Capítulo 43
La perspectiva de tener que visitar a Amelia me hacía sentir físicamente indispuesto.
Con todo lo que había pasado, tuve que darle largas el día anterior, enviándole un mensaje para sugerirle que descansara y diciéndole que me pasaría al día siguiente.
Irónicamente, me dio las gracias por ser tan comprensivo.
A medida que me acercaba a la casa, esperaba el chirrido del columpio de Katrina, pero todo permanecía en un silencio sepulcral.
No corría ni un soplo de aire y el ambiente cargaba con una humedad intensa.
Las tormentas no podían andar lejos. El cielo se había ido salpicando de nubes cada vez más oscuras.
De algún modo parecían burlarse de mí, merodeando sobre el bosque, amenazando con recorrer los últimos cien metros hasta el hogar de los Reid.
Echando un vistazo a las ventanas del piso de arriba, me aclaré la garganta y llamé con cautela a la puerta principal. En cuanto se abrió, Melissa me sonrió radiante desde el otro lado.
—Matthew. Entra. Por favor, pasa.
Esbozando mi mejor sonrisa de valentía, entré en la casa con ella.
El frescor de la vivienda resultaba reconfortante. Se me había pegado la camiseta a la espalda y la agité con suavidad para dejar que circulara algo de aire. Al principio no me di cuenta de que Melissa me observaba. Ella sonrió.
Sintiendo una mezcla de vergüenza e ira, desvié la mirada y, en su lugar, miré hacia la escalera y más allá, hacia el rellano. Melissa me leyó el pensamiento.
—Están durmiendo. Los dos han pasado una noche larga. ¿Dejamos que descansen un rato antes de que subas?
Sin esperar respuesta, se dirigió a la cocina. La seguí a regañadientes. Observé cómo llenaba el hervidor y llevaba a cabo la rutina cotidiana de preparar una taza de té. Melissa actuaba como si todo fuera perfectamente normal.
De repente, se me pasó por la cabeza que la familia podría no estar al tanto de toda la situación. ¿Sabía Melissa que el hermano de Graham estaba por la zona? ¿Podría haberlo infiltrado todo Graham desde su celda de la prisión?
—¿Tracy está en el trabajo? —pregunté, charlando por charlar cuando lo que quería era estar en cualquier sitio menos encerrado en una habitación pequeña con mi suegra.
—Sí. Y Katrina está por ahí fuera jugando en alguna parte.
Todo me parecía una mentira.
—¿Entonces no hay nadie más? ¿Nadie más cerca del bebé?
Melissa dejó lo que estaba haciendo. Me lanzó una mirada fulminante, como si yo hubiera sugerido que era una pederasta.
—¿Qué se supone que significa eso? Por supuesto que no hay nadie más aquí.
¿Pero no se había puesto demasiado a la defensiva? De inmediato, intentó apelar a mi lado bueno, suavizando la voz.
—Me gustaría que te calmaras, Matthew. Ya te hemos dicho que todo eso quedó en el pasado. Se marchó cuando se marchó Graham. Todos hemos aprendido la lección y todos necesitamos seguir adelante. ¿Por qué no puedes aceptarlo? ¿Por favor?
Al abrir la puerta del frigorífico, me rozó el brazo desnudo con la mano. Me había visto en situaciones similares con ella antes. A menudo me preguntaba hasta dónde llegaría realmente.
Sabiendo que tenía que mantener la calma, le dediqué una breve sonrisa y un asentimiento con la cabeza.
—Triste lo de Julia, ¿verdad? —dije, intentando rebajar la tensión.
Melissa me pasó una taza de té humeante.
—Sí. Sí, lo fue. Pero creo que por fin descansa en paz. La pobre sufría de psicosis. Tenía la cabeza en cualquier parte.
Parecía sincera, pero aquello seguía oliendo a hipocresía. Julia era su hija, y me habría esperado que estuviera destrozada. Lo estaba pasando por alto como la muerte de una celebridad a la que solo conocemos por las columnas de cotilleos.
—¿Cuándo fue la última vez que la viste?
El sonido de unos pasos arriba permitió a Melissa esquivar la pregunta.
—Esos son tu mujer y tu hijo. Se habrán despertado. Espera un momento. Le prepararé una taza de té a ella también y se la subes tú. Tened una charla agradable. Hablad de vuestras cosas.
Estoy convencido de que Melissa creía de verdad que todo saldría bien y que pronto volveríamos a estar juntos. Su cara lo decía todo. Una mezcla de esperanza y fe en que prevalecería la sensatez.
Cargando con una bandeja de té y galletas, encontré a Amelia incorporada en la cama. El bebé dormía en su moisés, a su lado.
—Tienes buen aspecto —dije, posando la bandeja sobre su regazo. Le besé la mejilla. Todo el teatro me provocaba náuseas.
—Me encuentro mucho mejor, gracias. ¿Y tú? ¿Has hecho algo interesante desde la última vez que te vi?
—No. Ayer trabajé —mentí—, y poco más.
Inclinándome sobre el moisés, besé al bebé en la frente. Se le veía tan tranquilo, tan perfecto. Cómo me gustaría que mi madre hubiera podido verlo.
—Bueno —continué, sentándome en el borde de la cama—. ¿Le estás dando el pecho?
Como era mi intención, la pregunta pilló a Amelia desprevenida. Dejó la taza en la bandeja y, con un ligero temblor en la mano, derramó parte del contenido. Nerviosa, se cerró el batín sobre el pecho.
—¿Qué clase de pregunta es esa? —preguntó, sonrojándose.
—Una pregunta perfectamente normal. Soy el padre y quiero saber si le das el pecho a mi hijo.
— Nuestro hijo. Y si tanto te interesa saberlo, no, no lo hago. Lo intenté los dos primeros días, pero no terminaba de aclararme. Tracy dijo que es bastante normal, así que uso un sacaleches. La leche está en la nevera por si quieres comprobarlo.
Esa sensación familiar de que algo no iba bien. ¿Por qué tan a la defensiva? Incluso agresiva. No había terminado con mi interrogatorio.
—En lugar de mirar si hay leche en tu nevera, ¿puedo ver la habitación del bebé?
Estoy seguro de que oí pasos fuera de la puerta. Sin duda Melissa estaba escuchando. No estaba saliendo según lo previsto.
—Aún no está lista.
—¿No está lista? Me pediste el dinero en marzo. Estamos casi en septiembre.
—He estado ocupada con otras cosas, Matthew, por si no te habías dado cuenta. He intentado contactar con un par de obreros, pero están muy solicitados.
—¿Y si lo organizo yo?
La puerta se abrió y Melissa casi se cae hacia dentro tras de sí.
—Hola. ¿Os traigo a los dos más té?
Con un patético intento de ocultarlo, le lanzó a su hija una mirada de preocupación. Amelia le devolvió un ligerísimo movimiento de cabeza. Una mirada de «por favor, no te metas».
—No, estamos bien, gracias, mamá.
—Bueno, si estáis seguros.
Melissa se marchó de mala gana. Tras el levísimo clic de la puerta, agucé el oído para escuchar los pasos bajando las escaleras. Pero no oí nada. No pude evitar sonreír.
—¿Qué tiene de gracia?
Antes de que pudiera responder, el bebé se agitó en su moisés.
La pregunta que realmente quería hacer se me quedó atascada en la garganta.
Sabía que sería un error terrible preguntarle directamente.
Además, su madre estaba lista para abalanzarse y Tracy no tardaría en llegar del trabajo.
A saber quién más podría andar cerca. Se me había olvidado que Andy podría estar en la casa y no quería arriesgarme a que me volvieran a retener como rehén. Mi experiencia pasada aún me aterraba.
Cambié de táctica.
—Necesitamos un nombre —dije, sonriendo hacia la adorable criaturita que ahora descansaba en su moisés. Una mezcla de melancolía y culpa me invadió al darme cuenta de a qué tipo de entorno estaba siendo ya sometido. ¿Cómo podía sacarlo de aquí?
—No podemos seguir llamándolo «el bebé» o «el niño». ¿Has pensado algo más?
El terreno neutral apaciguó temporalmente a Amelia, y la sonrisa regresó a su rostro.
—Oh, estoy de acuerdo, Matt. De verdad que tenemos que decidirlo, y he tenido una idea brillante.
Dando un sorbo a mi té, ya frío, temí lo que vendría a continuación. Por favor, que no sugiera Graham.
—Matthew.
Casi escupo la bebida.
—¿Matthew? Qué, ¿como yo, Matthew?
Amelia soltó una carcajada.
Un paso fuera; el sonido de la felicidad de su hija sin duda animó el humor de Melissa.
—Sí, idiota. Como tú, Matthew. Sería un gesto precioso y mantendría tu nombre una generación más.
Intentaba engatusarme. Me imaginé a las tres sentadas, tramando la idea, convencidas sin duda de que era una genialidad. Otra forma de apelar a mis sentimientos.
—Yo estaba pensando en Frank. Por mi padre.
Otro paso en el rellano. Sonreí, imaginando la cara de Melissa. Ciertamente había dejado a Amelia de piedra. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza ponerle el nombre de nadie hasta ese momento, pero disfrutaba de mi pequeño juego, a pesar de todo.
—Mmm, sí. Es una idea maravillosa, aunque, bueno, pues no me termina de gustar ese nombre. Lo siento.
Reflexionamos sobre otras posibilidades, pero yo solo estaba dejando pasar el tiempo.
Había ido para hacer lo que tenía que hacer, y ahora necesitaba marcharme.
Amelia se quedó decepcionada y me hizo prometer que volvería al día siguiente.
Dijo que esperaba estar ya levantada y que quizá podríamos sacar al bebé fuera en su cochecito.
Hablaba como Melissa antes en la cocina, como si todo fuera normal. ¿Cómo podían mantener semejante farsa?
Al salir, eché un vistazo hacia el bosque. El recuerdo de Katrina allí de pie el primerísimo día que visité el hogar de los Reid. El largo vestido blanco, ondeando suavemente con la brisa. Su cabello salvaje alborotado en todas direcciones.
El sonido de unos pasos aproximándose desde algún punto lejano. Por instinto, supe que venían de la vuelta de la esquina, por la carretera. Entonces apareció Tracy, absorta en su propio mundo, con la vista clavada en el suelo frente a ella. Era la última persona con la que quería hablar.
Una vez satisfecho de que ni Melissa ni Amelia estaban mirando, di media vuelta y eché a correr colina arriba hacia el columpio de Katrina.
Permanecía inmóvil en el aire denso y calmo.
Continuando por la parte trasera de la casa, llegué a la choza.
El lugar donde Graham solía cortar leña y almacenarla para el invierno.
Esperando hasta que Tracy estuviera a salvo dentro de la casa, me sentí inesperadamente atraído hacia los árboles. Un recordatorio de la última vez que estuve allí con Julia y la supuesta tumba sin nombre de Patrick.
Sin pensarlo más, la atracción psicológica del bosque me abrumó.
Una llamada.