Capítulo 10
Pasó otra semana. Amelia me había enviado un mensaje de texto pidiéndome que me pasara por la casa familiar la tarde siguiente, el viernes, cuando ella terminase de trabajar.
Había sonado animada y yo me temía lo peor. Esa casa me aterraba.
A pesar de mis objeciones, sabía que tenía que verla. Había pedido que quedáramos en algún lugar neutral, pero Amelia insistió en que nos viéramos en su casa. Añadió que el resto de mis pertenencias estaban allí para que las recogiera, en caso de que decidiera no quedarme.
Para ser justos, añadió que no esperaba una decisión precipitada y me dijo que respetaba mi deseo inicial de reflexionar sobre las cosas.
Durante esos siete días, Lisa no había respondido, a pesar de que le había enviado varios mensajes.
Había omitido decirle que aún no me había puesto en contacto con el agente inmobiliario, más que nada con la esperanza de que la puerta se abriera de golpe y Lisa corriera a mis brazos deshaciéndose en disculpas.
Pero a medida que pasaban los días, tuve que aceptar que no iba a volver, por mucho que me entristeciera.
El viernes por la noche, cogí el tren de cercanías hacia Epsom.
El corazón me palpitaba y me sudaban las palmas de las manos a medida que me acercaba a mi destino.
En cuanto puse un pie en el andén, sentí un deseo irreprimible de cruzar el puente y esperar al siguiente tren para que me llevara de vuelta a casa.
Desde que recibí la invitación de Amelia, sabía que no estaríamos solos.
No, toda la maldita familia tendría que estar involucrada.
Sin embargo, con las noticias inminentes y la necesidad de hablar de dinero, tenía que hacer la visita.
Una pequeña parte de mí, de hecho, quería ir.
En lo que debería haber sido un paseo familiar desde la estación hasta el hogar de los Reid, resultó de algún modo ajeno, como un viaje que hubiera hecho en otra vida.
Aunque solo habían pasado dos meses desde que me fui —escapé—, los recuerdos ya empezaban a volverse borrosos.
¿Quizás una psique oculta en mi interior había intentado desterrarlos de mis pensamientos?
Al realizar la aproximación final, me fijé en el buzón al final del camino de entrada.
El mismo buzón que Graham había instalado para que ya no pudiera charlar con el amable cartero.
Tras unos meses viviendo en la casa familiar, me había acostumbrado a tomarme el café de la mañana en el banco del exterior.
El motivo original había sido escapar de las conversaciones triviales, pero al cabo de un tiempo, entablé una relación cordial con Bob el cartero, hablando de cualquier cosa, desde fútbol hasta política.
Después de un tiempo, él me sondeó sobre la familia y, a cambio, él recordó historias propias.
Bob me contó que la cartera anterior había pedido que la trasladaran a otra ruta, tal era su consternación por la extrañeza de los inquilinos.
También la habían acusado de manipular su correo.
A Graham no le gustaban mis charlas con Bob y, posteriormente, compró un buzón nuevo.
Lo instaló lo más lejos posible de la casa sin dejar de estar en su terreno.
Lo consideré una mezquindad, pero pronto me di cuenta de que era porque no confiaba en nadie.
No quería que yo oyera nada que pudiera perjudicar a la familia.
Permitiéndome una sonrisa irónica ante el recuerdo de tal comportamiento temerario, continué caminando por las losas rotas del pavimento, que completaban los últimos pasos hacia la casa de los Reid. Y entonces oí el columpio.
Gñec… gñec…
Como el péndulo de un reloj de abuelo, con cada oscilación, la cadena oxidada rozaba contra el soporte de la parte superior.
Desviando mi ruta, di unos pasos a mi izquierda. El terreno se elevaba bruscamente en un terraplén a ese lado de la casa. Nunca había explorado a dónde conducía finalmente, pero recordaba que Amelia me había dicho que daba a más casas a medida que el pueblo se expandía eternamente hacia el oeste.
Katrina chilló antes de que yo la viera. Después de conocerla durante más de un año, el comportamiento de Katrina todavía me ponía de los nervios. Todavía me asustaba.
—¡Tío Matthew!
Sonrió de oreja a oreja, mostrando sus dientes amarillentos, torcidos y desiguales. En el descenso del columpio, estiró las piernas todo lo que pudo, impulsándose más y más alto. Pero ni una sola vez apartó sus ojos de los míos.
—Hola, Katrina. ¿Cómo estás?
Como siempre, ignoró mi pregunta.
—¿Vas a venir a vivir aquí otra vez?
Subiendo el pequeño montículo, me puse de pie junto al columpio y me agarré a la estructura. Con el impulso que Katrina había cogido, el chirrido no era tan evidente.
—No. Solo he venido a visitar a tía Amelia.
Katrina se rió entre dientes.
—Ya lo sé, tonto.
—Bueno, que te diviertas —añadí, dándome la vuelta para marcharme. La experiencia me había enseñado que Katrina tenía que estar de cierto humor para sacar algo con sentido de ella. Aquella noche no era una de esas ocasiones.
Mientras bajaba a toda prisa por el terraplén, oí a Katrina reírse una vez más. Me giré y sonreí. Pero la expresión de alegría había abandonado su rostro, reemplazada por una mucho más siniestra.
—Ten cuidado —dijo, apenas moviendo la boca, con la voz de repente más profunda.
—¿Perdona? ¿Qué has dicho?
Puede que sonara valiente y bajo control, pero pude sentir un escalofrío recorriéndome la columna vertebral.
Arrastrando las puntas de sus zapatos por el suelo, Katrina detuvo el columpio bruscamente.
Se puso de pie, sin esfuerzo, manteniendo las manos en las cadenas detrás de ella.
El largo vestido blanco parecía sucio por las rodillas, algo en lo que no me había fijado antes.
Y su pelo estaba erizado por detrás, como si alguien le hubiera dado una descarga eléctrica.
Me estaba asustando y el deseo de salir corriendo casi me superó.
—Ellos lo saben.
—¿Quién, Katrina? ¿Quién sabe qué?
Como si hubieran accionado un interruptor, su voz volvió a la normalidad. Bueno, la normalidad para Katrina. Su tono cotidiano se parecía al de una niña pequeña, a menudo acompañado de una risa o una carcajada.
—Ellos lo saben, tonto.
Y como si se liberara de un trance, Katrina echó a correr. Pasó a mi lado como una exhalación, con el vestido ondeando al viento. Riéndose y chillando, corrió hacia el bosque, sin detenerse ni una vez a mirar atrás.
Un escalofrío me recorrió, como si Katrina no hubiera corrido a mi alrededor, sino directamente a través de mí. Vi mis manos temblar.
—¡Matthew!
Oír mi nombre me hizo sobresaltarme. Estaba hecho un manojo de nervios.
—Matthew —se oyó de nuevo la llamada. Al reconocer la voz de mi mujer, intenté desesperadamente recomponerme. Al doblar la esquina, la vi de pie en el umbral, con los brazos cruzados y una expresión de preocupación en el rostro.
—Ah, ahí estás. Te hemos visto subir por el sendero hace cinco minutos. Pensábamos que te habías perdido.
Amelia se rio, en un intento de que el encuentro inicial fuera lo más ligero posible.
—Solo estaba saludando a Katrina. Eso es todo.
En cuanto puse un pie dentro de la casa, los recuerdos volvieron en tropel: la amplia escalera que conducía directamente al oscuro y prohibido rellano de arriba.
Esa parte del edificio siempre me había dado escalofríos.
Como algo sacado de una película de terror.
Sombras oscuras y un pasillo alargado que conducía al otro lado de la casa.
La habitación de Katrina. La habitación de Tracy.
La habitación de Melissa. Y la habitación donde me habían retenido contra mi voluntad.
—¡Matthew! ¡Estás en casa!
¿En casa?
Melissa sonrió radiante. La edad no se reflejaba en ella.
Siempre lo había pensado. A pesar de rondar los setenta años, Melissa podría haber pasado perfectamente por alguien veinte años más joven.
Su pelo negro azabache —Amelia sin duda había heredado ese gen—, ahora salpicado de mechones grises, lo llevaba a la perfección.
Y al igual que su hija menor, Melissa tenía los ojos de un castaño oscurísimo.
A menudo me preguntaba qué aspecto tendría hace cuarenta o cincuenta años.
Una buena conquista para cualquier joven, siempre lo había supuesto.
—Hola, Melissa. Por favor, no pienses que me voy a quedar. Solo estoy aquí para...
Tracy apareció por la puerta del salón. Su rostro era el menos acogedor, lleno de desdén y hostilidad.
—¿Solo estás aquí para qué exactamente, Matthew?
La sonrisa desapareció también del rostro de Melissa. ¿De verdad esperaba que volviera con los brazos abiertos?
Finalmente, Amelia reapareció del exterior. ¿Qué había estado haciendo?
—Vamos, vosotras dos —se dirigió tanto a su hermana como a su madre—. He dicho que estamos en una fase inicial. Matt ha venido esta noche a hablar conmigo y a recoger algo de ropa. Tenemos que darnos tiempo.
Se sentía como entrar en un escenario en una obra de teatro preensayada. Amelia sonaba muy rígida, sin la menor entonación en su voz.
—Pero estás embarazada, cariño —Melissa parecía desolada. Se volvió de nuevo hacia mí, haciendo todo lo posible para forzar una sonrisa—. Seguramente querrás estar cerca de tu hijo, ¿verdad, Matthew?
—Madre. Basta. Ahora déjanos hablar en privado. Por favor.
Nunca había visto a Amelia tan asertiva en lo que respecta a su madre. Quizás había tenido razón. Ahora que la influencia dominante de Graham ya no estaba presente, ¿podría estar más relajada, ser más decidida?
Tracy pasó a mi lado de un empujón y se unió a Melissa en la cocina. Cerró la puerta silenciosamente tras ella. Me imaginé a las dos al otro lado, con las orejas pegadas a la pared.
Y entonces un golpe. Desde arriba. Como si se hubiera caído algo.
Miré fijamente al techo y luego de nuevo a Amelia. Pareció momentáneamente inquieta, un fallo en la obra bien ensayada.
—¿Qué ha sido eso? —pregunté, volviendo a mirar al techo.
—¿Katrina? ¿Quién sabe? Esta casa transmite muchos sonidos. Como bien sabes, Matt.
Amelia se recompuso. Caminó hacia el salón, haciéndome señas en silencio para que la siguiera. No pude evitar echar un último vistazo escalera arriba y hacia aquel rellano, mientras me aseguraba de seguir cada paso de Amelia.