Capítulo 4
El fin de semana se hizo eterno. El lunes por la mañana no dejaba de rondarme la cabeza y la perspectiva de volver a la oficina para enfrentarme a Mike me revolvía el estómago. Había repasado la versión de los hechos de Amelia sobre mi despido una y otra vez en mi mente.
—… Tras el desastre de los correos electrónicos, Mike se enteró de alguna manera de que eras tú quien se acostaba con Lisa. Bueno, eso no le dejó otra opción. No vaciló al tomar la decisión...
Podía haber perfectamente otras acusaciones contra mí, fueran o no ciertas. Mi única esperanza era que, en cuanto Mike se diera cuenta de lo que esa familia era capaz, se lo repensara.
El tiempo tampoco había ayudado a mi estado de ánimo, con una lluvia incesante y la temperatura rondando un par de grados por encima del punto de congelación. Habíamos estado encerrados, y eso nos sirvió de excusa para pasarnos la mayor parte del tiempo vagueando en la cama; la cama de Lisa.
Ella había cumplido su palabra y había preparado la habitación de invitados. Pero en cuanto los inspectores se marcharon, Lisa abrió una botella de vino tinto. Necesitábamos relajarnos, hablar de las cosas y racionalizar la realidad frente a la ficción.
¿Había alterado Katrina su confesión por voluntad propia? ¿O podría la familia estar encubriendo algo más y, de ser así, el qué? Me estremecí ante mi propia pregunta. Los Reid eran capaces de cualquier cosa y sabíamos que teníamos que mantener los ojos bien abiertos.
A la primera botella de vino pronto le siguió una segunda.
Cuando Lisa reapareció de la cocina, en lugar de volver a su sofá, se sentó a mi lado.
No puse objeciones. Una combinación de choque retardado, alcohol y el deseo de estar cerca de ella derivó en un consentimiento tácito.
Tras servirnos una copa nueva a cada uno, Lisa encogió las piernas bajo el trasero y se acurrucó a mi lado.
Apoyó la cabeza en mi hombro. Correspondiendo al gesto, le pasé el brazo por encima de los hombros, atrayéndola aún más hacia mí.
Tal como ocurrió en el congreso unas semanas antes, sabía que era inapropiado.
Amelia no podía descubrir jamás nuestra cercanía, incluso aunque sus sospechas estuvieran bien fundadas.
Yo necesitaba una separación sin conflictos que desembocara en un divorcio armonioso.
Cualquier prueba de juego sucio beneficiaría directamente a mi esposa y a su familia.
Sin embargo, aquel fin de semana no podría describirse como el de dos adolescentes descubriéndose por primera vez.
Era más comparable al de dos adultos traumatizados que buscaban consuelo desesperadamente mientras intentaban asimilar su situación actual.
Habíamos pasado por tanto, en un espacio de tiempo tan breve, que nos habíamos vuelto dependientes el uno del otro.
Mi plan de visitar a Mike el lunes por la mañana nunca llegó a materializarse; eso ocurriría dos semanas después. Me había despertado temprano, insistiendo en que Lisa se quedara en la cama. Ella no se quejó cuando le prometí una bandeja con café recién hecho y el desayuno.
Una vez en la cocina, llamé a Mike desde el fijo de Lisa. Me sabía el número de la oficina de memoria y quería asegurarme de que estaría en el trabajo. Su respuesta me dejó estupefacto. Aunque no rechazó mi petición de verle, Mike se mostró frío e insensible.
—¿Puede aguantar un par de semanas más? —propuso de forma bastante abrupta. Tartamudeaba y buscaba las palabras adecuadas, como si alguien estuviera con él dándole instrucciones sobre qué decir.
Mike continuó con sus excusas e indicó que la policía tenía que darle el visto bueno antes de que pudiera recibirme.
Todo aquello me pareció turbio y artificial.
Le pregunté educadamente si Amelia o Tracy habían vuelto al trabajo, pero evitó comprometerse con una respuesta.
Sin duda, si la policía me había pedido que me mantuviera alejado, ¿no debería aplicarse lo mismo a mi mujer y a su hermana?
De alguna manera, ya sabía la respuesta.
Durante las dos semanas siguientes, cada vez que la policía llamaba por teléfono o venía de visita, mi frustración crecía ante la indiferencia con la que trataban cada acusación que yo lanzaba contra la familia Reid.
A pesar de que inicialmente aceptaron que esperaban que los fragmentos óseos pertenecieran a Ryan Palmer, parecían empeñados en que cualquier otra cosa que les dijera seguía abierta a interpretación. Incluso llegué a dudar de mi propia versión de los hechos.
Habían registrado la casa de los Reid en busca de cualquier indicio de que me hubieran retenido contra mi voluntad.
—Atado a una cama y drogado, supongo que quiere decir.
El Inspector Jefe Small ignoró mi sarcasmo y, en su lugar, soltó una lista de lo que no habían encontrado. En ninguno de los dormitorios había cuerdas, cinturones o cordeles. De hecho, la habitación en la que describí haber estado cautivo ni siquiera tenía cama.
—La han quitado —insistí. Mis quejas cayeron en saco roto.
El inspector pasó a otro tema y explicó que se había llevado a cabo una búsqueda exhaustiva de drogas. Drogas que no fueran propias de un hogar corriente. Una vez más, aparte de una cantidad de medicamentos y pomadas sin receta mayor de lo habitual, nada llamaba la atención.
—¿Qué hay de las pastillas que le dan a Katrina?
—Sí —admitió el Inspector Jefe—, pedimos verlas. Y sí, está medicada. Las hemos hecho revisar por nuestro equipo médico y tanto la receta como la dosis son habituales para alguien con su desafortunada condición. Mantiene sus cambios de humor bajo control. Todo muy normal, Sr. Walker.
—¿Entonces creen que me lo he inventado todo? ¿Que salté por una ventana por pura diversión?
—No hace falta ser sarcástico —dijo el Inspector Jefe Small.
Tenía la expresión de alguien que ya lo ha oído todo, todas las excusas, todas las historias inventadas para echarle la culpa a otro.
—La cuestión es que la familia también está bastante preocupada por su bienestar.
Tengo entendido que Tracy Reid es enfermera titulada...
—Miró a su colega. El Sargento Paine asintió para confirmarlo.
—... y sugirió que viera a un médico de cabecera, quizá a alguien más.
Amelia, su, esto, esposa, también nos dijo que usted sufría pesadillas.
Sonambulismo también. Y, ¿cómo se llama?
—Katrina, señor —el Sargento Paine rellenó los huecos.
—Sí, Katrina dijo que le había visto merodear mucho por el bosque. ¿Qué hacía allí solo, Matt?
Mirando con furia de un inspector al otro, no sabía si reír o llorar. Tras intentar exonerarme alegando que todo aquello eran patrañas, el Sargento Paine tomó una nota en su libretita y se levantaron para irse.
—¿Eso es todo? —pregunté incrédulo—. ¿No me diga que se van a limitar a creer su palabra y ya está?
El Inspector Jefe se aclaró la garganta y su tono se suavizó. Parecía compasión.
—Usted ha pasado por mucho. Por muchísimo. Puedo entender su animosidad hacia la familia, sobre todo teniendo en cuenta lo que presenció de Graham Meadows en numerosas ocasiones. Sin embargo, créame, la familia está tan consternada como usted por su...
—¡Gilipolleces! —grité.
¿Era por eso por lo que la familia había ordenado a Katrina que confesara contra Graham? Si podían cargarle todo a él, ¿eso los absolvía a ellos de todos los delitos?
El Inspector Jefe Small ignoró mi protesta.
—…por su comportamiento. No sabían que fuera capaz de tales cosas y le han ofrecido sus disculpas. Esperan que, pronto, pueda volver a reunirse con ellos.
Esa vez sí que me reí. No pude evitarlo. Días y días de frustración acumulada salieron a la superficie de golpe.
En cuanto se marcharon, volví a la cocina. Lisa estaba sentada a la mesa, sosteniendo una taza de té a medio terminar. Parecía desolada. Había notado un cambio sutil en su comportamiento durante los últimos días. Estaba abatida, como si finalmente le hubieran succionado todas las ganas de luchar.
—¿Has oído todo eso? —pregunté, todavía echando humo e ignorando su aparente falta de interés.
—Son listos, Matt. Quizá tú también tengas que serlo.
Se levantó, enjuagó su taza y la metió en el lavavajillas.
—¿Adónde vas? —le grité mientras se alejaba. Se detuvo en el umbral de la puerta.
—A tumbarme. Estoy cansada. Agotada.
—No puedo creer que no me hayas apoyado ahí dentro.
Mi mal genio seguía encendido a pesar de que Lisa no mostraba intención de entrar al trapo.
—No hay nada que apoyar. Esa familia tiene una respuesta para todo. ¿Es que no lo ves? Si ni siquiera existe la maldita cama en la que dices que te ataron.
—Espera un momento. ¿Qué quieres decir con «dices»? ¿Estás sugiriendo que me lo he inventado? ¿Cómo puedes no aceptar lo que pasó en esa casa cuando sabes perfectamente qué clase de gente son?
La expresión de Lisa estaba cargada de arrepentimiento.
—No importa lo que yo crea, o lo que haya presenciado. Han borrado cada una de sus huellas. Si hubieran podido librar a Graham también, estoy segura de que lo habrían hecho. Pero esta vez él es el sacrificio. Como lo fue Ryan hace tantos años.
Aunque podía tener razón, yo seguía sin comprender la actitud de Lisa.
—Entonces, ¿qué me estás diciendo? ¿Que me rinda, que lo acepte y siga como si nada?
—Lo único que te digo, Matt, es que te alegres de que no hayas sido tú.