Madre (La familia 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

Un par de semanas después de la alocada llamada de Julia, me aventuré a ir a Kensington High Street, a unos treinta minutos a pie de mi apartamento.

Había intentado devolverle la llamada varias veces desde entonces, pero no me lo había cogido.

Sin embargo, me envió dos mensajes de texto, ambos informándome de que se pondría en contacto conmigo pronto.

«Cuando sea el momento adecuado», había añadido de forma inquietante.

Si no hubiese sonado tan asustada, tanto en la llamada como cuando la vi en Russell Square, creo que le habría dicho que no me interesaba.

Ya estaba harto de esa familia. Solo Amelia parecía remotamente normal.

Pero desde el arresto de Graham, todo el comportamiento de Julia se había vuelto irracional, tanto física como mentalmente.

¿Había malinterpretado yo su situación? ¿Realmente lo echaba de menos?

¿Echaba de menos su «control»? ¿Acaso Graham la había mantenido entera todos estos años?

Me preocupaba que pudiera estar al borde de algún tipo de crisis nerviosa.

También percibía una corriente de fondo, no solo con Julia, sino con los acontecimientos que se sucedían a mi alrededor.

Durante un paseo de media hora, Google Maps me dirigió por unas preciosas callejuelas del oeste de Londres hacia Hogarth Road, antes de cruzar la bulliciosa Cromwell Road para entrar en Marloes Road.

Nunca se me había dado bien fechar propiedades, pero las casas que flanqueaban ambos lados de las elegantes calles parecían victorianas.

¿O podrían ser eduardianas? No me importaba, simplemente admiraba su estilo.

Edificios altos de cuatro o cinco plantas, con ventanales en voladizo, la mayoría pintados de un blanco resplandeciente.

Algunos tenían entradas con pilares y muchos contaban con vallas de hierro forjado negro, con escalones entre ellos que bajaban a los sótanos.

A mitad de Marloes Road, divisé un pub a mi izquierda.

The Devonshire Arms. Parecía de lo más acogedor, especialmente la terraza delantera, rodeada de jardineras llenas de flores bonitas y coloridas.

Cuatro enormes sombrillas protegían la zona de mesas del sol, que había vuelto a salir en los últimos días.

Tomando nota mentalmente, continué hacia mi destino original.

En la barbería no había apenas gente, para mi sorpresa, y me ofrecieron uno de los grandes sillones rojos antes de que pudiera sentarme en la sala de espera.

Veinte minutos después, la transformación me dejó pasmado.

Mi barba había desaparecido —afeitado al ras con una de esas navajas de barbero que siempre me daban un miedo de muerte— y me habían cortado un par de centímetros de pelo.

Al salir, me sentía fresco y más parecido a mi antiguo yo.

Con energías renovadas, The Devonshire Arms me pareció aún más atrayente en mi camino de vuelta.

El sol estaba ahora en lo alto y calentaba de lo lindo.

La sombra de una sombrilla y una cerveza fría casi me empujaron hacia dentro, como si alguien hubiera puesto un imán gigante en la puerta y me estuviera arrastrando.

Desde luego, no me hizo falta que me lo dijeran dos veces.

Sin embargo, al cruzar la calle, esa horrible sensación de ser observado amenazó con abrumarme de nuevo.

Deteniéndome en el umbral, me di la vuelta.

Unos pocos peatones caminaban por la calle principal, pero nadie actuaba de forma sospechosa.

Un taxi negro, perseguido por una furgoneta blanca, pasó zumbando.

Todo era normal y como cabía esperar. Escudriñar las ventanas de las casas y pisos cercanos era inútil; la mayoría reflejaban la luz brillante, haciendo que fuese imposible ver el interior.

—¿Vas a entrar o a salir, colega?

—Oh, perdón —dije a una pareja que se había acercado por detrás e intentaba entrar en el pub.

Con una última mirada calle arriba y calle abajo, los seguí al interior.

Una vez pedida mi pinta, salí a la terraza. Por suerte, quedaba libre una de las cuatro mesas. Me apoderé de ella antes de que nadie más tuviera la oportunidad y me acomodé para disfrutar de mi cerveza.

Unos diez minutos después, me la había terminado, le había cogido el gusto y me moría por otra.

La terraza se había llenado, incluso en el poco tiempo que me había llevado beberme la primera pinta.

Maldiciendo por no haber traído un jersey o una chaqueta para marcar que la mesa estaba ocupada, busqué la mirada de una chica sentada en el banco de al lado.

—¿Puedes reservarme el sitio, por favor? Voy a la barra y no quiero perderlo.

—Claro —dijo ella sonriendo. No pude evitar fijarme en lo guapa que era, aunque me sacara por lo menos quince años.

Asentí en señal de agradecimiento y me sorprendí a mí mismo sonriendo mientras volvía a entrar.

«¿Es que no hay ninguna mujer que no te parezca atractiva?», oí susurrar a Lisa en mi oído. Una nueva oleada de desánimo me invadió.

No solo la terraza se había llenado en los últimos quince minutos, sino que el interior también estaba cada vez más concurrido.

Los cuatro miembros del personal estaban sirviendo y al menos dos parejas más esperaban su turno para pedir bebidas.

Intentando ver hacia fuera, esperaba que la chica guapa cumpliera su palabra y me guardara la mesa.

Justo cuando avancé poco a poco hacia el frente, ella apareció a mi lado.

—Ah, hola —dije—. Enseguida sustituí el sentimiento inicial de decepción por haber perdido mi sitio por la posibilidad de que ella hubiera entrado en realidad para buscarme.

—Hola. Te lo estás tomando con calma —se rió—. Una risa amistosa y contagiosa.

—Ya. Está la cosa bastante animada aquí dentro.

En lugar de seguir la conversación, se pegó a mí y agitó su móvil hacia un camarero para que la atendieran.

—Esto... voy yo —dije, repentinamente molesto con la chica que, hacía apenas unos segundos, pensaba que podía estar flirteando conmigo.

—Ya —dijo ella, girando un poco la cabeza—. Lo sé. Solo intento llamar su atención. Si no, estarás aquí todo el día.

Esa risa otra vez. Me sentía confundido.

—¿Pero qué pasa con mi mesa?

—Ah, sí. Tu amiga te la está guardando. Quiere un gin-tonic, por favor. Con mucho hielo.

Miré a la chica guapa con suspicacia. ¿Me estaba tomando el pelo?

—Él va ahora —le dijo al camarero. Ni siquiera me había dado cuenta de que se nos había acercado.

—¿Dime, colega?

—Esto... una pinta de Pride y un gin-tonic, por favor.

—Mucho hielo en la ginebra —añadió la chica guapa, riendo por lo bajo—. Te olvidarías hasta la cabeza, de verdad —dijo, dándome un codazo.

—Sí. Quizá tengas razón.

—Francis. Qué sorpresa tan agradable.

Si no había sonado sincero, era porque no lo sentía. ¿Cómo sabía dónde iba a estar yo? ¿Y había sido ella quien me había estado observando cuando entré en el pub?

—Hola, tú —respondió ella, cogiendo su bebida—. Esto tiene muy buena pinta. Y qué pub más genial has encontrado. Ni siquiera sabía que existía...

—¿Me has seguido?

Francis pareció desconcertada, incluso dolida.

—¿Seguirte? No, no lo he hecho. Y no me gusta que me acusen de eso.

La chica guapa había vuelto, llevando una bandeja con cuatro cervezas lager heladas. Miró a Francis y luego a mí. Me guiñó un ojo.

«Vaya una coqueta», pensé, pero aun así me hizo sentir momentáneamente bien conmigo mismo de nuevo.

Francis debió de notar el guiño también.

—¿Amiga tuya?

Rápidamente, me senté lo más cerca posible de la chica, desplazando a Francis con el trasero. Al menos Francis tendría que mirar a través de mí para verla en la mesa de al lado.

—Me ha guardado el sitio, eso es todo. Bueno, hasta que apareciste tú, claro.

Afortunadamente, el estruendo de las charlas ahogaba nuestra conversación ante cualquier oído indiscreto.

—Es lo bastante joven como para ser tu hija.

Francis sonrió con sarcasmo, frunció los labios y sorbió como una niña de la pajita que asomaba por la parte superior de su bebida.

El líquido transparente de su vaso bajó.

Siguiendo su ejemplo, di un trago enorme a mi cerveza.

Quería reconducir la conversación hacia un cauce más amable, pero fracasé estrepitosamente.

—¿Cómo sabías que estaría aquí? No es que estemos cerca de casa.

Respondió dejando caer la pajita que había estado sujetando entre los dientes.

—No lo sabía. Fui a la librería de Kensington High Street y volví por aquí.

Es la ruta más rápida. Entonces te vi levantarte en esta terraza e ir hacia dentro.

Supuse que ibas a por otra cerveza. Así que me acerqué y me senté.

Señaló con la cabeza a la chica guapa que estaba detrás de mí—.

Tu nueva novia dijo que estaba ocupado, y fue entonces cuando le dije que te buscara y te dijera que quería un gin-tonic.

¿Me había seguido o no? Su versión sonaba plausible, pero me había topado con tantas mentiras durante el último año que ya no sabía distinguir la verdad de la patraña.

—En fin —continuó—, deja que te eche un vistazo.

Sin estar seguro de qué quería decir, me giré hacia ella.

—Mmm, pues muy bien también. Me puso las manos en las mejillas y me giró la cabeza de un lado a otro—. Me gustaba tu barba, pero pareces más joven sin ella. Y tu pelo...

Francis también podía ser muy coqueta.

Nos quedamos en The Devonshire Arms otras dos horas, o más concretamente, otras cuatro copas.

En un momento dado, Francis cruzó la calle corriendo a un pequeño colmado y compró veinte cigarrillos.

Hacía años que no fumaba, pero la combinación de alcohol y su insistencia en que me fumara uno hizo que no pudiera negarme.

La nicotina hizo que todo mi cuerpo, y mi mente, se relajaran.

Para cuando llegamos a casa, se me había olvidado por completo lo de que me siguieran, me acosaran o como quiera que intentara etiquetarlo.

Francis pidió comida para llevar y nos sentamos a escuchar música. Seguimos bebiendo y nos fumamos el resto de los cigarrillos. Debía de ser cerca de medianoche cuando finalmente nos quedamos roques en la cama.

Y durante todo el tiempo que habíamos estado comiendo, charlando, bebiendo y fumando, se me había pasado por alto el mensaje de texto en mi móvil.

A la mañana siguiente, con los ojos nublados por la resaca, eché mano al móvil que tenía en el bolsillo para ver la hora.

Un mensaje.

Enviado la noche anterior a las ocho y veinticuatro.

De Katrina.

He visto a tu amiga. No está bien.