Capítulo 27
Me sentaba bien volver a trabajar, y la opción de elegir cuándo quería hacerlo me venía de perlas.
Sin embargo, para cuando hube completado tres semanas, habíamos llegado a mediados de julio y el verano había azotado el sudeste de Inglaterra con saña.
El calor sofocante del día apenas se disipaba durante la noche, y mi patrón de sueño, ya de por sí esporádico, pasó de castaño a oscuro.
Francis me sugirió que fuera a un médico para que me recetara algunos somníferos.
Nunca había tomado nada para ayudarme a dormir, ni para mantenerme despierto, ni nada intermedio.
La idea de atiborrarme a pastillas para ayudar con un fenómeno natural me resultaba ajena pero, tras siete meses de privación, sabía que tenía que intentar algo.
A los pocos días, sus moratones habían remitido y no volví a mencionar el tema.
Sin embargo, noté que su entusiasmo hacia mí había menguado; ¿quizá se estaba conteniendo a propósito?
Nos habíamos reconciliado poco después de nuestro altercado, pero no forcé las cosas.
No me convenía involucrarme con nadie. De todos modos, me parecía más un lío pasajero, parecido a un romance de vacaciones.
Dos personas en el lugar adecuado en el momento adecuado, o en el lugar equivocado en el momento equivocado, según la perspectiva de vida de cada uno.
¿Sentía ella lo mismo, o su visitante había influido?
Durante un día libre, llamé a su puerta y le pregunté si le apetecía ir a tomar un café, o tal vez una copa a la hora del almuerzo. Francis rechazó la invitación sin vacilar. Dijo que tenía que visitar a su madre.
A pesar del desplante, decidí que necesitaba que me diera el aire de todas formas.
Tras otra noche inquieta, sopesé la posibilidad de ir a una farmacia cerca de la estación de metro.
Quizá probar algún remedio sin receta para ayudarme con el sueño.
Mi madre siempre decía que, si la medicina era natural, no te estabas metiendo productos químicos espurios en el cuerpo.
Tener un propósito para ir a algún sitio me hacía sentir mejor al aventurarme a salir.
Sin una meta, inevitablemente acababa en un pub o bebiendo cantidades ingentes de cafeína, solo por hacer algo.
Quizá la combinación de ambas cosas había sido la principal culpable de mi falta de sueño.
Pero, en el fondo, conocía la verdadera razón.
No es que no durmiera nada. De hecho, algunas noches deseaba no haberlo hecho, dadas las espantosas y vívidas pesadillas que me acompañaban.
En lugar de una farmacia, me topé con una de esas tiendas de comida sana.
De esas que había visto anunciadas en la tele.
«Compre uno y llévese otro gratis». «Vitamina esto, vitamina aquello».
Todas las letras del abecedario cubiertas y cualquier otra sustancia que se supone que los humanos debemos generar por nosotros mismos, todo disponible en forma de pastilla.
La dependienta se mostró encantada de ayudar.
Quizá la privación del sueño era su especialidad.
En cuanto mencioné que sufría de insomnio, o de patrones de sueño esporádicos, se le iluminó la cara.
Me señaló varios frascos de cristal, llenos de todos los colores del arcoíris.
Me recordó a cuando estaba en una tienda de chuches de niño, pero en lugar de una sobredosis de azúcar, tenía que elegir algo que me dejara KO.
Ella se decantaba por el magnesio. Tanto que llegué a pensar que tal vez tenía un alijo secreto en algún almacén subterráneo. Imaginé a mi madre sonriendo, sabiendo que yo estaría lleno de dudas y reservas.
La dependienta me convenció con su marca favorita. Dijo que su marido tomaba el mismo producto todas las noches y que llevaba cinco años durmiendo del tirón.
Con mi frasco de cristal de pequeñas pastillas blancas a buen recaudo en el bolsillo, me dirigí al Costa a por otra dosis de cafeína. Siempre podría empezar a recortar mañana.
Por suerte, había una mesa libre fuera. Cogí mi Americano de costumbre y me acomodé para ver pasar el mundo.
Todavía tenía muchas cosas en la cabeza.
Julia aún no se había puesto en contacto conmigo, aunque comprendía que Tracy le habría quitado el móvil de todos modos; la idea de que sufriera una psicosis me había afectado.
¿Cuánto tiempo llevaba enferma y cuál sería el diagnóstico a largo plazo?
Lo que era más importante, ¿tendría que ser «cuidada» por sus hermanas y su madre por toda la eternidad?
Julia no querría eso. De hecho, dudo que pudiera imaginar algo peor.
Necesitaba saber cuánto tiempo estaría bajo su jurisdicción, pero ¿cómo podía averiguarlo?
Amelia se había puesto a la defensiva y me había preguntado por qué tenía tanto interés.
Recurrir a Tracy o a Melissa sería tiempo perdido.
¡Katrina!
Rápidamente, redacté un breve mensaje de texto y le di a enviar. Adrede, lo hice corto, amable y directo al grano. Dejando el móvil sobre la mesa, lo miré con impaciencia, implorando a Katrina que respondiera.
Pensando que podría estar semanas esperando, mi suerte cambió. En cuestión de minutos, respondió. Pero no era lo que yo esperaba.
La tía Julia ya no se queda aquí.
Convencido de que cualquier otra pregunta a Katrina sería inútil, lo intenté directamente con Julia.
No por mensaje, sino llamándola. Como era de esperar, Julia no respondió.
Le dejé un mensaje largo, preguntándole cómo estaba y explicándole lo preocupado que había estado.
Le recordé la última vez que había sabido de ella.
—Dijiste que necesitabas decirme algo y que querías que nos viéramos. ¿Puedes devolverme la llamada, por favor, y decirme qué tenías en mente?
Evité deliberadamente la parte de vernos en el bosque.
Aunque ella había dicho que necesitaba enseñarme algo, por alguna razón lo dudaba.
Ni siquiera me había dicho por qué me había pedido que nos viéramos la última vez.
Además, no quería que me enseñaran nada más en aquel lugar jamás.
En su lugar, sugerí que nos viéramos en Russell Square una vez más.
Tras terminar el mensaje con otra súplica para que me devolviera la llamada, me recosté para terminar mi café, ya casi frío.
Y entonces, por el rabillo del ojo, vi a Francis.
Caminaba apresuradamente por la calle desde nuestro bloque de apartamentos, antes de girar a la derecha en el cruce, alejándose de donde yo estaba sentado. No me había visto en absoluto.
Apartando mi bebida, recogí el teléfono y la seguí.
Tal como esperaba, giró a la izquierda en el siguiente cruce y se dirigió por Earl’s Court Road, a un corto paseo de la estación de metro.
¿Cómo podía seguirla en el metro?
Tal vez podría subirme al siguiente vagón, pero ¿cómo sabría cuándo se bajaba? ¿Dónde había dicho que vivía su madre?
Mientras intentaba pensar en una forma de no perderla de vista, me desconcertó por completo al detenerse frente a la entrada del metro, pero en lugar de girar a la izquierda para entrar, giró a su derecha y esperó para cruzar la concurrida carretera.
Tuve que meterme en el portal de una tienda para evitar que me viera.
Esperando a que el paso de peatones con semáforo pitara, salí de mi escondite temporal y zigzagueé entre los vehículos parados para unirme a Francis en su lado de la calle.
Giró a la izquierda e inmediatamente a la derecha por Hogarth Road, una calle ancha que albergaba una mezcla de pequeñas tiendas y elegantes casas y hoteles.
Afortunadamente, no miró hacia atrás ni una sola vez. No hasta que se detuvo para cruzar la calle.
Subí corriendo unos escalones hacia una enorme puerta roja; me detuve a mitad de camino, me agaché y miré entre los balaustres. Francis pareció mirar directamente hacia mí, pero pronto dio media vuelta, cruzó la calle y continuó con su paso apresurado.
Bajando los escalones con cautela, permanecí en mi lado de la calle. La vía se curvaba ligeramente hacia la izquierda y tuve problemas para mantener el ritmo cuando ella volvió a acelerar el paso. Y entonces, de la nada, subió unos peldaños a su izquierda y desapareció tras unas puertas correderas.
Esperé hasta estar convencido de que estaba fuera de vista y caminé por la calle hasta que pude ver adónde había ido Francis. Las puertas de cristal volvieron a deslizarse sin esfuerzo y una pareja salió del hotel del brazo.
Park Lane Kensington Hotel.
A regañadientes, me di la vuelta para volver a casa. No podía quedarme allí fuera esperando a que saliera. Además, podría estar allí dentro horas, o incluso pasar la noche.
Una vez de vuelta en mi apartamento, abrí la puerta y la empujé. Fue entonces cuando vi la nota en el suelo.
Me he ido a casa de mi madre unos días. Nos vemos cuando vuelva. Siento haber estado un poco gruñona antes. F x.
Más tarde esa noche, mientras estaba sentado en el sofá viendo alguna serie chorra de polis en la tele, oí un ruido en el rellano.
Al principio no le hice caso, pero pronto le siguió el sonido de unas llaves tintineando, justo fuera de mi puerta.
Silencié el televisor, crucé la habitación rápida y silenciosamente y miré por la mirilla.
Y llegué justo a tiempo para ver la forma distorsionada de Francis desaparecer dentro de su propio apartamento.