Capítulo 3
Más tarde, esa misma noche, regresamos a casa de Lisa.
Horas antes, habíamos cogido el tren de Epsom a la ciudad y luego el metro hasta North Ealing.
Yo ya había estado en su casa una vez. El día que fingió una migraña en el trabajo para darnos la oportunidad de estar a solas.
Mike sugirió que la llevara a casa en coche, para gran fastidio de Amelia.
Solo me quedé una hora. Nos sirvió para discutir nuestro siguiente plan de acción.
Sin embargo, al acercarnos a su puerta principal, no eran nuestras intrigas lo que recordaba; lo que tenía grabado en la mente era aquel beso al marcharme.
Lisa se giró y me dedicó la más breve de las sonrisas antes de meter la llave en la cerradura. ¿Lo notaba ella también?
Su propiedad era una modesta vivienda adosada.
Una casa de dos plantas en mitad de una calle con viviendas idénticas flanqueando ambos lados de la calzada.
No obstante, seguía teniendo un código postal de Londres, y el precio de la vivienda había subido a niveles ridículos.
Lisa se había divorciado hacía poco, así que supuse que quedarse con la casa familiar había sido parte del acuerdo.
¿Podría permitirse mantenerla ahora que había perdido el trabajo?
Al seguirla al interior, lo primero que noté fue la pronunciada inclinación con la que la escalera subía hacia la derecha.
Lisa tomó el estrecho pasillo que seguía recto.
Tras ver un pequeño salón a nuestra izquierda, acompañé a Lisa a la cocina.
Aunque ya había estado allí, no recordaba lo impecable que estaba esa estancia en particular.
Unos armarios de color blanco marfil se extendían por una pared, con muebles a juego debajo, intercalados con una impresionante cocina de hierro y un moderno frigorífico combi; uno de esos frigoríficos de estilo americano, con doble puerta y dispensador de agua fría.
Aunque era de última generación, me pareció un poco pretencioso para una vivienda tan pequeña.
Como si me leyera el pensamiento, Lisa se acercó al electrodoméstico y abrió ambas puertas.
Dentro había una impresionante variedad de comida, aunque lo que me llamó la atención fue el botellero.
Debía de haber media docena de botellas de vino blanco, además de otras seis o más botellas de cerveza enfriándose.
Sería la envidia de cualquier soltero; yo incluido.
Sacó dos botellas de cerveza, cogió un abridor de un cajón cercano, las abrió y me pasó una.
—¿De qué te ríes? —preguntó ella, antes de dar un enorme trago a la suya.
—Oh, de que estás viviendo mi sueño. Solo eso.
La declaración de Lisa en la comisaría había corroborado la mía, casi palabra por palabra.
El Inspector Jefe Small nos había dedicado una sonrisa socarrona —¿pensaba que estábamos compinchados?
— mientras explicaba qué pasaría a continuación.
Dijo que ambos podíamos volver a casa. Habían examinado a Lisa por si le quedaba alguna secuela del golpe que había recibido antes en la cabeza, aunque nos ordenó no abandonar la zona en un futuro próximo.
Lisa había dado su dirección para los dos.
De nuevo, el Inspector Jefe no pudo evitar lanzar una mirada y un gesto de complicidad a su compañero.
Si hubiera tenido energía, habría intervenido para decirle que no era lo que imaginaba.
Pero no tenía fuerzas, ni física ni mentalmente.
En los últimos días, Tracy me había drogado, me habían encerrado en una habitación de invitados y de algún modo había escapado por una ventana rota, antes de acabar finalmente en el bosque con el loco de Graham.
—Lisa. ¿Por qué estoy aquí? No tienes por qué hacer esto.
Dejó su cerveza a medio terminar sobre la mesa.
—Es lo menos que podía hacer. Además, ¿a dónde habrías ido esta noche si no?
Otra cosa en la que no había pensado. Que yo supiera, mi coche seguía frente a la casa de los Reid. Mi ropa y mis escasas pertenencias también estaban allí; mi casa familiar hasta hacía cuarenta y ocho horas.
—Tengo que ir a casa. Todo lo que tengo está...
—Shh, Matt. No puedes volver allí esta noche.
Has oído lo que ha dicho el Inspector Jefe Small.
La policía está con ellos. Ambos inspectores iban directos a hablar con ellos.
Sin duda, se los llevarán para seguir interrogándolos.
Tienes que mantenerte alejado, al menos unos días.
E incluso entonces, ¿de verdad piensas volver a vivir allí?
Me miró fijamente, sorprendida de que no hubiera respondido al instante.
—Matt. No lo harás. ¿Verdad?
Lo único que pude hacer fue negar con la cabeza. Sin pensar, seguí el ejemplo de Lisa y saqué una silla para sentarme frente a ella. Me dolía todo el cuerpo y la cabeza me latía con fuerza.
—Pero ¿y mi trabajo? —pregunté finalmente.
Lisa me clavó la mirada.
—No tienes trabajo. Te han despedido...
Dejó la frase en el aire. Tenía la cabeza hecha un lío. Lisa continuó.
—Quédate el fin de semana. Duerme en...
—No, Lisa. No puedo darte tantas molestias.
—Me levanté y caminé hacia la puerta del fondo de la estancia.
Tras ella, observé el pequeño cuarto de la colada, con lavadora y secadora.
Más allá, una puerta con cristales conducía al modesto jardín trasero, un pequeño cuadrado de césped rodeado de parterres descuidados.
Evidentemente, Lisa no era muy aficionada a la jardinería.
Me giré para mirarla mientras respondía.
—No es ninguna molestia. Tengo dos dormitorios. Reconozco que tendré que vaciar el tuyo, pero hay una cama cómoda. Mañana me acercaré al centro y te compraré algo de ropa, ya sabes, un par de camisas, unos vaqueros y ropa interior. Si no, para el domingo olerás bastante mal.
Afortunadamente, la policía me había buscado una muda de la oficina de objetos perdidos de la comisaría.
Había entrado allí con un aspecto ridículo; los pantalones y la camisa de tallas enormes que había encontrado en el armario del cuarto donde me tenían retenido.
Iba descalzo. Había perdido un zapato y tirado el otro mientras corría por el bosque.
A pesar de todo por lo que había pasado, la sonrisa de Lisa seguía siendo tan contagiosa como siempre.
Pícara, seductora, divertida. Se había recuperado rápido del fuerte golpe de Graham.
Me sorprendió lo deprisa que parecía estar restableciéndose de una experiencia tan espantosa; mucho más rápido que yo.
Sin embargo, estar en su presencia me tranquilizaba, como siempre me había ocurrido desde el primer día que entré en la oficina.
Tenía que admirar su tenacidad. ¿Cómo podía ser tan considerada y estar tan animada después de unos acontecimientos tan horribles?
—Gracias. Eres un sol. Te debo una muy grande. Te lo compensaré en cuanto recupere mi tarjeta bancaria.
—No me debes nada.
Terminé de un trago lo que quedaba de mi cerveza y Lisa hizo lo mismo. Sacó otras dos de la nevera y puso una sobre la mesa delante de mí. Asentí en señal de agradecimiento.
—Pero en serio, Lisa. —No podía dejarlo pasar—. ¿Qué hago con mi trabajo? ¿Crees que Mike me readmitirá cuando todo esto salga a la luz?
Lisa pareció quedarse sin palabras, repentinamente abatida. Me habría dado de patadas a mí mismo.
—Vaya, mierda. Lo siento. Mike también te despidió a ti. Se me había olvidado. Perdona.
Se me había pasado por alto. Antes de encerrarme, Amelia se había deleitado informándome de que Lisa había sido despedida por una falta muy grave. En otras palabras, Amelia y Tracy le habían dicho a Mike que se estaba viendo con otro miembro del personal: conmigo.
—Sí, pero lo he estado pensando. No podían echarme solo por eso. ¿Verdad? Y no es como si estuviéramos teniendo una aventura. Dos noches en aquel hotel. Solo eso.
Graham debía de saber que pasamos aquellas noches juntos.
Aunque yo creía que ella tenía motivos para impugnar el despido, sabía que Amelia y Tracy prácticamente manejaban esa oficina.
Si Lisa insistía en ir a magistratura, la familia le cargaría más cosas al muerto.
Documentos extraviados, clientes perdidos y flirteos con clientes potenciales en el congreso.
Ya habían manipulado mis correos electrónicos una vez, haciéndonos perder a la empresa y a mí dos cuentas de gran relevancia.
Por el gesto grabado en la cara de Lisa, ella había llegado rápido a la misma conclusión. La resistencia era inútil.
Me acompañó al salón y me ofreció asiento en uno de los dos sofás de dos plazas, ya algo descoloridos.
Tras traerme una tercera cerveza, subió a preparar la habitación de invitados.
De nuevo me ofrecí a ayudar, o incluso a buscar un hotel barato, pero Lisa insistió en que me quedara.
Afirmó que se sentiría más segura con alguien cerca.
Tenía sentido. Debía de sentirse increíblemente vulnerable tras el calvario del día pasado.
En cuanto desapareció, intenté relajarme y observar mis alrededores.
El salón contrastaba drásticamente con la cocina, que era relativamente nueva y de aspecto caro.
¿Se habría gastado todo el dinero en una sola habitación?
Además de los sofás desgastados, con los reposabrazos raídos y brillantes, la alfombra también parecía vieja.
Manchas de líquido derramado salpicaban el perímetro de la zona de asientos.
El papel de la pared era de virutas de madera pintadas, el mismo que tenían mis padres cuando yo era niño.
El salón de Lisa parecía igual de antiguo.
Junto a la pared del fondo había un aparador viejo de madera lacada y pulida con tiradores de latón.
Sobre él colgaba un espejo ornamentado; el cristal estaba moteado y ennegrecido por los bordes.
La estancia resultaba extraña, como si hubiera retrocedido en el tiempo.
Daba la impresión de que no se había tocado en años.
¿Y la guinda del pastel? Una antigua estufa eléctrica, encastrada en el centro de un hogar rodeado de azulejos amarillentos.
La estufa tenía dos barras térmicas cilíndricas tras una rejilla de cromo oxidada.
Dos interruptores miraban hacia fuera y resistí el impulso de comprobar si funcionaba.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Dejé la cerveza en la mesa de centro circular, me eché hacia atrás y me crucé de brazos, aferrándome al poco calor que quedaba en mi cuerpo.
El sonido del timbre me hizo saltar del asiento. Uno de esos timbres originales de «ding-dong», asociados a los anuncios y comedias de situación de los años setenta.
—¡Ya voy yo! —gritó Lisa. Bajó corriendo las escaleras, sonando como si lo hiciera de dos en dos. ¿Esperaba a alguien? Si era así, su voz sonó decepcionada en cuanto abrió la puerta.
—Ah. Inspector Jefe. Sargento. ¿A qué debemos el placer?
El sarcasmo de Lisa no pasó desapercibido para el Inspector Jefe Small.
—¿Mal momento? —respondió él.
Aunque no oí que Lisa los invitara a entrar, el Inspector Jefe apareció en la entrada del salón. Justo detrás de él estaba su compinche.
—Ajá, Matthew. Imaginábamos que estarías aquí.
Conteniéndome para no preguntar «¿qué cojones se supone que significa eso?», me puse en pie y asentí a modo de saludo.
—Pasen, pasen —ordenó Lisa, escondida en algún lugar del pasillo tras sus invitados no deseados.
—Gracias. —Al menos el Sargento Paine era educado y, sin duda, sentía cierta simpatía por lo que habíamos pasado.
—Siéntense —continuó Lisa, con voz un tanto nerviosa—. ¿Té? ¿Café?
El Inspector Jefe Small se quedó en el centro de la diminuta habitación, observando lo mismo que yo momentos antes. Alzó la mano hacia Lisa antes de posar la mirada en mí.
—No, gracias. No les robaremos mucho tiempo. Iré directo al grano.
Lisa me miró, cruzando los brazos en actitud defensiva. Necesitaba relajarse. Decidí que lo mejor era que la atención recayera sobre mí y hablé primero.
—¿Qué ha pasado?
El Inspector Jefe hizo un gesto a su compañero para que se adelantara. Se quedaron los dos juntos, como si el número les diera fuerza.
El Sargento Paine sacó un pequeño bloc de notas del bolsillo interior. Siempre me había preguntado si eran solo un recurso para las series de policías de la tele. Al parecer no.
Explicó que la policía científica ya había recuperado fragmentos de hueso de la fosa común.
Dijo que tendrían que ir al laboratorio para establecer la identidad, pero que confiaban en que mi relato de los hechos se sostendría.
El Sargento Paine también confirmó que Katrina había confesado que fue testigo de cómo Graham golpeaba tanto a Ryan, años atrás, como a Lee Blackmore esa misma tarde.
Los ojos de Lisa se agrandaron cuando la miré. ¿De verdad Katrina podía haber dicho algo así? Hacía apenas unas horas me había dicho que me había visto matar a Lee. Su mente estaba muy confundida y seguramente la policía no la aceptaría como un testigo fiable.
Cuando el sargento terminó, el Inspector Jefe Small se disculpó por robarnos más tiempo. Tras añadir un comentario bromista sobre el asesinato de mi tía, sugirió que Graham iría a la cárcel durante mucho tiempo. Me aguanté las ganas de preguntarle qué le resultaba tan gracioso.
Finalmente, se dieron la vuelta para marcharse. Los seguimos al pasillo, deseando perderlos de vista.
En cuanto Lisa abrió la puerta, el Inspector Jefe se detuvo en seco. Se giró para mirarme.
—Solo hay una cosa que no logramos entender.
—¿Diga? —respondí, con la voz ligeramente elevada.
—Nos han avisado del hospital. Es sobre el estado de Graham. Los médicos lo han puesto en coma inducido.
—¿Qué significa eso exactamente? —Lisa sonaba asustada, como si él pudiera ir a visitarla en cuanto despertara. Sonaba aterrador, la idea de que Graham volviera a despertar.
—No soy un experto médico, pero sé que es un tipo de coma temporal. Se utiliza para proteger el cerebro de la inflamación y el paciente recibe una dosis controlada de anestesia.
Ni Lisa ni yo nos atrevimos a hacer la pregunta. El Inspector Jefe Small nos leyó el pensamiento.
—Podría durar hasta un mes, pero el médico ha informado a mi colega de que no espera mantener a Graham Meadows en coma inducido más de una semana.
De nuevo, mientras se giraba para irse, se detuvo.
—Mi pronóstico es que estará despierto y listo para el interrogatorio en los próximos días.