.

—No.

—Solo una más.

—No has llamado para hablar conmigo.

La pantalla se movió cuando Clara se sentó. Laura no intervino. Martina seguía pegando estrellas en el mantel.

—He llamado porque tenía que informaros —dije.

—Y porque necesitabas ojos nuevos.

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

—Siempre son dos cuando una te deja mejor.

Cerré la carpeta.

Lucas recogió su teléfono, pero no apartó la llamada.

—¿Me habrías llamado hoy si no tuvieras esas hojas?

La lengua se me pegó al paladar. Martina apretó el celo contra la mesa y dejó atrapado un mechón de Laura.

—Quietas —dijo Laura, tirando despacio.

Nadie llenó el silencio por mí.

—Habría llamado —respondí.

Lucas movió la cabeza.

—Eso no es lo que he preguntado.

Clara cogió el plato vacío y se levantó.

—No le ayudes a encontrar una respuesta mejor.

La carpeta seguía cerrada bajo mi mano.

—No lo sé.

Lucas volvió a apoyarse contra el sofá.

—Esa sí sirve.

Mi teléfono vibró sobre la mesa. Robles. La pantalla mostró su nombre y la llamada empezó a ocuparlo todo.

Martina levantó otra estrella.

—Esta es para mañana.

Miré el botón verde.

Lucas no dijo que no contestara. Tampoco necesitaba hacerlo.

Puse el móvil boca abajo.

La vibración siguió golpeando la madera hasta apagarse.

—Enséñame la estrella —dije.

Lucas se levantó del suelo.

—La próxima vez llama antes de necesitar algo.

No salió de la habitación. Se sentó junto a Martina y le sujetó el papel para que no temblara.

Clara volvió con un vaso de agua y lo dejó delante de Lucas. No me miró. Laura liberó su pelo del celo. Durante unos segundos, la casa continuó sin esperarme, al otro lado de una pantalla inmóvil y fría.

Robles volvió a llamar.

Esta vez tampoco contesté.

CAPÍTULO 10

El mensajero de Soto

Robles no mencionó las dos llamadas hasta que dejamos atrás las torres de Chamartín.

Conducía con una mano. La otra descansaba sobre una carpeta cerrada. La M-607 estaba húmeda y los neumáticos levantaban una niebla baja contra el parabrisas.

—Anoche adelantaron la entrevista —dijo.

—Estaba hablando con mi familia.

—Lo sé. Vi cómo rechazabas la llamada.

Ajusté el cinturón. La hebilla me rozó la costilla.

—Podías haber escrito.

—Podías haber contestado y decir que no podías hablar.

No subió la voz. Cambió de carril y dejó pasar una furgoneta.

—¿La perdimos?

—No. La hice sola.

Miré la carpeta.

—Entonces por qué vamos otra vez.

—Porque el testigo aceptó ampliar la declaración si tú estabas presente.

—¿Quién es?

—Nicolás Valero. Cumplió condena en Soto del Real y pasó por Topas durante dos traslados. Nora lo entrevistó tres veces.

Cogí la carpeta. Robles la sujetó antes de que la abriera.

—Hoy no preguntas primero.

—¿Eso lo ha pedido él?

—Eso se lo prometí yo cuando no contestaste.

Solté el cartón. La carpeta volvió a su rodilla.

La prisión apareció al otro lado de la carretera, baja y extendida bajo la sierra. Robles no tomó el desvío principal. Continuó hasta una cafetería junto a un polígono.

—No quiere entrar en una comisaría —dijo.

—¿Y tú has aceptado?

—Quiero que hable. El uniforme puede esperar.

Nicolás ocupaba una mesa junto a la máquina de tabaco. Tendría cincuenta años, aunque las manos parecían mayores. Tenía un vaso de agua sin tocar y una chaqueta de trabajo abrochada hasta la garganta.

Al verme, apartó la silla.

—Dijiste que vendría después.

Robles dejó las llaves sobre la mesa.

—He dicho que escucharía. Si se levanta, no volveremos a buscarle hoy.

Nicolás miró la puerta. Un camarero dejó tres cafés y rozó el borde del vaso con la bandeja.

—Yo no llevaba papeles —dijo.

—Empiece antes —respondió Robles.

El hombre se frotó una uña contra el pulgar.

—En Soto había recados. En todas las cárceles los hay. Pero estos no eran para comprar tabaco ni avisar de una deuda.

—¿Para qué eran?

—Para que una frase llegara a otro módulo. O a otra prisión.