Capítulo 44
S arah
—Recuerda lo que te dije, cariño —le digo a Gracie.
Ella asiente. —Sin mirar.
—Exacto —le digo. Bajo la funda de almohada que cogí de su cama y le tapo los ojos. Se la aprieto detrás de la cabeza para que no pueda ver lo que hay al otro lado de la puerta. —¿Y qué más?
Gracie se tapa las orejas. —¡Orejeras!
Le aparto una mano de las orejas un momento. —Eso es. Ahora, prométeme que no vas a apartar las manos de las orejas. —Gracie vuelve a asentir.
Cuando me siento lo bastante tranquila como para creerla y para enfrentarme yo misma a lo que hay al otro lado de la habitación, abro la puerta. Cojo la mano de Gracie y la guío hacia fuera. Me detengo un instante a mirar a Annie Meadows, con el cuerpo todavía inmóvil.
Al fondo del pasillo oigo los gritos apagados de mi marido y los golpes que da contra la puerta. Respiro hondo y sigo guiando a Gracie por el pasillo y escaleras arriba. Le quito la venda cuando llegamos a la planta principal.
—Es hora de irnos —le digo.
—¿Puedo volver a quedarme a dormir en casa de la Srta. Meadows alguna vez? —pregunta con toda la inocencia del mundo.
La miro sin saber qué decir. —Vamos, anda.
—¿Adónde vamos ahora, mamá?
Sé exactamente adónde vamos, pero no se lo digo. Abro la puerta principal y aspiro el aire fresco. Fuera está casi completamente oscuro.
La luz del porche se enciende con nuestro movimiento y, horrorizada, me fijo en la sangre a mis pies.
—Alguien ha hecho una guarrada con la pintura, mamá —dice Gracie.
Le cojo la mano. —Eso es, cariño. Vamos. Nos vamos.
Caminamos unas manzanas hasta que veo el letrero de la comisaría de policía de la ciudad. El pulso se me acelera al abrir la puerta principal y entrar. Un agente me lanza una mirada extraña cuando me acerco a su mostrador.
—¿Puedo... ayudarla en algo? —pregunta.
Me quedo mirando al agente sin saber qué decir. Sí, necesito ayuda. Mucha ayuda. ¿Por dónde empiezo?
Annie Meadows está muerta. Mi marido la mató. Esta noche Annie también mató a otra persona. Se llevaron a mi hija, y a mí también.
Tantas cosas que podría decir, y aun así no encuentro las palabras para contárselas al agente.
—Señora —dice, desconcertado—. ¿Se encuentra bien? ¿Está todo bien? —De repente, su expresión cambia. Mira hacia un cartel de persona desaparecida en un tablón de anuncios que tiene cerca. En él aparece la cara de Gracie. Me mira de nuevo y ahora comprende quiénes somos mi hija y yo.
¿Cómo le explico lo que ha pasado? ¿Por dónde empiezo? Pienso en la consulta del médico y en el cartel que estuve mirando con desprecio durante meses mientras se me recuperaba el hombro.
Por el principio. Toda historia se cuenta desde el principio.
Miro al agente con aplomo. —Quiero denunciar a mi marido por maltrato.