Capítulo 5
A partir de aquella noche, dormimos en camas separadas.
Había sido idea de Lisa. Sugirió que calmáramos las cosas entre nosotros y respetáramos la intimidad del otro.
Tenía razón. Yo ya había pensado que era lo más sensato, pero aun así me dolió escucharlo.
Había dado por hecho que ella nunca se había planteado eso de «la intimidad de cada uno», lo cual hacía que fuera más difícil de aceptar.
Desde la primera noche en habitaciones individuales, perder la cercanía de Lisa me afectó mucho. Me sentía aislado y más vulnerable. Pero también la respetaba. Al fin y al cabo, había sido yo quien la había arrastrado a toda esta situación.
A la mañana siguiente, me obligué a salir de la cama. Lisa aún no se había levantado e hice el menor ruido posible. Renunciando a tomar nada, caminé hasta el pueblo, cogí un café y luego busqué una tienda de telefonía móvil.
Con un café americano recién hecho en la mano, pregunté a una transeúnte si había alguna tienda adecuada cerca. Me informó de que podía elegir entre dos y enseguida me señaló la dirección correcta. Al parecer, estaban una al lado de la otra.
Al entrar en la primera, se me acercó un chaval. Parecía lo bastante joven como para estar todavía en el instituto. Ni siquiera había cerrado la puerta cuando se dirigió a mí.
—Buenos días, señor. ¿En qué podemos ayudarle?
—Necesito un teléfono.
¿Acababa de sonreír?
—Ha venido al lugar indicado. ¿Apple o Android, señor?
—Apple. Nada caro. Es algo provisional. He perdido el mío y...
Dejé la frase en el aire. Incluso una charla banal me superaba. Ojalá me hubiera quedado en la cama después de todo.
—No hay problema, señor.
Siguiéndolo por la tienda, me quedé mirando una pared. En ella se exponían muchos iPhones, de todos los colores y tamaños. Los modelos más nuevos ocupaban un lugar destacado en el centro, sobre soportes, y el último de todos giraba lenta y silenciosamente sobre una base rotatoria.
—¿Tenía algún modelo concreto en mente, señor?
—Por favor, deje de llamarme señor. No es necesario.
El chaval se puso rojo como un tomate.
—Vale —masculló—, y su entusiasmo previo se extinguió en un segundo. Como no tenía tiempo para remordimientos, fui al grano.
—Mira, tengo prisa. ¿Tenéis algún modelo más antiguo en stock? Necesito un teléfono hoy mismo.
—Claro —intentó recuperarse—. ¿iPhone 6, 8? Los tenemos todos ahí atrás.
Poco después, regresó con ambas versiones. Yo solo había asentido en respuesta y él se dio cuenta de que tenía que actuar rápido para cerrar la venta. Al menos demostró intuición.
Me decanté por el iPhone 8 —no había diferencia de precio— y pedí que me pusieran cincuenta libras de saldo.
Tendría que dar las gracias a Lisa de nuevo por prestarme algo de efectivo.
En cuanto el joven vendedor me pidió una dirección particular, me di cuenta de que no podía contratar un plan mensual.
¿Dónde narices está mi dirección? ¿Dónde estaré el mes que viene a estas alturas?
¿El año que viene? La idea me deprimió y la realidad de mi situación me golpeó con fuerza.
Lisa no estaba cuando regresé, pero afortunadamente había dejado su viejo teléfono de prepago en su sitio habitual de la cocina.
Tras enviar un mensaje a su móvil principal —tenía el número guardado—, pasé los minutos siguientes copiando los contactos a mi nuevo teléfono.
Solo había un puñado y uno destacaba sobre el resto.
Al darme cuenta de que debía de habérselo dado a Lisa en algún momento, recordé que esa misma persona no se me había ido de la cabeza en las últimas semanas.
Rápidamente, redacté un mensaje de texto.
Hola Julia, soy Matt. Tengo un número nuevo. Solo quería saber cómo estás. Si quieres hablar, dímelo. Cuídate x.
Sin estar seguro de si estaba haciendo lo correcto, le di a «Enviar» antes de poder arrepentirme.
¿Qué daño podía hacer? Además, tenía un interés genuino en saber si ella estaba bien.
Julia me había dejado claro que Graham la acosaba, aunque yo no sabía hasta qué punto.
¿Verbal o físicamente? Y ahora que él estaba fuera de juego, quería saber si ella se encontraba bien y si tenía algún plan.
Había sido ella quien inició todo el proceso por el que acabé enredado con esa familia.
Pero no culpaba a Julia; no habría tenido otra opción.
Mientras esperaba a que se entregara el mensaje, mi móvil sonó. Esperando que fuera Lisa, mi entusiasmo duró poco al ver el nombre de quien llamaba en la pantalla.
¿Cómo demonios ha conseguido mi número?
—¿Diga? —respondí con tono interrogante.
—¿Matthew Walker?
—Sí. ¿Quién es, por favor?
—Soy el Inspector Jefe Small. Acabo de llamar a su casera, esto..., Lisa. Ella me ha dado su nuevo número. Espero que no le importe que le moleste.
—No, está...
—Además, señor Walker. ¿O puedo llamarle Matt? Le dije que me informara de cualquier cambio de domicilio o de datos de contacto. Esta es una investigación en curso, por si no lo ha olvidado.
Incluso por teléfono, este tipo me sacaba de quicio. Me sentía como una mierda y él me hablaba como a un niño.
—Sí, lo siento. He recogido el móvil nuevo hace apenas una hora. Estoy añadiendo los números ahora...
—Está bien. Pero asegúrese de estar localizable en todo momento.
Mi silencio pretendía ser la señal para que continuara. No necesitó que se lo dijera dos veces.
—He pensado que le interesaría saber que Graham Meadows ha despertado del coma.
La idea de ese hombre respirando por sus propios medios, sin depender ya de una máquina, me produjo escalofríos.
Desde que el Inspector Jefe me informó de que lo habían puesto en coma inducido, había tenido fantasías con visitar el hospital de madrugada y desenchufar el aparato de la pared.
Y luego me quedaría allí, esperando a que diera sus últimos suspiros.
Abriría los ojos por última vez y me vería encima de él, sonriendo mientras se le escapaba la vida.
—¿Matthew?
—Sí, perdón. Estoy aquí. Es un poco impactante, eso es todo.
—Sí, debe de serlo. En fin, iremos a visitarlo más tarde. Para hacerle algunas preguntas iniciales y conocer su versión de los hechos.
—¿A qué se refiere con «su versión de los hechos»?
¿Es que acaso era posible otra cosa que no fuera un caso cerrado?
Había tres testigos clave, incluida su sobrina, por muy inestable que estuviera.
Todas las pruebas apuntaban hacia él. Dos cadáveres en el bosque y la policía ya había llegado a la conclusión de que había asesinado a mi tía.
¿Qué podría decir para convencerlos de lo contrario?
—Como he dicho, es una investigación en curso. Tenemos que escuchar lo que tiene que decir. Con suerte, lo confesará todo y será cuestión de cerrar el expediente sin más complicaciones.
—¿Y si no lo hace?
La sangre se me retiró de la cabeza y las palmas de las manos empezaron a sudarme. Si ya me sentía fatal, esto estaba llevando mi estado de ánimo a un nivel totalmente nuevo.
—Mejor nos preocuparemos de eso cuando llegue el momento, ¿no cree?
Tenía razón. Cálmate, Matt. Esto es solo el procedimiento estándar. Pero el Inspector Jefe Small no había terminado.
—¿A menos que haya algo que le preocupe y él no vaya a corroborar su versión de los hechos?
Mi corazón dio otro vuelco. Me apoyé contra la pared de la cocina para no caerme.
—No, no. —Mi intento de risa me sonó patético, así que Dios sabe lo que pensaría el Inspector Jefe.
—Bien. Le dejo. Por favor, tenga este teléfono disponible en todo momento. Espero que la próxima vez que llame sea para darle buenas noticias y que pueda rehacer su vida. Comprendo que esto no debe de ser fácil para usted.
¿Rehacer mi vida? ¿Así de sencillo es?
Tras respirar hondo dos o tres veces, intenté recomponerme. Me sentía mareado; sabía que mi nivel de oxígeno era bajo.
—Sí, sí. Eso sería estupendo. Eso es exactamente lo que necesito hacer.
No queriendo que se notara que necesitaba terminar la conversación, me quedé quieto y en silencio, rezando para que el Inspector Jefe se despidiera.
—Ah, Matt. Ya que está ahí, había otra cosa.
—¿Eh..., sí?
—¿Mantiene usted una relación sentimental con la señorita Ingram, Lisa?
—No, no —balbuceé—. ¿Por qué lo pregunta?
Supo manejar perfectamente el silencio.
—Por nada. Solo curiosidad, nada más.