Capítulo 16
Russell Square no estaba concurrida. De hecho, no recordaba haberla visto nunca especialmente rebosante de actividad.
Unos pocos bancos rodeaban la isleta central del pequeño parque, mientras otros se repartían esporádicamente por la periferia.
Le había dicho a Julia que llegaría sobre las diez y que buscaría un asiento adecuado, lejos de miradas indiscretas. Ella aceptó a regañadientes.
Su llamada me había asustado. Su voz sonaba muy temblorosa. Aunque quería asegurarme de que estuviera bien, su tono me hizo pensar que podía estar cometiendo un error.
—Hola —dije, levantándome para saludarla mientras me quedaba atónito ante su aspecto. Ninguno de los dos sonrió; ya había dado por hecho que no sería un encuentro de abrazos y alegría.
—Hola —respondió ella, manteniendo la voz baja. Julia miró nerviosa por encima del hombro antes de sentarse conmigo en el banco, no muy convencida.
Intenté recordar la última vez que la había visto.
Había sido cuando me confesó que estaba casada con Graham.
Ella era la experta en genealogía, y la familia se había aprovechado de sus habilidades, especialmente su marido.
Casi había admitido que él la amenazaba.
Julia negaba saber nada sobre cómo la familia Reid utilizaba los árboles genealógicos para manipular a la gente.
Graham le pedía, o le ordenaba, que encontrara a la siguiente víctima, alguien con dinero, o que al menos estuviera a punto de heredar una fortuna.
Ella buscaba la información y se la entregaba a ciegas. Era casi perfecto.
—¿Te han seguido? —preguntó.
Sus ojos iban de un lado a otro, sus manos no paraban quietas: pasaban de descansar sobre sus muslos a colocarse el flequillo y luego a retirarse el pelo detrás de las orejas.
¿Y qué le había pasado en el pelo? Antes lo llevaba por los hombros, rubio y liso.
Pero ahora se veía descuidado y grasiento, como si no se lo hubiera lavado en días.
Llevaba la misma rebeca holgada de la última vez que la vi y, como en aquella ocasión, no dejaba de apretársela contra el pecho. En cuanto la soltaba, volvía a abrirse.
Sus vaqueros estaban sucios, sobre todo por la zona de los muslos, seguramente de tanto frotarse las manos por encima.
Fue entonces cuando me fijé en sus uñas.
No tanto por la suciedad que había debajo, sino por las cutículas.
En carne viva y gruesas por la sangre cuajada.
Como si lo hubiera hecho aposta, Julia se mordió una en la mano izquierda.
Se oyó un chasquido horrible de sus dientes mientras intentaba agarrar el pellejo suelto entre ellos.
—¿Seguido a dónde, Julia? ¿Aquí, ahora?
Aparte del hecho de morderse las uñas, Julia por fin se quedó quieta; su mano libre ahora formaba un puño sobre su muslo, con el blanco de sus nudillos huesudos sobresaliendo.
Tenía un aspecto deplorable, sus rasgos cadavéricos se exageraban bajo la cruda realidad de un sol sin nubes.
Tenía la piel traslúcida, como si no hubiera salido de casa en semanas.
Las venas azules resaltaban en el dorso de sus manos, como ríos atrapados bajo la piel, serpenteando hasta el nacimiento de los dedos antes de desaparecer a más profundidad.
—¿Está en la cárcel entonces? ¿O en la comisaría? No me digas que se ha fugado.
Haciendo un esfuerzo por seguirla, me di cuenta de a quién se refería.
—¿Te refieres a Graham?
—Sí, sí. Claro, a Graham.
Resistiendo la tentación de tomar sus manos entre las mías, respiré hondo, sabiendo que tenía que mantener la calma. Parecía que pudiera levantarse y salir huyendo ante el más mínimo indicio de preocupación.
—No. No se ha escapado. Está a la espera de juicio. La policía me ha dicho que lo ha confesado todo.
—Oh, mierda, no.
Se levantó y recorrió el ancho del camino, de un lado a otro, tres o cuatro veces, antes de volver a sentarse.
—¿No son buenas noticias?
Giró la cabeza bruscamente hacia un lado, clavando sus ojos en los míos. Parecía fuera de control, casi fuera de sí.
—¿Y no se ha puesto en contacto contigo? —preguntó.
—¿Conmigo? ¿Por qué? ¿Cómo? No estás diciendo cosas coherentes.
—Se va a escapar. Sé que lo hará.
Julia intentaba frenéticamente arrancar cualquier piel suelta de cada dedo. Habría resultado cómico de no haber sido tan malditamente aterrador.
Alargando el brazo, le puse la mano en el hombro. Soltó un chillido, dio un salto desde el banco y dio un paso adelante hasta quedarse sobre el césped.
—Escucha, por favor —supliqué—. No se va a escapar, y nunca va a salir para encontrarnos a ninguno de nosotros. Lo ha admitido, Julia. El asunto se ha acabado.
Julia asintió antes de repetir su ahora irritante rutina de caminar hasta el banco y volver al borde del camino.
—Por favor, siéntate. Estás llamando la atención.
Sin saber si realmente estaba llamando la atención o no, fue lo único que se me ocurrió para evitar que me hiciera gritar. Afortunadamente, se sentó y, en su lugar, volvió a juguetear con su pelo, lo que le dio tiempo para asimilarlo todo, y su respiración acabó por regularse.
Una vez que se hubo calmado, le di la noticia de que Amelia estaba embarazada. Julia se mostró indiferente. Tal fue su falta de reacción que le pregunté si ya lo sabía. Quizá por eso lo había confesado, para ver si había tenido contacto con la familia. Ella negó saber nada.
—Ya no hablo con ninguno de ellos. La última vez que Tracy llamó, le dije que sería su última visita. Le dije que dejaba la genealogía y que no quería volver a tener contacto.
—¿Cuándo fue eso? —pregunté, intrigado.
—No lo sé. La semana pasada. El mes pasado. No estoy segura. Ya no salgo a la calle.
—¿Seguro que estás bien? ¿Estás comiendo?
Su rebeca volvió a abrirse. Parecía desesperadamente delgada. La noche que la conocí en el hotel, Julia tenía un ligero sobrepeso. Me había dicho que necesitaba hacer más ejercicio, salir más y empezar a caminar. Dudaba que lo hubiera hecho alguna vez. Pero ahora, había perdido mucho peso.
—Sí, sí, como. Suenas como ellos.
—¿Como quiénes?
—Como ellos. Todos los demás. —Se levantó sin previo aviso—. Por eso estás aquí, ¿verdad? Te han enviado ellos.
Miré a mi alrededor. Por suerte, el parque estaba casi vacío. Le hice un gesto para que volviera a sentarse.
—Tú me invitaste a mí. No al revés.
Los ojos de Julia pasaron de los míos a sus uñas. Permanecimos en silencio varios instantes más.
—¿Así que vas a ser padre?
La vuelta al tema de hacía unos minutos me pilló por sorpresa.
—Sí. Sí, lo voy a ser. Da miedo, ¿verdad?
Finalmente, logró esbozar una sonrisa irónica.
—No estarás pensando en volver, ¿verdad?
—Ni hablar. No podría, ahora no.
—¿Ahora no? ¿O sea que habías estado pensando en ello?
—En realidad no. Han pasado demasiadas...
Julia me agarró las manos, deteniéndome a mitad de la frase.
—Matthew, no puedes. No debes. Están locos. Chiflados. Pero Amelia ha sido amable conmigo.
—¿Te has visto con ella?
El sobresalto en la voz de Julia me asustó. Sentía sus manos temblando entre las mías.
—Claro. Tenía que decirme lo del embarazo. Luego tuvimos que hablar de dinero. No es tan sencillo como cortar por lo sano.
Seguía sujetándome las manos, apretando más fuerte, con sus huesos amenazando con atravesarle la piel.
—Debes darme tu palabra de que no volverás jamás, incluso si declaran a Graham culpable y lo encierran para siempre. No son de fiar. Mira a Ryan.
Los recuerdos de la fosa poco profunda en el bosque regresaron de golpe. Katrina y su cruz hecha a mano, dos ramitas sujetas con hebras de lana verde. Su padre. El marido de Tracy. Julia continuó.
—¿Por qué crees que huyó? ¿De qué huía?
—Julia. Está bien. No voy a volver. ¿Vale?
Me arrepentía de haber intentado contactar con ella.
Se hizo el silencio una vez más. Una ardilla corrió por el césped recién cortado, afanándose en buscar cualquier resto de comida que el público pudiera haber dejado.
Una pareja de ancianos pasó por delante; el hombre asintió brevemente con la cabeza en señal de saludo.
En cuanto estuvieron fuera del alcance del oído, le hice otra pregunta a Julia.
Algo de lo que esperaba que ella no supiera la respuesta.
—Hay una cosa más.
Me miró como si estuviera al borde del colapso, incapaz de aguantar mucho más.
—Hay un tipo que ha estado en el pub de mi barrio. Creo que me ha localizado a propósito. Dice que conoce a la familia. Pelo canoso, de sesenta y tantos largos. Un tipo bien parecido. ¿Sabes de alguien?
Julia dejó de mirarme y, en su lugar, clavó la vista al frente. ¿Me había escuchado siquiera?
—Eres como yo, Matthew. Te estás volviendo loco con todo esto.
Una vez más, se mordió las uñas. Arrastrándose hasta el borde del banco, dejó claras sus intenciones.
—Seguro que te imaginas que te siguen —continuó, atropellando las palabras—. Es normal. Yo tengo la misma sensación. Y lo siento, no conozco a nadie más. Sea quien sea esa persona que conociste en un pub.
El estado de ánimo de Julia cambió y de repente pareció desinteresada, aburrida y ansiosa por marcharse.
—Vale. Solo quería preguntar.
Se levantó, mirando a su alrededor, lista para irse. Empecé a molestarme.
—Entonces, ¿por qué pediste quedar conmigo hoy? No lo has dicho.
Sus ojos giraron hacia arriba, hasta que el blanco casi llenó sus cuencas. Pensé que se iba a desmayar. Una ligera mueca se extendió por su boca, con los labios temblándole en ambos extremos.
Y tan rápido como empezó, salió de su trance y se alejó caminando. Al menos se giró, como para apaciguarme.
—¿Cómo se llama? —preguntó, totalmente ajena a que acababa de darme un susto de muerte.
Intentando recomponerme, mantuve la vista fija en ella.
—¿Quién?
Julia chascó la lengua con indiferencia.
—¿Ese tipo del pub?
—Ah. Dijo que se llama Patrick. Es todo lo que sé.
Ya no tenía interés y también quería marcharme. De pie, la observé mientras negaba con la cabeza.
—Ese nombre no me dice nada. Lo siento.
Supe al instante que estaba mintiendo.