Madre (La familia 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

Antes de que pudiera indagar más, Julia ya había puesto cierta distancia entre nosotros.

Aunque estaba petrificado por cuál podría ser el motivo real, me resultó difícil no quedarme mirándola.

Los vaqueros le colgaban tanto de la parte de atrás que temí que se le bajaran hasta los tobillos en cualquier momento.

Pero Julia estaba ajena a todo, no solo a su atuendo, sino aparentemente a todo lo que la rodeaba.

—Más vale que sea rápido —le grité—, o si no, me vuelvo.

Julia se dio la vuelta y sonrió. Sabía que yo no iría a ninguna parte sin acompañante.

Adentrándome aún más en el implacable bosque, me costaba mantener la noción de la distancia y la dirección.

Aparte de la choza, no había habido puntos de referencia discernibles.

A medida que me preocupaba más y más por mi seguridad, de la nada, Julia se quedó completamente quieta.

No se veía nada obvio. ¿Pero qué esperaba yo? ¿Un pub con una bonita terraza?

—Ahí —dijo ella.

Me reuní con ella rápidamente, con la necesidad imperiosa de que toda esa experiencia de mierda se acabara de una vez. Siguiendo su dedo, vi exactamente lo que estaba señalando.

—Me cago en todo. —No pude evitarlo—. Otra no.

El pulcro montículo de tierra parecía idéntico a la otra tumba del bosque, la que contenía los restos de Ryan Palmer.

Misma longitud, misma anchura, misma altura.

Como si los hubieran comprado en una tienda que vendiera túmulos funerarios prefabricados.

Sin embargo, lo que me llamó la atención fue la cruz hecha a mano que sobresalía en el extremo opuesto.

Al igual que en la tumba de Ryan, dos ramitas toscamente entrelazadas con lana verde se alzaban rectas sobre la tierra.

Había tres flores frescas junto a ella. Abrí y cerré la boca, incapaz de articular palabra.

Mientras tanto, Julia se había girado para mirarme.

No me había dado cuenta hasta que habló.

—No hay nadie dentro, Matthew. Es por el bien de Katrina.

Caminamos lentamente hacia ella al unísono.

—¿Qué, una tumba de mentira para una adolescente? Qué clase de enferma...

—Padre está ahí dentro.

—¿Qué?

Al girarme para mirarla, me di cuenta de lo jodidamente asustado que estaba.

Atrapado en medio del bosque con una mujer psicótica que hablaba con acertijos sobre cosas que no tendrían sentido para nadie más en el mundo exterior.

Pero este no era el mundo real. Era mi mundo loco y jodido en medio de una familia loca y jodida.

La misma familia que fabricó una tumba imaginaria para que una niña pudiera vivir su duelo.

—Padre se fue de casa cuando Katrina tenía cuatro o cinco años.

Increíblemente, el tono de Julia sonaba relativamente normal.

Ya no decía galimatías. No pude evitar observarla mientras hablaba.

Parecía estar disfrutando de su historia, perdida de nuevo en su propio mundo.

No se movía. Cada parte de ella estaba tan inmóvil como una estatua, a excepción del movimiento de sus labios y de su boca, que lentamente se convertía en una sonrisa.

—Pero ella adoraba a su abuelo. Él le construyó un columpio en el jardín. Todavía juega en él hoy en día. Solía llevarla a dar largos paseos por el bosque. Jugaban al escondite. Ella ama estos árboles. Entonces, un día, él desapareció.

Julia chasqueó los dedos. Había entrado en una especie de estado hipnótico. Hablaba con voz monótona, como si recitara un discurso ensayado por enésima vez. Sería inútil interrumpirla, así que dejé que Julia continuara.

—Sucedió justo antes de que ella empezara el colegio. Durante un verano largo y caluroso. Las cosas habían ido mal entre Madre y Padre. Graham también se mudó. Yo acababa de conocerlo.

Julia hizo una pausa, reflexionando.

—¡Ja! —soltó de repente, como para desterrar a su marido de su memoria.

—Padre no lo soportaba. —Julia resopló y finalmente giró la cabeza para mirarme—. Qué curioso. Ninguno de vosotros, los hombres, podíais soportarlo, ¿verdad?

Yo me había quedado sin respuesta. Tanto su historia como sus gestos me tenían hipnotizado.

—Katrina empezó a tener pesadillas. Pesadillas horribles. Gritaba en mitad de la noche. Se meaba en la cama y se negaba a apagar las luces.

Recordé mi conversación con Amelia. Había sido en la cafetería, el día que me dijo que estaba embarazada. Le había preguntado por Katrina, acusando a Tracy de drogarla. Pero Amelia había ridiculizado mis sugerencias.

— Katrina había mostrado rasgos de un comportamiento muy extraño desde muy temprana edad, quizá desde los dos años.

Había sufrido pesadillas perturbadoras, y a menudo se despertaba por la noche gritando, con el pijama empapado en sudor.

En muchas ocasiones, les dijo a Ryan y a Tracy que veía a alguien en su habitación.

A veces, esa persona llevaba un cuchillo y la amenazaba, mientras que en otras «visitas», se metía en la cama con ella, le acariciaba el pelo y le cantaba una nana suave hasta que se quedaba dormida de nuevo.

— Para cuando cumplió los cinco, el psiquiatra infantil había recomendado que Katrina recibiera educación en casa.

Había intentado en vano comprender su comportamiento.

Algunos días actuaba con normalidad, mantenía un nivel de conversación decente, pero contrarrestaba aquello con unos niveles de agresividad que él nunca había presenciado antes.

Le diagnosticó un trastorno de identidad disociativo.

Katrina tenía múltiples identidades distintas.

Lo del psiquiatra infantil recomendando que Katrina fuera educada en casa encajaba con el relato de Julia, al igual que la edad en la que lo sugirió.

Quizá Katrina había sufrido pesadillas desde los dos años.

Sin embargo, fue el día en que su abuelo desapareció lo que finalmente la hizo perder los estribos.

¿Pero por qué se había marchado? ¿Forzado por la familia, por Graham, o por voluntad propia?

Por lo que yo recordaba, la familia nunca lo había mencionado, ¿o sí?

Otra conversación con Amelia irrumpió en mis pensamientos.

Había sido el día de Año Nuevo, y el intercambio de palabras era tan nítido como la tumba falsa que teníamos delante.

—Espera un momento, Julia —dije, estirando la mano inconscientemente para evitar que siguiera.

Una vez que tuve la atención de Julia, le expliqué cómo había reaccionado Amelia el primer día del año, el día que fuimos en coche a visitar nuestra futura casa nueva en el campo.

Solo habíamos ido por sugerencia mía; yo necesitaba salir unas horas, sofocado por las largas vacaciones y por estar encerrado en casa con ellos.

El viaje en coche pronto derivó en una discusión.

Había criticado a Amelia por comprar regalos de Navidad carísimos que había entregado a la familia, usando nuestros ahorros destinados a nuestra futura casa.

Amelia había defendido sus actos, por supuesto que sí, alegando lo agradecidos que deberíamos estar con su madre, y con el resto de la familia, por permitir que nos quedáramos.

Me había aburrido de sus gilipolleces, sabiendo que, dijera lo que dijera, Amelia tendría una respuesta, una defensa.

Todo había sido una larga sarta de excusas, siempre protegiendo a la familia.

Así que cambié de táctica y le pregunté por su padre.

— ¿No dijiste que se fue de casa cuando tenías cuatro años?

—le pregunté. Amelia vaciló, mi pregunta la dejó momentáneamente desconcertada.

Se quedó mirando por la ventanilla del copiloto.

Al principio no pensé que me fuera a dar la satisfacción de una respuesta pero, sin su familia para ayudarla, acabó cediendo.

Volvió a fijar la vista al frente, sin apartar los ojos de la carretera.

— Sí —dijo. Luego se giró lentamente hacia mí—. ¿Por qué me preguntas eso otra vez?

Amelia tenía razón. Ya le había preguntado por su padre una vez. Lo negué o, más probablemente, lo ignoré.

Tenía que haber una razón por la que se fue. Nadie se levanta y se marcha así como así.

— Yo solo tenía cuatro años —había respondido Amelia, con la ira grabada en cada palabra—. No lo sé.

Creyó que dejaría correr el asunto, pero esperé pacientemente hasta que su respiración volvió a la normalidad.

— Quizá se lo pregunte a tu madre entonces.

En ese momento, Amelia perdió los estribos. Golpeó el salpicadero con el puño y me advirtió que no hiciera tal cosa.

— ¡No es de tu maldita incumbencia! —había gritado.

Julia escuchó atentamente hasta que terminé. Aunque su capacidad de atención era mínima, obviamente mi historia le había parecido fascinante.

—Estaba mintiendo, Matthew. Padre nunca pudo haberse ido de casa cuando Amelia tenía cuatro años. Esa es la edad que tenía Katrina cuando se fue. Amelia habría tenido...

—Es dieciocho años mayor que Katrina —intervine, ya totalmente metido en el tema—. Habría pasado los veinte. ¿Por qué iba a mentir sobre eso?

Julia asintió con la cabeza con aire cómplice.

Nos quedamos en silencio. Multitud de pensamientos pasaban por mi mente. No fue hasta que Julia se alejó cuando algo encajó. Me asaltó la pregunta obvia. La llamé.

—¿Por qué me has traído hoy aquí, Julia?

Tras dar unos pasos más, se detuvo y se volvió. El poco color que tenía en las mejillas se había disipado por completo.

—Aquel día que nos conocimos.

Su sonrisa me inquietó. ¿Qué encontraba de tan alegre en todo aquel entorno?

—¿En Russell Square? ¿Qué pasa con eso?

—¿Mencionaste a un tipo que viste en el pub?

Me había olvidado por completo de él.

—¿Qué pasa con él?

—No le presté atención, en aquel momento.

—¿De qué demonios estás hablando, Julia?

Afortunadamente, se mantuvo firme en su respuesta.

—No hasta que dijiste su nombre, al menos.

Me devané los sesos.

—¿Patrick? —pregunté—. ¿Qué pasa con su nombre?

Julia me miró directamente a los ojos.

—Patrick es el nombre de mi padre.

Señaló al suelo, detrás de mí.

—El abuelo de Katrina. La persona que fingimos que está enterrada en esa tumba.