Capítulo 38
Durante los días siguientes, nos cruzamos un par de veces: una en las escaleras y otra frente a nuestros apartamentos, en el rellano.
Fue increíblemente incómodo; ninguno de los dos sabía qué decir.
La segunda vez, tuve que reprimir el impulso de abrazarla y decirle que todo saldría bien, pero sabía que ella no quería eso.
Había marcado una línea en la arena y cruzarla habría sido por mi cuenta y riesgo.
Era evidente que algo iba mal, pero, por más vueltas que le diera en la cabeza, no lograba llegar a una conclusión satisfactoria.
Sea como fuere, diez días después de nuestra agria despedida en la cafetería, mi «relación» con Francis quedó totalmente en pausa.
Tracy tenía razón. El bebé nació antes de la fecha de parto original. Casi tres semanas antes. Tenía que volver a ser tan rematadamente perfecta. En secreto, yo había estado esperando que se retrasara solo para borrarle esa sonrisa de suficiencia de la cara.
El teléfono vibró poco después de las diez de la mañana.
Había regresado a casa tras una cita de trabajo y tenía otras dos visitas programadas para esa tarde.
El regreso del buen tiempo veraniego me había permitido, de algún modo, seguir adelante con el empleo.
Mi entusiasmo inicial se había desvanecido, como me pasaba con casi todos los puestos que había ocupado, pero en cuanto el sol volvió a asomar, desempeñé mi labor mostrando la vehemencia justa para satisfacer tanto a mi jefe como a los clientes.
Había hecho un par de ventas, o al menos me las habían atribuido tras enseñar las propiedades a posibles compradores.
Todo me parecía un poco una farsa; o les gustaba el inmueble o no.
No sentía que yo hubiera influido en su decisión.
—¿Matthew?
—¿Amelia? ¿Eres tú?
Sabía que no era Amelia; había reconocido la voz al otro lado. Mis juegos se estaban volviendo tan mezquinos como los de ellas.
—Soy Melissa. Llamo desde el teléfono de Amelia.
Se quedó callada y me entró el pánico. Otro juego que me salía por la culata.
—¿Está todo bien? ¿Ha pasado...?
—Todo está bien. De hecho, ¡todo es maravilloso! Amelia acaba de dar a luz a un niño precioso. Los dos están sanos. Estamos todos encantados. —Hizo una pausa—. He pensado que querrías saberlo.
¿Había sido eso una pullita al final? ¿Por qué demonios no iba a querer saberlo? Resistiendo el impulso de decir algo increíblemente sarcástico, me limité a darle las gracias por llamar.
En cuanto colgué, me olvidé de las pullas y dejé que la noticia calara. El corazón me latía con fuerza y de repente me sentí abrumado. Melissa me había preguntado si me gustaría ir de visita después de comer.
—Sí. Sí, me encantaría —respondí—. Gracias.
Al bajar del tren, me invadió la misma sensación de pavor. Una mezcla de náuseas y temor.
Había reorganizado mis visitas de la tarde. Mi jefe me felicitó y me dijo que me tomara unos días libres para que pudiera disfrutar del momento .
No me sorprendió que el primer sonido que escuché fuera el chirrido del columpio en el jardín. Se sentía como una especie de llamada de bienvenida. El saludo de Katrina. Lo oí antes de doblar la esquina de la calle y que la casa apareciera a la vista.
Chirrido... chirrido...
Aunque me había acercado en silencio y sin dejarme ver, Katrina parecía haber intuido mi llegada.
—Hola, tío Matthew.
¿Cómo demonios...?
—Hola, Katrina —respondí, mientras rodeaba la esquina de la casa—. ¿Cómo estás?
—¿Son para mí?
Se rió tontamente.
Levanté el ramo de flores que llevaba junto a la pierna.
—¿Te gustan?
—Son bonitas.
Estaba de buen humor. Sus dientes amarillentos brillaron bajo el sol. Me fijé en que volvía a tener los labios cortados, con pequeñas grietas llenas de sangre seca.
—¿Has visto al bebé?
Volvió a reírse entre dientes.
—Claro que sí, tontito. Y a Madre.
¿Qué?
—Sí. Claro. ¿Es guapo como yo?
Eso provocó que Katrina soltara una carcajada.
No fue el graznido espantoso en el que solía prorrumpir, sino una risa genuina.
Me impactó ver una reacción de algún modo normal en ella.
Siempre que me encontraba en compañía de Katrina, deseaba ser un psiquiatra cualificado.
Me encantaría ayudarla. Descubrir qué fuente profunda subyacía para que se comportara de forma tan errática.
Por otra parte, a menudo pensaba que, si indagaba demasiado, los resultados me darían un miedo atroz.
—¡Matthew! ¡Matthew! Entra. Tienes que ver al precioso niño de Amelia.
¿El precioso niño de Amelia?
Ignorando la indirecta nada sutil de su madre, le respondí.
—Ya voy, Melissa.
Al volverme hacia Katrina, me quedé estupefacto al ver el columpio vacío balanceándose por su cuenta.
La puerta principal se cerró y pensé que debía de haber entrado corriendo antes que yo. Pero, mientras me dirigía al porche, la vi corriendo por la extensión de césped hacia el bosque.
—¿Adónde vas? —le grité.
En una fracción de segundo, se detuvo en seco. Lentamente, se dio la vuelta.
La sonrisa de su cara se extendía de oreja a oreja.
Aunque estaba a cierta distancia, parecía que algunas de las grietas de sus labios se habían abierto.
Unos pequeños hilos de sangre le bajaban por la barbilla.
Y esos dientes... ¿Era posible que se hubieran vuelto aún más amarillos en ese breve espacio de tiempo?
—Voy a hablar con alguien —respondió gritando.
La sonrisa se desvaneció y se volvió, echando a correr de nuevo.
Fue tan rápido que desapareció entre los árboles antes de que yo llegara a la puerta.
La locura de Katrina había alcanzado un nivel completamente nuevo.
¿Quizá era por la emoción del bebé? Tenía que entrar.
—Sube, sube.
Melissa sonreía radiante sobre la barandilla.
Ese rellano.
—Están en tu antiguo dormitorio.
Los recuerdos de la casa me golpearon de golpe.
Miré a mi derecha. La puerta del salón estaba entreabierta y pude ver que nada había cambiado.
Los mismos sillones, la misma mesita cuadrada al fondo de la estancia; nada era distinto y todo estaba en posiciones idénticas.
La cocina me quedaba de frente. Las pastillas de Katrina.
Melissa insinuándoseme. Graham trayéndome una cerveza cuando el alcohol estaba estrictamente prohibido en la casa.
Había dicho que lo había hecho bien, cortando leña o algo así según recordaba, y que haría una excepción cuando hiciera algo bueno.
Cogí el pasamanos con tiento y empecé a subir. La última vez que había estado ahí arriba fue cuando me tuvieron retenido en la habitación de invitados.
¡La habitación de invitados! Amelia había pedido dinero extra de la herencia para reformar el lugar. Poner mejor calefacción, quizá ventanas nuevas y, sobre todo, para crear una habitación del bebé. No veía pruebas de que se hubiera realizado ningún trabajo. El recibo que me había enseñado.
Dean’s Home Improvements.
A juzgar por el aspecto, Dean era un inútil redomado o no existía. Pero no era el momento adecuado para preguntar, pese a que necesitaba saber más.
—Rápido, por aquí —dijo Melissa con una sonrisa, junto a la puerta de nuestro antiguo dormitorio. Tras echar una mirada rápida por el pasillo, respiré hondo y entré.
Tracy estaba sentada a un lado de la cama, y la silla de Melissa estaba vacía al otro lado.
Mi esposa estaba incorporada, apoyada en varias almohadas.
Entre sus brazos acunaba al ser humano más pequeño que jamás hubiera visto.
Tenía los ojos abiertos y miraba fijamente a los de Amelia.
Unos escasos mechones de pelo rubio le sobresalían por la parte de atrás de la cabeza.
Lo miré maravillado y de repente me sentí increíblemente conmovido.
Amelia se dio cuenta. Puede que Tracy también.
—¿Podéis dejarnos un momento, por favor? —Amelia se dirigió tanto a su hermana como a su madre. Se miraron, asintieron y aceptaron marcharse.
Melissa me rozó la mano al pasar, acompañada de una sonrisa demasiado familiar.
—Bienvenido a casa —susurró. Sabía que nadie más la había oído.
Tracy me dedicó la más breve de las miradas. Un gesto del tipo «no la cagues». No le di la satisfacción de una respuesta. En su lugar, toda mi concentración recayó en Amelia y en el precioso niño que tenía en brazos.
—Es increíble —dije, quedándome de pie a un lado de la cama. Esperé a que la puerta encajara antes de hablar. Al besar a Amelia en la frente, una amplia sonrisa iluminó su rostro. Se la veía asombrosamente sana teniendo en cuenta que había dado a luz hacía solo tres o cuatro horas.
Sin embargo, pronto trascendió que Melissa me había contado una mentirijilla. Amelia no acababa de dar a luz cuando ella me llamó a las diez de la mañana. En realidad, había tenido el bebé a las cuatro de la madrugada, después de «unas difíciles cuatro o cinco horas de parto».
—¿Por qué no me llamaste de inmediato? —pregunté, cogiendo suavemente al niño antes de acunarlo con cuidado en mis brazos. Tenía los ojos azules más bonitos y una nariz minúscula. No podía evitar tocarla con la punta del dedo.
—Dejé que Madre te llamara. No estás enfadado, ¿verdad?
Los ojos de Amelia me lo suplicaban. ¿Había sido este el momento que llevaba esperando nueve meses?
Tenía que recordar el pasado e intentar no sucumbir al poderoso vínculo emocional que flotaba en la habitación.
Nuestra habitación. Habían pasado tantas cosas desde la última vez y, sin embargo, aquí estábamos, de vuelta en nuestro dormitorio matrimonial. Un bebé recién nacido, marido y mujer.
Madre .
Luchando por contener la intensidad de la situación, la idea añadida de mis padres observándonos desde arriba amenazaba con desbordarme. Me permití unos instantes de silencio para asimilarlo todo.
Pero, a pesar de la tentación de quedarme mirando una y otra vez con admiración el milagro que sostenía en mis brazos, mis ojos no pudieron evitar desviarse de nuevo hacia Amelia.
Estaba tan radiante, tan hermosa. Casi demasiado bien.