Capítulo 13
—Vaya. Tienes una cara espantosa. ¿Qué te pasa?
«Espantosa» era lo más parecido a un insulto que recordaba haberle oído decir a Amelia.
Lo más importante era que no me había pasado desapercibido que su principal preocupación fuera mi salud.
Parecía genuinamente preocupada. Me palpitaba la cabeza y un hilo de sudor gélido me recorría la columna. ¿Acaso me estaba poniendo enfermo?
Estábamos en la cafetería, tres semanas después de que ella me confirmara la noticia.
Era el primero de nuestros encuentros acordados para mantener el contacto durante el embarazo.
El terreno neutral me venía bien, y sentía un interés real por el periodo de gestación de Amelia. ¿Quién no lo tendría?
—Nada. Últimamente me he sentido un poco regular, eso es todo. La falta de sueño y demás.
No se alejaba mucho de la realidad. Mi sueño se había vuelto más errático desde que la perspectiva de convertirme en padre por fin empezaba a calar, pero ese no era el quid de la cuestión.
—¿Es que no estás cómodo en casa de Lisa?
Aunque el contenido de su réplica podría haberse interpretado como sarcástico, Amelia ya no parecía mostrar la misma virulencia respecto a que yo viviera allí. No podía saber que Lisa se había marchado, y yo no había mencionado que la casa estaba a la venta. Aun así, la tranquilicé.
—Bueno, si tanto te interesa saberlo, Lisa ha puesto su casa a la venta. Supongo que se ha ido a quedar con unos amigos hasta que se venda. Te alegrará saber que ya no estoy con esa fresca, como tú la llamaste tan elocuentemente la otra vez.
Amelia abrió la boca para responder, pero yo aún no había terminado.
—Voy a buscarme un piso para mí solo. Solo necesitaba que llegara el dinero y decidir a dónde ir después. ¿Contenta ahora?
Aunque era difícil leer su expresión, parecía contener una mezcla de alivio y pesar.
—Sabes que eres más que bienvenido a...
—Ya hemos pasado por esto, Amelia. No estoy preparado para eso todavía. Necesito mi espacio. Durante un tiempo.
La posibilidad de que no descartara por completo volver pareció apaciguar a Amelia.
Parecía aferrarse a ese «todavía» y me dedicó una breve sonrisa, un rayo de esperanza de que no todo estaba perdido.
No la saqué de su error. Sus ojos permanecieron fijos en los míos, leyendo mis pensamientos.
Tras unos instantes, cambió de tema, pues era evidente que mi aspecto seguía preocupándola.
—¿Seguro que estás bien, Matt? Tienes muy mala cara. De hecho, todos pensamos lo mismo cuando viniste el otro día. Te fuiste con tantas prisas, como si...
Dejó la frase en el aire. No quise añadir nada, a pesar de que ella esperaba a que yo rellenara los huecos. Cuando se dio cuenta de que no iba a responder, alargó la mano y me cogió las dos mías entre las suyas.
Sin saber muy bien por qué, no hice ademán de quitarlas. Se sentía bien, quizá demasiado bien.
Permanecimos en silencio unos breves instantes, ambos perdidos en nuestros propios mundos, pero sin duda albergando pensamientos similares.
¿Qué podría haber sido y cómo se había torcido todo tanto?
Finalmente, retiré las manos y bebí un sorbo de café, intentando desesperadamente pensar en algo que decir.
—¿Cuándo se empieza a notar? —pregunté, señalando con la cabeza hacia su vientre. Amelia se rió. Siempre le había parecido que mi ingenuidad en esos temas era una distracción dulce e inocente.
—Entre las dieciséis y las veinte semanas, según Tracy.
La dichosa Tracy otra vez.
—Aunque puede pasar un poco más de tiempo hasta que la barriga sea muy evidente.
Llevaba una sudadera ancha. Llevaba la misma prenda cuando estuve en la casa semanas antes. Era imposible saber si había crecido algo.
—Vale.
Se produjo más silencio, aunque pronto resultó evidente que Amelia tenía algo en mente.
—¿Qué pasa? Puedes decírmelo.
Amelia se acomodó en el asiento y ganó algo de tiempo dando unos sorbos al café.
—El caso es que, Matt, tú has visto nuestra casa. Bueno, tu casa también, si vuelves.
—Continúa —respondí, ignorando la invitación pero temiendo hacia dónde se encaminaba la conversación.
Mi mente retrocedió al momento en que utilizó nuestro dinero común para comprarle una cocina nueva a su madre y un coche nuevo a Graham.
Habían sido regalos de Navidad de parte de los dos, a modo de agradecimiento por toda su ayuda. Qué ironía.
—La casa tiene humedades, como bien sabes.
Lo sabía.
—Aparte de la cocina y el salón... es imposible mantener el lugar caliente. —Me miró a los ojos mientras apoyaba las manos en el vientre—. ¿Quieres que tu hijo se críe en un entorno así?
Era buena, inteligente y manipuladora.
—Ni hablar de que te quedes con todo el dinero. Yo no puedo sobrevivir con...
Amelia alargó la mano y me agarró la mía por segunda vez.
—No te estoy pidiendo todo el dinero, tonto. Solo digo que no es un lugar para criar a un bebé en su estado actual.
—¿Y por qué no te compras un piso con tu parte?
Al darme cuenta de lo estúpida que era la pregunta, levanté una mano admitiéndolo. Separarla de Melissa y de Tracy equivaldría a que alguien le arrebatara a su hijo.
—Perdona. Entonces, ¿de cuánto estamos hablando?
Amelia sacó un trozo de papel de su bolso. Tiré del cuello de mi camiseta, dándole de sí. Sentía los dedos húmedos y fríos contra la piel.
Desdobló la nota con cuidado antes de girarla sobre la mesa y explicarme sus cálculos. Pasados unos instantes, desconecté de sus razonamientos y mis ojos se desplazaron a la cifra rodeada con un círculo al pie de la página.
—¿Es eso? —pregunté, señalando.
Ella miró por encima de mi hombro, como si alguien pudiera estar interesado en nuestra conversación.
—¿Estás siendo sarcástico? Solo pienso en nuestro bebé. No es para mí, no es para mi madre y, desde luego, no tiene nada que ver con Graham.
—Cálmate, ¿quieres? Solo necesito asegurarme de que esa es la cifra definitiva. —Golpeé el papel con el dedo.
La suma final no era ni de lejos tan mala como me esperaba, y podía entender su punto de vista.
En el fondo, sabía que tenía razón. La casa era fría y húmeda, no era lugar para criar a un niño, a mi hijo.
Si le daba el dinero, y ella aceptaba que esa sería la cantidad final, me quedaría lo suficiente para seguir adelante con mi propia vida, si eso era lo que realmente quería.
Cubriría el coste de un piso pequeño o, al menos, una buena entrada para uno más caro.
De todos modos, tarde o temprano tendría que buscar trabajo.
Saqué el móvil y accedí a la banca electrónica. Tras completar las comprobaciones de seguridad, transferí la cantidad acordada a su cuenta individual.
Al terminar, pude ver el rastro de una leve sonrisa dibujada en su rostro. Me dejó una sensación de ligera náusea. Seguro que pensaba utilizar el dinero para el fin previsto, ¿verdad?
—Espero que guardes todos los recibos, querida.
Antes de que pudiera responder, me sonó el teléfono.
—¿No vas a contestar? —preguntó Amelia, ignorando mi comentario sarcástico y mostrándose extrañamente intrigada por saber quién podría estar llamándome.
Sosteniendo el móvil inclinado, eché un vistazo al identificador de llamadas. Inspector jefe Small.
—Puede esperar —dije, dejando el dispositivo sobre la mesa en cuanto dejó de sonar.
Nos quedamos sentados en silencio unos minutos más. La situación volvió a resultarme incómoda y necesitaba aire puro.
—Voy un momento al aseo —anuncié, levantándome de forma un tanto brusca—. ¿Te parece bien si nos vemos fuera?
—Claro, Matt. Yo también tengo que ir al de señoras. —Amelia parecía igual de contenta que yo por poner fin al encuentro—. Y tengo que volver al trabajo.
Al meter la silla bajo la mesa, evité la posible pulla indirecta de que ella sí tenía un empleo. El despido todavía me escocía.
Una vez fuera, el aire no era tan fresco como esperaba. Estábamos a las puertas de la primavera y el calor de la ciudad iba en aumento. Por un momento, me costó recuperar el aliento. Apoyado contra la pared, esperé impaciente a Amelia.
Finalmente, la puerta se abrió. No podía estar seguro, pero Amelia parecía haber estado llorando.
Tenía los ojos ligeramente enrojecidos y agachó la cabeza antes de sacar unas gafas de sol del bolso.
Cuando volvió a levantar la vista, no pude evitar admirar su belleza.
El simple hecho de verla con esas gafas de montura ancha me provocó muchos recuerdos placenteros.
Podría pasar por modelo, al menos a mis ojos, y cuando el sol incidió en su piel, me transportó a nuestra luna de miel en Corfú.
Los días interminables junto a la piscina, las tardes paseando por el puerto deportivo, eligiendo restaurante antes de volver a nuestro apartamento y pasar cada noche en una dicha matrimonial renovada.
—Te has olvidado esto —dijo, entregándome el teléfono y devolviéndome de golpe al presente.
—Ah, mierda. Gracias. No sé qué me pasa con...
—Ten cuidado con lo que haces, Matt.
¿Qué se supone que significaba eso?
Se puso de puntillas y me besó en la mejilla. Sentí sus labios cálidos contra mi piel fría y húmeda.
Con la espalda aún apoyada en la pared, observé cómo Amelia se alejaba hacia su oficina. Convencido de que no podría resistirse a echar una última mirada atrás, me sentí decepcionado cuando dobló la esquina y desapareció de mi vista.
Sin pensar, miré la pantalla del móvil. Una segunda llamada perdida.
Pero esta vez no era el inspector jefe Small.
Julia había intentado ponerse en contacto conmigo.
Inadvertidamente, mi mirada recorrió la calle siguiendo los pasos de Amelia. Me había dejado el teléfono sobre la mesa al ir al servicio.
¿Habría visto quién me había llamado?