Madre (La familia 2) Capítulo 32
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Capítulo 32

¿Qué narices?

Atónito y con resaca, no era capaz de articular palabra. ¿Dónde nos había visto, cerca de la tumba de su abuelo? ¿No había dicho Julia que Katrina ya no tenía permiso para entrar en el bosque? La cabeza me daba vueltas por una mezcla de confusión y el alcohol que empezaba a remitir.

—Este... no. No estábamos allí, Katrina.

—¡Mentiroso! —espetó Katrina. Me recorrió un escalofrío por la espalda ante la ferocidad de su respuesta.

Se rió, o quizá «soltó una carcajada» sería una descripción más precisa.

—¿Dónde crees que nos viste?

—En el sendero, tontito. Los dos ibais caminando rápido. Pasasteis por delante de la tumba de mi padre y bajasteis la colina. Os vi.

Soltando un suspiro de alivio audible, recé para que ese fuera el único lugar donde nos hubiera visto.

Necesitaba ponerla de mi parte, así que probé con una táctica distinta.

—De hecho, sí que estuvimos allí. Fuimos a verte.

Ella soltó una risita, pero no respondió.

—Queríamos saber si estabas bien.

Nada.

—¿Estás bien, Katrina?

Seguía sin responder.

Se me aceleró el corazón.

—¿Katrina?

—Tengo que irme. Madre ha dicho que no tengo permiso para hablar con nadie.

—¿Está tu madre contigo, entonces?

—No, tontito.

Se cortó la comunicación.

Mirando el teléfono, me levanté y me puse a caminar por la habitación.

Creía a Katrina. Tracy no habría estado con ella cuando hizo la llamada.

Katrina solo sabía decir la verdad. Era ese rasgo suyo que yo amaba y odiaba a partes iguales.

Uno sabía exactamente a qué atenerse, pero la verdad también podía golpearte como un mazo.

Julia debía de estar equivocada, ¿o es que Tracy o Melissa le habían contado una mentira?

¿Debería comprobarlo por mí mismo? ¿Ir al bosque y buscar a Katrina?

Pasé los siguientes días encerrado a solas.

Había llamado al trabajo para decir que estaba enfermo, pedí la compra por internet y no salí de casa.

A la única persona que había querido ver era a Francis, para pedirle perdón por mi comportamiento, pero la testarudez que llevaba dentro me suplicaba que fuera ella quien llamara a mi puerta.

El sueño seguía eludiéndome. Las pastillas de la herboristería eran como comerse un caramelo.

Por suerte, los sueños no habían sido tan vívidos, quizá porque no era capaz de sumirme en un letargo lo bastante profundo.

Sin embargo, mi falta de sueño me preocupaba.

Faltaban dos meses para el parto y no podía seguir con poco o ningún descanso durante tanto tiempo.

Quizá Francis tenía razón y sí que necesitaba ver a un médico.

El sábado por la mañana, terminé de leer el libro.

Llevaba despierto desde las cuatro de la madrugada.

Al menos eso me dio la oportunidad ideal para devolverle el libro a Francis.

Así que, poco antes de las nueve, caminé hasta el Costa de la zona y compré dos Americano grandes y un cruasán de mantequilla para cada uno.

Me pareció algo increíblemente cursi, nada propio de mi estilo, pero aun así era una forma de pedir perdón.

—Oh. Eres tú.

—Ofrenda de paz —respondí, tendiéndole la bandeja de cartón con las bebidas y una bolsa de papel con la comida. Llevaba su libro bajo la axila izquierda. Por suerte, Francis se apartó a un lado y me hizo un gesto para que pasara.

Al pasar a su lado, Francis cogió la novela.

—¿Lo has leído o lo has guardado porque no tenía dibujos? —preguntó.

Afortunadamente, cuando me giré, estaba sonriendo; tenía una mueca sarcástica dibujada en el rostro.

—Estaba bien. Aunque adiviné quién era el asesino tras solo unos capítulos.

—Claro que sí.

Me acompañó a la cocina. Sacó un cruasán de la bolsa, lo puso en un plato y cogió un café.

—Mejor deja la tapa puesta al tuyo —añadió, mientras caminaba hacia el salón—. No sea que lo derrames.

—Sí. Lo siento. Espero que no manchara nada —dije, yendo tras ella con la bolsa y la bebida.

—Has tardado días en preguntar, así que supongo que no te preocupa tanto.

Nos sentamos en las mismas dos sillas. Yo no tenía hambre, pero el café sabía de maravilla. En cuanto terminé, se me pasó por la cabeza volver a por otro, tal había sido el subidón. Francis debió de notarlo.

—Sigues teniendo una cara de mierda. ¿Has dormido algo desde la última vez que te vi?

—No mucho.

Se quedó sentada escuchando, mientras comía y bebía, mientras yo le contaba mis noches en vela y los detalles de las pesadillas intermitentes.

—No debe de ser fácil —añadió, una vez hube terminado.

—A lo mejor todo se arregla cuando nazca el bebé.

—A lo mejor —respondió ella, poco convencida. Francis recogió su plato y su taza vacía y volvió a la cocina.

El ruido de su cafetera poniéndose en marcha sonó como música para mis oídos.

Había tenido el subidón inicial y ahora ansiaba más.

Cogiendo la bolsa, arranqué la mitad del dulce cruasán y saboreé la inyección de azúcar.

Todavía comiendo, me reuní con Francis en la cocina; la perspectiva de más cafeína era demasiado tentadora para resistirse.

—He estado pensando en tu idea, Francis —dije, arrepintiéndome al instante de hablar con la boca llena. Por suerte, Francis no pareció muy disgustada.

—¿Ah, sí? —preguntó, girándose y pasándome el primer café—. ¿Qué gran idea es esa?

—Lo de ver a un médico. Tienes razón. Tengo que controlar el sueño. Quizá reducir el alcohol también.

—A lo mejor lo que necesitas es ir a un loquero.

Francis sonrió ampliamente, exagerando sus hoyuelos. De la nada, se inclinó hacia delante y me besó.

—¿A qué ha venido eso? —pregunté, incapaz de ocultar mi placer.

—Porque me importas. Quiero que estés bien. Seguro que todo el mundo quiere eso.

¿Todo el mundo?

Francis se giró para prepararse una bebida, reemplazando la cápsula de café usada en la máquina.

—Sí. Yo desde luego. Y estoy segura de que tu mujer también, sobre todo dado que está embarazada de tu hijo. Deberías estar más agradecido de que la gente se preocupe por tu bienestar.

—Gracias —dije, decepcionado de que se hubiera metido en el mismo saco que Amelia—. En fin —continué—, estoy seguro de que todavía estoy registrado con un médico por la zona de Epsom. Creo que pediré cita.

Francis se giró hacia mí.

—¿En Epsom? Eso está a un mundo de aquí. ¿No quieres registrarte en algún sitio más cercano?

—¿Acaso conoces a algún buen loquero por aquí?

Ambos nos reímos antes de acercarnos de nuevo uno al otro. Esta vez nos besamos con más intensidad.

El sonido de mi teléfono vibrando me despertó. Tardé varios segundos en ubicar dónde estaba. Una mirada rápida por encima del hombro me dijo todo lo que necesitaba saber. Francis dormía plácidamente. Parecía cómoda, muy tranquila.

Rodando sobre el costado, recuperé el teléfono. Vi mi ropa esparcida por el suelo de la habitación.

Empezó el dolor de cabeza y sentía la boca seca. Mientras intentaba enfocar la pequeña pantalla, vi que tenía un mensaje nuevo.

Demasiado tarde para mí x