Capítulo 33
R oger
Pego un cartel en un poste de madera. Me detengo un momento a contemplar la hermosa cara de mi pequeña antes de seguir con el siguiente.
Tengo que dejar de hacer eso. De vez en cuando me pillo a mí mismo. Va a ser un día muy largo si me echo a llorar ante cada cartel de persona desaparecida que cuelgo.
Sarah debería estar aquí ayudándome; no es justo que me haga hacerlo solo. La he llamado varias veces más, pero sigue saltando directamente al buzón de voz.
Eso normalmente me tendría preocupado, pero ahora mismo no. La última vez que estuvo sola, encontró el lazo del pelo.
Esta vez, con un poco de suerte, encontrará otra cosa.
Lo único que sé es que estoy dudando de Jeremy Timmons.
Mientras sigo recorriendo el barrio y reflexiono sobre lo que he hecho hoy, es difícil no pensar en el anciano, el padre de Jeremy.
Parecía demasiado frágil para valerse por sí mismo y probablemente depende de Jeremy por completo para todo.
Qué vida tan terrible tener que depender de una persona así para sobrevivir.
Aun así, la expresión de miedo que tenía cuando entré en su habitación me persigue. La cara que puso cuando le hablé. Pensé que iba a morir de un ataque al corazón delante de mí.
No encontré nada que confirmara que Jeremy tiene a Gracie. Eso no significa que no lo hiciera. Solo significa que no se la llevó a su casa. Quizás no lo haría por miedo a lo que pensaría su padre.
No lo sé.
Ya no sé nada. Solo quiero que Gracie vuelva.
Saco el móvil e intento llamar a Sarah otra vez. Me quedan varios cientos de carteles y que me parta un rayo si los pongo todos yo solo.
Buzón de voz otra vez, que además está lleno. Seguramente todos los mensajes son míos, quejándome de que no está aquí.
Llamo a su madre, y por suerte descuelga. Por desgracia, ella tampoco tiene ni idea de dónde está su hija.
No sé dónde está mi mujer, pero al menos ya me podría haber mandado un mensaje. Probablemente anda por ahí registrando callejones o haciendo lo que sea que esté haciendo y ni se ha dado cuenta de que se le ha agotado la batería del móvil.
El móvil me vibra en la mano y, por un momento, tengo la esperanza de que sea Sarah. Lo cojo de inmediato.
—Hola —digo.
—Soy la Detective Falls.
—¿Hay alguna novedad? —pregunto de inmediato. Cada vez que esa mujer llama, el corazón se me para y me preparo para recibir malas noticias.
—Sobre Gracie, no.
Agacho la cabeza y respiro hondo. —¿Ha tenido noticias de Sarah? Lleva un buen rato sin devolverme las llamadas.
—No la he visto desde esta mañana en la guardería —dice. Hay algo en su tono que no me gusta. Normalmente tiene una voz más suave cuando habla. Tiene la habilidad de calmarme incluso cuando lo que me apetece es explotar cada dos por tres.
—Bueno, si la llama, ¿puede decirle que me llame? —le pido. Pienso en Annie Meadows. —Su móvil salta directamente al buzón de voz. No me ha dicho ni a mí ni a su madre dónde está. Supongo que estoy empezando a preocuparme.
—¿Dónde cree usted que está? —pregunta la detective, recuperando por fin su tono habitual.
Respiro hondo. —Ha estado obsesionada con Annie Meadows desde esta mañana. O sea, usted la escuchó hoy en la guardería.
—La llamé hace unas horas para informarle de que yo misma registré la casa de Annie Meadows. Ella me dejó entrar voluntariamente a mirar.
Asiento. —Bien, supongo. Aun así, sigo preocupado.
—¿Dónde está usted ahora mismo? —pregunta, con un tono más frío.
—Por los alrededores de la guardería. Poniendo carteles. Ya le dije que haríamos eso hoy. Ese es otro motivo por el que estoy preocupado. Se suponía que Sarah iba a ayudarme con esto.
—Eso está bien —dice—, pero lo que no está bien es que lleve a cabo por su cuenta una investigación tan agresiva.
Me quedo sin respiración un momento. Si me dijera esto en persona, no habría forma de ocultar la culpa en mi cara.
—Ha habido un allanamiento en casa de Jeremy Timmons. Su padre lo denunció a la policía.
—Vaya —digo. Me doy cuenta de que tengo que hablar lo menos posible, si es que tengo que hablar.
—Me parece más interesante que el intruso no se llevara nada y amenazara al anciano para que le dijera dónde estaba la niña.
—Ya veo.
—El hombre es mayor y no se encontraba en buen estado cuando llegó la policía.
Vuelvo a agachar la cabeza. —¿Está bien?
—Tuvieron que llevarlo a urgencias y de momento no tengo más información sobre su estado. Por desgracia, no fue capaz de dar una descripción del intruso. Al menos, no en el estado en que se encontraba cuando lo hallaron.
Noto que el pulso se me acelera y el corazón me late más deprisa. —Es terrible.
La detective suelta un suspiro audible. —Nada de investigaciones por su cuenta. No de esa manera, señor Bradshaw.
Siento una oleada de rabia. —¡Necesito encontrar a Gracie! ¡Alguien tiene que hacer algo!
—Está empeorando las cosas —dice con frialdad—. Si el anciano nos da una descripción, no será difícil atar cabos. Este es el único aviso que va a recibir.
—No, este es mi aviso. ¡Encuentre. A. Mi. Hija!