Capítulo 41
Salí del pub aturdida, me despedí de Patrick y, de forma inconsciente, caminé hacia la calle principal.
La idea de que Graham tuviera un hermano ya era bastante mala, ¿pero podría ser la misma persona que me había buscado mi nuevo apartamento?
Se suponía que nadie debía saber a dónde me había mudado.
¿Mi nuevo comienzo, lejos de miradas indiscretas?
Sin pensarlo, me encontré ante la agencia inmobiliaria.
Por suerte, el interior parecía desierto. No había rastro de clientes ni rastro de Andy. Todos mis actos, todos mis pensamientos, se desdibujaban en uno solo. Me sentía como si tuviera el piloto automático puesto, yendo de una crisis a otra sin resolver ninguna.
Una pareja de ancianos contemplaba boquiabierta los anuncios del escaparate, señalando de vez en cuando alguna propiedad. No parecían compradores serios, sino más bien vecinos cotillas que intentaban averiguar cuánto valía su propia casa. Ignorándolos, entré.
Solo la chica joven, Katie, parecía estar en el edificio.
Decepcionada, o aliviada, me pregunté si Andy habría salido, ¿a una visita o a realizar una tasación, tal vez?
¿Quizá estaba al fondo de la oficina, preparándose un café en la zona de la cocina?
Luciendo mi mejor sonrisa e intentando al menos no parecer asustada, le recordé a Katie quién era yo.
Con su memoria fotográfica, no tardó en recordarlo.
—Vivía usted en el número cuarenta y dos. Se mudó a Earl’s Court. Andy dijo que sabía de un piso que quedaba libre allí.
La mención de su nombre me hizo darme cuenta de dónde estaba exactamente.
Pero yo tenía la sartén por el mango. Él no sabría lo que Patrick acababa de contarme, si es que realmente era el hermano de Graham.
Sin embargo, en el tiempo transcurrido entre que salí del pub y me encontré dentro de la agencia, supe que tenía que ser la misma persona. Todo encajaba.
—Vaya. Estoy impresionada.
Ella me miraba mientras yo fingía examinar algunas propiedades en venta que colgaban de las paredes de la oficina. Sin saber qué decir ni qué hacer, canturreé una melodía para mis adentros. Katie reprimió una risa.
—¿Otra vez buscando mercado? —sonrió ella. Su pregunta tenía un aire de frivolidad. Realmente era bastante astuta.
—No. Yo no. Solo estoy mirando.
Katie volvió a sonreír. Con sarcasmo, pero con humor.
—Entonces, ¿Andy no está hoy por aquí? —pregunté, cambiando de tema.
—Ya no trabaja aquí, gracias a Dios.
La respuesta de Katie hizo que dejara de mirar las propiedades para centrar toda mi atención en ella.
—¿Se ha ido?
La chica de mirada vivaz pasó a explicarme que Andy había dimitido hacía dos días.
Ni siquiera cumplió su periodo de preaviso.
Dijo que se había ido por voluntad propia y que no pidió el pago de las vacaciones.
«Páguenme solo lo que me deben», supuestamente había dicho durante la llamada telefónica de dimisión a su jefe.
—¿Se fue hace dos días?
El día que nació mi hijo.
Ella asintió.
—¿Sabe dónde vive?
—Qué va. Nada. Nunca me contaba nada. Simplemente apareció por aquí hace unos seis meses. Se presentó como el nuevo ejecutivo de ventas. Pero como digo, gracias a Dios que se ha ido. Era un negado para su trabajo.
—¿Así que no sabe si tenía experiencia en el sector inmobiliario?
Ella se rio. O más bien soltó un «¡Ja!».
—Ni de broma. No sabía distinguir una casa de un bungaló. Un día le pregunté cuánto tiempo llevaba siendo agente inmobiliario y me dijo: «desde hace poco», o algo así. Afirmaba ser más bien un experto en seguridad. Instalando cámaras o ese tipo de cosas. Ya le dije que no me caía bien.
Al mirar alrededor de la oficina, parecía desierta, aparte del escritorio de Katie. Una vez más, ella me leyó el pensamiento.
—No estará pensando en trabajar aquí, ¿verdad? Estamos desesperados.
—¿Yo? No.
Mientras intentaba descifrar qué estaba pasando, mis ojos volvieron a los carteles de venta.
—¿Puedo ayudarle en algo más?
A pesar de que solo estaba haciendo su trabajo, las preguntas y el entusiasmo de Katie me irritaban.
—No. Solo buscaba la casa de Lisa Ingram. —Me giré hacia ella—. ¿El número cuarenta y dos?
—Ah, pues no tiene suerte si está pensando en hacer una oferta.
—No. No la quiero, solo me preguntaba si ya se había vendido.
—Se vendió la semana pasada.
No dejé traslucir que ya sabía que se había vendido. Lo comprobaba regularmente por internet y la semana anterior había visto que el estado había cambiado a «Vendido — pendiente de contrato». Le había prestado muy poca atención.
—Bueno, es una gran noticia —balbuceé buscando las palabras adecuadas—. ¿Lo sabe Lisa?
Katie me lanzó una mirada fulminante como si acabara de hacerle la pregunta más ridícula que jamás hubiera oído.
—Claro que lo sabe. Ella tuvo que aceptar la oferta.
Sintiéndome avergonzada, intenté recomponerme.
—¿Ha venido por aquí entonces?
Su respuesta no me sorprendió.
—No ha hecho falta. Lo hicimos todo por correo electrónico. Firmó los documentos electrónicamente. Creo que se está quedando con su madre o algo así.
—Ah, entiendo —respondí con naturalidad—. ¿Lisa dejó alguna dirección de contacto? Estoy teniendo problemas para localizarla por teléfono.
—No tengo permitido facilitar ese tipo de información.
Katie barajó unos folletos de propiedades en su escritorio, indicando que la conversación había terminado.
Agradeciéndole su tiempo, me di la vuelta para marcharme.
—En realidad —dijo Katie—, me sorprende que no supiera que Andy se ha ido.
Intrigada, cerré la puerta y me giré hacia ella.
—¿Cómo iba a saberlo?
—Por esa mujer con la que estaba usted. El día que aparecí cuando ella y Andy estaban discutiendo por algo.
Interiormente, suspiré de alivio.
Recordé a Francis interrogando a Andy. ¿No tenía algo que ver con que Lisa firmara el papeleo y recogiera cosas de la casa?
—¿Qué pasa con ella? —pregunté. A pesar de mi alivio inicial, una nueva oleada de ansiedad me recorrió.
—Ha venido unas cuantas veces desde que vino aquí con usted. Siempre hablaba con Andy, casi siempre al fondo.
Katie señaló con la cabeza la puerta cerrada al fondo de la oficina. Se me entrecerraron los ojos. ¿Me estaba tomando el pelo?
—¿Está segura de que era Francis?
—Segura al cien por cien. Una chica guapa, con hoyuelos cuando sonreía.
¿Podría ser algo inocente? Francis perfectamente podría haber estado buscando casa. No tenía por qué contármelo todo. ¿Pero entonces por qué hablar en secreto?
—¿Por qué necesitaba hablar siempre con Andy? ¿Y por qué ir al fondo?
Katie volvió a barajar sus papeles, claramente aburrida de mi presencia.
—No estoy muy segura. Como digo, siempre iban a la zona de la cocina. No podía oír de qué hablaban, pero recuerdo que casi siempre estaban alzando la voz.