Capítulo 26
Pasarían dos semanas antes de que volviera a ver a Francis.
Intrigado por saber quién había estado en su apartamento, y quizá también un poco celoso, me quedé en mi salón hasta la madrugada esperando el sonido de su puerta al abrirse.
Pero no oí salir a nadie. De hecho, me quedé dormido.
Lo siguiente que supe fue que Francis me envió un mensaje diciendo que se había marchado temprano a la mañana siguiente para visitar a su madre.
Me dejó con una sensación de inquietud, pero me sentí mucho peor cuando me crucé con nuestra anciana vecina un par de días después.
—¿Se encuentra ya bien su amiga? —preguntó ella, sin un «hola» ni un «buenos días».
—¿Mi amiga?
—La del Apartamento 404. Su vecina. La puerta ante la que estaba usted el otro día. Fingiendo que entregaba vino.
Decidiendo que solo estaba siendo entrometida, además de un poco condescendiente, intenté quitarle importancia con un encogimiento de hombros. Pero ella no había terminado.
—¿No la ha visto, entonces?
—No. Desde hace unos días. ¿Por qué lo pregunta?
La mujer pareció ofendida por mi brusca respuesta y, obviamente, no le gustaba que la gente le hablara así. Noté que se moría por contarme más. La quintaesencia de la vecina cotilla.
—El día después de que usted estuviera merodeando por su...
—No estaba merodeando . Le llevaba vino.
—Como diga. Eso no es asunto mío. En fin, a la mañana siguiente, se marchó muy temprano.
Mientras deliberaba si informarla de que ya lo sabía, ella continuó antes de que yo tuviera oportunidad de decir nada.
—Y se fue con un hombre.
Su información me dejó anonadado por un momento.
—Ah, de acuerdo.
Sintiéndome desolado ante la posibilidad de que Francis tuviera realmente a otro hombre en su vida, me giré para abrir mi puerta con la llave. Mi vecina era obviamente más astuta de lo que le había reconocido inicialmente.
—No, eso no es todo —elevó un poco la voz, captando mi atención—. No creo que fueran pareja, propiamente dicha.
Sonrió para tranquilizarme.
—Porque cuando se fueron, no hablaban. De hecho, parecían furiosos el uno con el otro. En fin, ella estaba tan preocupada por marcharse que no me vio parada en mi puerta. Y fue entonces cuando me fijé.
Ahora tenía toda mi atención. Por la expresión grabada en su rostro, estaba disfrutando de su posición de poder.
Si hubiera tenido el descaro, juro que me habría cobrado por darme más información.
Al darme cuenta de que debía mantener la paciencia, además de la cortesía, esbocé una sonrisa y asentí educadamente para que continuara.
—A que no lo adivina.
—Se me da fatal adivinar. ¿Podría decírmelo, por favor?
—Bueno, cuando se dio la vuelta tras cerrar la puerta, se veía que había estado discutiendo con ese tipo.
—¿Por qué lo dice?
—Porque fue entonces cuando vi que tenía un ojo morado de espanto.
En cuanto escapé de mi vecina, que obviamente quería pasarse horas hablando del incidente, intenté llamar a Francis.
Saltó directamente el contestador, igual que en cada llamada posterior que hice durante las dos semanas siguientes.
Los mensajes de texto quedaban sin entregar.
En un momento dado, consideré llamar a la policía, pero no podía soportar más preguntas.
Además, no haría más que meterme cada vez más en asuntos que no tenían nada que ver conmigo.
Me imaginé al Inspector Jefe Small interrogándome sobre cuánto conocía a Francis, si habíamos tenido relaciones íntimas, y el inevitable efecto dominó si Amelia se enteraba.
Mientras Francis había estado fuera, volví a la agencia inmobiliaria con una copia de mi currículum.
Se me había ocurrido la brillante idea de dar como referencia a mi anterior empleador, la empresa del norte de Londres, alegando que mi exmujer todavía trabajaba en Opacy.
Añadí que estábamos pasando por un difícil acuerdo de divorcio y que eso podría afectar a cualquier referencia futura.
Afortunadamente, mi nuevo jefe, John Brookes, fue totalmente comprensivo y aceptó el contacto que yo prefería.
Me dijo que, de todos modos, aquello no era más que un mero trámite.
Una semana después, me llamó para confirmar que todo estaba en orden y que podía empezar cuando quisiera.
Sonaba perfecto y mucho mejor pagado de lo que esperaba inicialmente.
Obviamente no era a lo que estaba acostumbrado, pero cubriría mi alquiler y algunas de mis facturas.
John había añadido que, si el acuerdo funcionaba, podría hacer horas extra siempre que me viniera bien.
La perspectiva de no tener que tirar de mis ahorros me complació inmensamente.
Todo lo que tenía que hacer era entrar en su página web cada pocos días y elegir qué visitas podía cubrir esa semana. Justo lo que necesitaba.
Cuando me reuní con Amelia la semana siguiente, decidí no mencionar el trabajo.
Hablamos de nombres para el bebé, pero no llegamos a ninguna conclusión.
Cuando ella sacó el tema, llena de entusiasmo, no tuve valor para decirle que me había olvidado por completo.
Mi preocupación por el ojo morado de Francis, el terrible predicamento de Julia y el comienzo de mi nuevo trabajo habían estado a la vanguardia de mis pensamientos.
En su lugar, me inventé nombres en el acto, cada uno de los cuales Amelia descartó con razón por absurdos.
—No has pensado en ello lo más mínimo, ¿verdad? —preguntó después de que yo sugiriera ponerle al niño mi propio nombre. Hasta yo tuve la decencia de ponerme rojo ante mi estúpida idea.
—Lo he hecho, es solo que es difícil.
—Seguro que estás liado con otra mujer, ¿a que sí?
Afortunadamente, mi cara ya parecía un tomate maduro, así que pude ocultar mi turbación tras mi patinazo anterior.
—No sé de qué me hablas, y además me parece bastante ofensivo.
Amelia sonrió.
—Sí, lo que tú digas.
¿Sabía ella algo? Por supuesto que no, sería imposible. Ni siquiera sabía dónde vivía yo.
—Sé todo lo sarcástica que quieras, Amelia, pero no tengo nada que ocultar. ¿Y tú? ¿Has conocido a alguien más?
La pregunta brotó de mi boca antes de que tuviera oportunidad de frenarla. A mitad de la frase, supe que había cometido un error. Ella respondió con los dientes apretados.
—Estoy esperando un hijo nuestro, idiota. He estado sufriendo náuseas matutinas y Dios sabe qué más. ¿Qué tiempo voy a tener para nadie más? Además... —se recostó, dándose la oportunidad de recuperar el control—, estamos casados, Matthew. Quizá quieras recordarlo, porque yo no lo olvidaré nunca.
Me sorprendió lo mucho que me afectaron sus palabras.
Pidiendo disculpas, sugerí que diéramos por terminada la reunión. No había ido bien, y tenía que admitir que era culpa mía. Nos despedimos con el habitual beso al aire. La culpa me carcomía mientras ella se alejaba con la cabeza baja.
Después de un día entero enseñando apartamentos del oeste de Londres a clientes potenciales, finalmente regresé al mío.
Hacía exactamente dos semanas que había oído a Francis y a su «amigo» al otro lado de su puerta.
Mientras buscaba a tientas la llave de mi puerta, se abrió la de Francis.
Ella echó un vistazo y de inmediato intentó retirarse al interior.
Pero tropezó, y yo fui rápido, y llegué antes de que pudiera encerrarse.
—Déjame en paz, Matt —protestó ella, mirando mi pie encajado en el umbral—. Solo necesito estar sola un tiempo.
Pero Francis no me conocía tan bien y no comprendía todo por lo que yo había pasado.
Ya estaba harto de sandeces y de que me dieran largas.
Aunque sabía que estaba mal, entré por la fuerza en su apartamento antes de cerrar la puerta tras nosotros.
Francis no opuso resistencia. En su lugar, levantó el rostro a regañadientes.
Mirándole el ojo, necesitaba saber si nuestra cotilla vecina estaba en lo cierto.
Aunque el hematoma considerable había bajado y Francis llevaba mucho maquillaje, pude distinguir cierto tono amarillento bajo la cuenca del ojo. Se extendía un par de centímetros por el pómulo.
—¿Qué es eso?
Instintivamente, intentó cubrírselo con la mano, dándose la vuelta al mismo tiempo.
—No es nada. Y no es asunto tuyo.
—Francis —la agarré del brazo, apartándole la mano—. Si alguien te ha pegado, quiero saberlo.
—Me caí —dijo ella—. Tropecé y me golpeé la cara contra el borde de la encimera. Señaló con la cabeza hacia la esquina ofensora de su cocina.
—Pero oí la voz de un hombre aquí dentro. Hace dos semanas. Parecía que estabais discutiendo.
Francis se rió. Una risa sarcástica. Se serenó, confiada en su versión de los hechos.
—Eres todo un Sherlock Holmes, ¿verdad, Matthew Walker? —respondió con sarcasmo.
—¿Quién era, Francis? Si estás viendo a alguien...
Ella dio un paso hacia mí.
Involuntariamente, di un paso atrás. Había hecho demasiadas preguntas y la había molestado. Lo último que necesitaba era verme enredado con una mujer con pareja, especialmente si él tenía tendencia a la violencia.
—Ya te he dicho que me caí. Ese hombre que oíste es un amigo de mi madre. Vive cerca de ella. Y cada vez que voy a verla, mete las narices y me dice que no la visito con suficiente frecuencia. Ha venido por aquí un par de veces. Siempre diciendo lo que debería o no...
—Nunca lo había visto.
No sabía si me estaba diciendo la verdad. De nuevo, como tantas otras cosas en mi vida, sonaba perfectamente plausible y, sin embargo, de algún modo defectuoso.
—¿Quizá porque bebes demasiado whisky por las noches y, en consecuencia, duermes hasta la hora de comer todos los días? Si no tengo visitas entre el mediodía y las cinco, corres el riesgo constante de perderte toda la diversión.
Francis se rió. Esa misma risa de cuando la conocí. Un poco demasiado nerviosa para parecer genuina.
Yo no era ningún experto en comportamiento humano; sin embargo, había llegado al punto en el que no me creería que el cartero traía una carta para mí hasta que leyera la dirección en el sobre.