Capítulo 33
Tras comprobar de nuevo que Francis seguía dormida, maniobré despacio para salir de la cama. Me puse los calzoncillos y caminé de puntillas hacia la cocina. Me dolía la cabeza a rabiar. ¿Tanto habíamos bebido?
Con una mirada rápida a la puerta del dormitorio, encendí el móvil y respondí a Julia.
¿A qué te refieres? ¿Qué es demasiado tarde para ti?
Tras quedarme mirando la pantalla en blanco durante varios minutos, me di cuenta de que no me quedaba más remedio que averiguarlo por mi cuenta.
Julia podría tardar días en responder, si es que lo hacía.
Pero no era el tiempo lo que me preocupaba.
Algo no iba bien. A pesar de la psicosis, no me esperaba un mensaje tan críptico.
Con solo cuatro palabras, había elevado mi ansiedad a un nivel totalmente nuevo.
Entré de nuevo sigilosamente en el dormitorio y recogí el resto de mi ropa. Con pies de plomo, me dirigí de puntillas hacia la puerta.
—No es una forma muy bonita de tratar a una chica la mañana siguiente.
—Ah. Estás despierta —esbocé una sonrisa—. Lo siento, no quería molestarte.
Francis se incorporó sin hacer el menor intento por cubrirse. En su lugar, agarró la esquina del edredón y lo echó hacia atrás.
—Se está muy calentito aquí dentro —dijo, exagerando su sonrisa con hoyuelos.
En cualquier otra circunstancia, me habría faltado tiempo para volver a saltar a la cama con ella. La idea de una mañana de domingo acurrucados bajo las mantas resultaba extremadamente tentadora. Sin embargo, el mensaje me había puesto nervioso. Sabía que tenía que ir a ver cómo estaba Julia.
—Ha surgido algo. Tengo que irme pitando. Lo siento.
Me vestí con torpeza frente a Francis. Habría sido mucho más fácil llevarme la ropa al salón y ponérmela en un entorno menos intimidante.
Mientras salía del dormitorio a trompicones, con una pierna en los vaqueros y la otra arrastrándose, oí que Francis salía de la cama detrás de mí.
—¿A dónde exactamente «te vas pitando»? —preguntó, plantada en el umbral de la puerta, ajustándose el cinturón del albornoz.
—Bueno, se me había olvidado que hoy trabajo. Tengo tres visitas. Mírame, tengo una cara espantosa. Necesito ducharme y arreglarme.
Francis pasó rozándome; el aroma de su perfume aún persistía lo suficiente como para recordarme la noche anterior. Siguió hasta la cocina y exclamó por encima del hombro:
—Sé lo bastante hombre para decir simplemente que te marchas, Matt. No me tomes por tonta.
Fui tras ella a toda prisa hasta llegar a la isla. Apoyado contra la encimera, me calcé los zapatos por el talón, empujando y girando los pies hasta que logré encajarlos.
—No es eso. Es que...
Me faltaron las palabras. Ya no me quedaban excusas. Por suerte, Francis pareció suavizarse.
—Escucha. Sé que has pasado por mucho y lo que hay entre nosotros, bueno, no necesitas que nada ocurra demasiado rápido ni demasiado pronto. Entiendo tu situación. De verdad que sí. Puede que yo tampoco deba actuar tan deprisa.
Asentí con la cabeza en señal de agradecimiento; me habrían dado ganas de acercarme y darle un abrazo fuerte por ser tan comprensiva. Pero aún no había terminado.
—Me gustas, Matt. Eres amable, divertido y se nos da muy bien lo de ahí dentro, ¿verdad? —hizo un gesto con la cabeza hacia el dormitorio. No pude evitar sonreír.
—Gracias. Y gracias por ser tan comprensiva. Tú también me gustas, y en eso de ahí dentro te defiendes bastante bien.
Se acercó y me besó en los labios, deteniéndose lo suficiente para que pudiera saborearla.
Tras prometer que la llamaría más tarde, le di un beso rápido en la mejilla y regresé a mi apartamento. Me temblaba un poco la mano mientras forcejeaba con la llave en la cerradura. ¿Sería el alcohol o la testosterona? Quizá ambas cosas.
Me duché rápido, busqué ropa limpia en mi cesta de la plancha provisional —un barreño viejo de fregar que se habían dejado los anteriores inquilinos— y volví a la sala de estar para recoger mis zapatos.
El sonido de una puerta cerrándose fuera, en el rellano, me puso en alerta.
Había sonado muy cerca. ¿Francis se marchaba?
No podía ser. Era imposible que se hubiera arreglado tan rápido como yo.
¿Quizá alguien que venía a verla? Pero ¿quién?
No me habría dejado quedarme a pasar la noche si hubiera estado esperando una visita tan temprano, ¿no?
Al fin y al cabo, acababa de intentar convencerme para que volviera a la cama.
Ignorando el ruido, me calcé los zapatos —de verdad que tengo que acostumbrarme a desatar los cordones y ponérmelos y quitármelos de la forma convencional—, cogí el móvil y las llaves, y salí del apartamento.
Vacilé en el rellano y me quedé frente a la puerta de Francis unos segundos, intentando escuchar si había voces dentro.
Pero todo parecía en silencio. Quizá, después de todo, no había sido su puerta la que se había cerrado.
Por suerte, el tren solo estaba ocupado en una tercera parte.
Aún era relativamente temprano para ser domingo por la mañana e incluso Londres dormía a veces.
Bebí a grandes sorbos de la botella de agua que había comprado en la panadería que había frente a la estación de metro de Earl’s Court.
Ya me había comido un rollo de salchicha caliente mientras esperaba en el andén.
Al menos me sentía un poco mejor del estómago y el dolor de cabeza había desaparecido.
Lo último que necesitaba era sentirme fatal cuando ya estaba emocionalmente agotado.
Sin embargo, en cuanto llegué a Epsom, mi hogar espiritual, me invadió una oleada de náuseas. De repente, sentí que algo iba muy mal. ¿Qué diablos pasaba con aquel lugar?
La casa de Julia no estaba lejos de la estación. A diez minutos a pie.
Las calles me resultaban familiares; las había recorrido muchísimas veces con Amelia siempre que íbamos al trabajo en tren.
También había estado antes en la casa de Julia, el día que la vi entregarle a Tracy un sobre lleno de árboles genealógicos y currículums. Después de que Tracy se marchara, entré para exigir la verdad.
Antes de eso, recordaba haberme escabullido por el callejón que llevaba a los jardines traseros; separaba la casa del vecino de la de Julia; un pasadizo compartido hacia la parte trasera de ambas propiedades.
Mientras me acercaba, decidí que esa volvería a ser mi mejor ruta.
La fachada estaba demasiado expuesta, con la puerta abriéndose directamente a una acera que daba a la carretera principal.
Una sensación de vulnerabilidad me recorrió al cruzar la calle.
El mensaje de texto se me había metido bajo la piel. Algo no me daba buena espina.
Una brisa intensa silbaba por el callejón, pillándome desprevenido, aunque al mismo tiempo resultaba de lo más reconfortante.
Hasta ese momento, apenas había notado un soplo de viento y el aire se sentía denso.
Con una mirada rápida en ambas direcciones, me metí en el pasadizo y recorrí el espacio entre las dos viviendas.
El jardín estaba exactamente como lo recordaba: césped descuidado, parterres llenos de maleza y macetas abandonadas repletas de ortigas y dientes de león.
Al igual que en mi visita anterior, me asombró la magnitud de la parcela de tierra que acompañaba a aquellas casas tan pequeñas.
Tenía al menos treinta metros de largo, era estrecha pero privada, dadas las vallas de casi dos metros que se extendían a lo largo de ambos lados.
La barrera de madera también continuaba por la parte posterior de las fincas.
Proporcionaba a los ocupantes tanto privacidad como protección frente a vecinos curiosos.
Todas las ventanas de la casa de Julia eran nuevas, así como una puerta trasera que incluía dos largos paneles de cristal esmerilado.
Tras echar otro vistazo por encima del hombro, llamé suavemente a la puerta. Cubriéndome los ojos con la mano, pegué la cara al cristal, deseando ver a Julia acercarse. Pero todo parecía perfectamente inmóvil.
Volví a llamar a la puerta mucho más fuerte, lo suficiente como para que alguien dentro pudiera oírme, estuviera en la habitación que estuviera. De nuevo, ni un sonido al otro lado.
Recordando mi anterior visita y cómo había visto el interior, me desplacé hasta la ventana de la cocina.
Seguían colgadas las mismas cortinas de red y sabía que mi visión sería limitada.
Sin embargo, tenía que ser mejor que el cristal esmerilado de la puerta.
Arrastré una maceta vacía hasta debajo de la ventana, le di la vuelta y la usé como un escalón improvisado.
De nuevo, me protegí los ojos para mirar dentro.
Por lo que alcanzaba a ver, la cocina estaba limpia y ordenada. Había una taza y un plato pequeño fregados secándose en el escurridor, pero aparte de eso, todo parecía estar en su sitio. Ni platos sucios, ni comida fuera, ni correo sobre la mesa.
Frustrado, intenté abrir la puerta trasera, moviendo el picaporte demasiadas veces cuando con una habría bastado. Era como si supiera que ella estaba allí, pero no pudiera hacerme oír.
¿Está bien? ¿Ha pasado algo dentro?
Golpeé con el puño, aun sabiendo que era inútil.
¿Dónde estaba?
Decidido a ir a la parte delantera para mirar por aquellas ventanas, eché a correr hacia el callejón.
Pero justo cuando llegaba al recodo, algo me llamó la atención.
Al fondo del jardín. Allí. El cobertizo.
Una estructura de madera ruinosa que parecía que una buena tormenta acabaría con su sufrimiento.
Tenía un tamaño considerable, lo suficiente como para albergar multitud de herramientas de jardinería.
Pero no fue un cortacésped ni una pala lo que captó mi atención. En su lugar, apenas visible a través de los cristales agrietados y cubiertos de moho, la silueta de una figura inmóvil hizo que me quedara petrificado.