Capítulo 19
—Oh, hola.
Francis no parecía excesivamente impresionada por mi visita improvisada.
Extendiendo un ramo de flores que le había comprado a un puesto callejero un poco más allá, en esa misma calle, puse mi sonrisa más amigable.
Aunque el whisky me había dado un chute de confianza, sabía que era posible que apestase como un alcohólico en rehabilitación que acababa de recaer.
—Son para ti. Es mi forma de pedirte perdón. Ya sabes, por si me he mostrado un poco, bueno, gruñón de más hace un rato.
Tras coger las flores, me recorrió con la mirada de arriba abajo, como juzgando si era apto para entrar en su casa.
La sonrisa regresó, marcando aún más sus hoyuelos.
Como si hubieran accionado un interruptor, Francis se transformó en la persona que había conocido a principios de semana: alegre, amable y acogedora.
—Pasa, pasa —desapareció en el interior.
—Solo si no te viene mal —le grité mientras entraba en su inmaculado apartamento. Más tarde descubrí que Francis prefería «apartamento» a «piso». Pensaba que sonaba más distinguido y menos a bloque de viviendas. Francis podía llegar a ser bastante esnob.
—Ven aquí. Estoy en la cocina.
—Qué sitio más bonito —comenté con sinceridad mientras admiraba su gusto impecable en muebles y accesorios.
El salón daba una sensación de amplitud, a pesar de no ser más grande que el mío.
Un sofá de cuero en forma de L estaba pegado a dos paredes, dejando el resto de la estancia libre de trastos.
Pese a la mesa de centro rectangular en medio y un televisor de tamaño modesto colgado en la pared, la ausencia de muebles voluminosos permitía moverse con mucha más facilidad.
Una enorme alfombra multicolor cubría el suelo laminado, dándole a toda la zona un aspecto de opulencia.
Pero el salón no era nada comparado con la cocina.
La isla en el centro destacaba de forma prominente, con elegantes taburetes de cromo y cuero recogidos pulcramente debajo.
Las encimeras de granito negro azabache quedaban realzadas por unos muebles de color marfil que parecían igual de caros.
Electrodomésticos de gama alta completaban la escena, junto a uno de esos frigoríficos americanos de dos puertas.
Daba la impresión de que una familia de cuatro personas podría vivir allí cómodamente.
La disposición hacía que Francis pareciera un poco perdida, plantada al otro lado de la isla.
Estaba de espaldas a mí, colocando las flores en un jarrón.
—¿Qué has dicho? —preguntó, sin dejar su tarea.
—He dicho que es un sitio precioso. Está impecable. Hace que el mío parezca un poco destartalado.
Quizá mi presunción inicial era acertada.
Perfectamente podría haber estado preocupada por mi aspecto.
¿Cumplía yo con los criterios de la clientela a la que permitiría entrar en su piso piloto?
Por fin se dio la vuelta; las flores tenían un aspecto mucho más lozano que cuando estaban envueltas en el celofán barato.
—Gracias —colocó el jarrón en el centro de la isla—. Estoy segura de que podremos trabajar en el tuyo también. Con el tiempo.
¿Podremos?
Forzando una sonrisa, me sentí un tanto fuera de mi zona de confort.
—¿Algo de beber?
—Ehm, sí, por favor. Lo que tú tomes.
—¿Te va bien vino?
Francis se agachó y sacó una botella de tinto de su lado de la isla.
Retiró el corcho sin esfuerzo con un «pop».
Alargando el brazo por encima de su cabeza, deslizó dos copas grandes de un soporte y las puso frente a nosotros.
Llenó ambas hasta la mitad, recogió las bebidas y me hizo una seña para que la siguiera al salón.
Con el brazo extendido, me indicó dónde debía sentarme. Dejó mi vino en una mesita oculta tras el extremo del sofá y se sentó enfrente. Finalmente, Francis encogió las piernas bajo el cuerpo mientras sostenía su vino.
Todo resultaba muy formal, especialmente comparado con vivir en casa de Lisa. Yo estaba acostumbrado a dejar vasos vacíos y botellas de cerveza por la alfombra.
—Salud —dijo, alzando su copa.
Asintiendo, cogí la mía y le di un trago enorme.
Acto seguido, observé con horror cómo Francis daba el sorbo más minúsculo a cambio.
Dejó su copa en la mesa que quedaba entre nosotros.
Avergonzado, dejé la mía también, a pesar de la abrumadora sensación de querer bebérmela de un trago y pedir que me la rellenara.
Me había fijado en que Francis no había soltado esa risita incómoda de cuando nos conocimos. Quizá después de todo solo habían sido nervios. ¿Se sentiría más segura en territorio propio?
—¿Cómo está tu madre?
Francis parecía no entender a qué me refería.
—Digo el otro día. ¿No ibas a ir a visitarla?
Esta vez se rió.
—Ah, como siempre. Aburridísimo. Pero ya me lo he quitado de encima por un tiempo.
Francis volvió a reírse antes de recuperar su vino. Dio un trago más largo. No necesité que me lo dijeran dos veces para seguir su ejemplo.
—Venga, cuéntame más cosas sobre ti, Matt.
Sintiendo que me ponía rojo, di otro trago para recomponerme. Antes de darme cuenta, había vaciado la copa. Me quedé aferrado a ella con incomodidad.
—¿Otra? —preguntó Francis, levantándose del sofá de un salto y trotando en broma hacia la cocina.
—Perdona, no pretendía engullirlo tan...
—Tonterías —dijo ella, regresando con la botella. Cogió mi copa y la rellenó. Al ponerme una cantidad más generosa, supuse que se estaría preguntando si tenía un problema serio con la bebida—. Para eso está, ¿no? —añadió, volviendo a sentarse. Mientras estaba de espaldas, yo di otro trago rápido.
—Bueno, tengo treinta y ocho años. Trabajo cerca de Covent Garden para una empresa de gestión de propiedades —mentí—, y...
—¿Entonces no estabas trabajando el jueves pasado, cuando viniste a ver tu piso?
Ruborizándome de nuevo, le di otro trago al vino.
—Vale, trabajaba cerca de Covent Garden para una empresa de gestión de propiedades. Es una historia un poco larga.
Francis asintió, sonriendo con simpatía.
No tenía sentido mentir. Pronto se enteraría de que yo no salía a trabajar.
—En fin —continué—, estoy casado, pero separado.
—Lo siento —intervino ella.
—No pasa nada, es lo mejor dadas las circunstancias, ¿digámoslo así?
Francis pareció intrigada. Se levantó, se acercó y me rellenó la copa. Esta vez casi hasta el borde. La copa era enorme y debía de haber más de un tercio de botella ahí dentro. Di un trago largo, consciente de no derramar el contenido sobre la cara alfombra que pisaba.
—¿Quieres contarme algo más? —preguntó, volviendo a sentarse y recuperando su bebida—. Hay de sobra de donde ha salido esto.
Sintiendo que el alcohol me relajaba, supe que no debía compartir demasiada información.
Apenas nos acabábamos de conocer y, además, quería hablar de algo diferente con Francis.
El atractivo de ser vecinos bien avenidos me gustaba, mucho más que el de buscar otro saco de boxeo con quien descargar mi ira.
—No hay mucho más que contar —mentí por segunda vez. Sin embargo, al darme cuenta de que cualquier intento de ocultar el inminente parto resultaría casi imposible, las palabras se me trabaron mientras sentía que las mejillas me ardían.
—Bueno, en realidad, esto también tendrás que saberlo. Mi mujer, bueno, exmujer, está esperando un hijo nuestro. Pronto. En septiembre, creo.
—Vaya —dijo ella—. Eso es mucha información de golpe, Matt.
Aunque Francis sonreía, me resultaba difícil calibrar qué pensaba de verdad. ¿Me imaginaba como un marido egoísta que había abandonado a su mujer después de dejarla embarazada? ¿O tal vez que me habían echado por borracho antes incluso de que naciera el niño?
—No es lo que parece —respondí—. Han pasado muchas cosas en mi vida este último año. Muchas más de las que deseo divulgar, ¿si no te importa?
—Oye, no es asunto mío —dijo ella, alzando las palmas de las manos.
Se produjo un silencio incómodo. Para mantenerme ocupado, miré alrededor de la estancia mientras no dejaba de dar sorbitos al vino.
—Un momento —dijo Francis, levantándose. Desapareció en la cocina antes de regresar con una botella nueva. Poniéndola delante de mí, Francis asintió, dándome a entender que me sirviera yo mismo.
Haciendo un esfuerzo consciente por ir más despacio, la cabeza ya había empezado a darme vueltas y me pillé a mí mismo arrastrando alguna que otra palabra. Si bebía mucho más, sabía que podría acabar revelando demasiada información.
—Cuéntame tú sobre ti, entonces —dije, tentado de dejar la copa en la mesa. No por primera vez, Francis pareció cerrarse en banda.
—Oh, ya sabes, no hay mucho que contar.
—Tonterías. ¿Trabajas? ¿De dónde eres? ¿Hijos? ¿Maltratadora de maridos?
Al menos se rió.
—Vale —respondió—. Por orden. No, no trabajo. Soy originaria de Oxford, me mudé a Londres cuando tenía veintiséis años. No tengo hijos y, sí, mi exmarido está enterrado en el bosque.
La copa se me resbaló de la mano, como a cámara lenta. Intenté atraparla dos veces, pero solo conseguí que saliera despedida por el aire, mientras el líquido rojo oscuro se liberaba en múltiples direcciones. Finalmente, aterrizó con un rebote suave sobre la alfombra multicolor.
—Oh, mierda, joder... —grité, poniéndome en pie, pero sin tener ni idea de qué hacer.
Francis saltó de su asiento y corrió a la cocina. Casi de inmediato regresó con un paño húmedo. Se arrodilló y frotó frenéticamente la mancha oscura.
—Lo siento muchísimo, Francis. No sé qué ha pasado. Simplemente se...
—Chis, Matt, chis —dijo, mirándome de reojo—. No pasa nada. Los accidentes ocurren.
Poco después, me excusé para marcharme. Francis me convenció para que dejara de preocuparme por la alfombra. Había quitado la mancha. Si no fuera por el cerco húmedo, no se habría sabido que se había derramado nada.
Hizo una broma diciendo que me enterraría a mí en el bosque si volvía a hacerlo. Una pequeña parte de mí consideró contarle el verdadero motivo por el que casi me da un ataque al corazón, pero me contuve.
Francis se inclinó hacia delante y me dio dos besos en las mejillas mientras yo estaba en el umbral para irme.
—Oh, por cierto —dije—. Ya recuerdo por qué he venido a verte.
Ella guardó silencio.
—Era para darte las gracias por dejarme el otro paquete hoy mismo.
Francis pareció desconcertada.
—Lo siento, Matt, pero no sé de qué me estás hablando.