Madre e Hija Capítulo 34
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Capítulo 34

S arah

—¡Gracie! —Aporreo la puerta y las paredes sin dejar de gritar el nombre de mi hija.

La habitación está oscura y en silencio, salvo por mis gritos y súplicas para que Annie abra la puerta. No sé cuánto tiempo llevo aquí dentro.

Entre grito y grito me deshago en llanto. Cuando el miedo me devora, me recuerdo a mí misma que encontré a Gracie. Está aquí. La otra habitación que estaba cerrada con llave. Tiene que estar ahí dentro. No parecía asustada cuando oí su voz.

He visto a mi hija asustada antes. ¿Cuántas noches me he quedado dormida con ella después de una pesadilla? ¿Cuántos llantos he consolado?

Está viva y está en una habitación justo al lado de la mía.

Solo que no puedo hablar con ella.

—¡Gracie! ¡Gracie! ¡Gracie!

Sigo gritando como si alguno de mis intentos anteriores hubiera servido de algo.

—Por favor, Annie, déjame salir. Déjame ver a mi hija. —Camino de un lado a otro por la pequeña habitación con las manos extendidas, intentando no chocar con las paredes.

¿Qué tiene pensado hacerme esa mujer?

No está completamente oscuro. La única luz es el filo de la ranura en la parte inferior de la puerta. Intenté abrirla y pedir ayuda a gritos, pero también está cerrada desde fuera.

—¡Annie! —grito—. ¡Abre esta puerta! No le diré a nadie lo que has hecho. Deja que Gracie y yo nos marchemos y no diré ni una palabra.

Como nadie responde, vuelvo a romper en llanto. —¡Abre la puerta!

De repente, la bombilla que tengo encima vuelve a encenderse. Cierro los ojos, incapaz de ver con claridad.

La ranura en la parte inferior de la puerta se abre y oigo su voz. —Las llaves —dice con frialdad.

—¿Qué?

—Pasa las llaves por la ranura. —Como no respondo, eleva la voz.

—Déjame salir —digo.

—¡Las llaves ahora! Si no lo haces, pasarán cosas malas.

Rebusco rápidamente en mis vaqueros y tiro las llaves por la ranura. —Bien. Por favor, no hagas nada. ¿Puedo ver a Gracie?

—Se supone que no debo hablar contigo —dice Annie.

Me arrodillo y miro al exterior de la habitación. Veo las piernas de Annie y la parte inferior de su vestido, y mis llaves en el suelo.

—Annie, por favor —le suplico—. Déjame verla. Déjame ver a Gracie. Solo necesito ver a mi hija.

—Se supone que no debo hablar contigo —repite—. Son las normas. Yo no las he hecho. Así que no te hablaré más.

—¡Annie! Déjame—

Un papel vuela por la ranura. Lo recojo y veo que es uno que hizo Gracie.

Una figura de palitos oscura grita en lo alto de una escalera. En la parte de abajo hay dos figuras de palitos rosas con caras tristes.

—No te la mereces —dice Annie antes de cerrar la ranura.

—¡Espera! ¡Annie! —Miro hacia la bombilla, pero esta vez sigue encendida. Intento calmarme y me reconforta que al cabo de unos minutos la luz siga encendida.

Estar tanto tiempo en la oscuridad ha sido algo más que aterrador. Es insoportable.

Miro el dibujo que hizo Gracie. Comprendo al instante lo que representa.

Creía que no lo sabía. Creía que estaba en su habitación cuando ocurrió.

La noche que me caí por las escaleras. Me rompí el brazo. Tardé meses en curarme. Sé que afectó negativamente a Gracie, pero no creía que ella supiera lo que había pasado. Incluso puso tiritas en sus Barbies donde a mí se me dislocó el hombro.

No creía que supiera lo que había pasado. Fue la noche en que Roger perdió algo más que los nervios.

Fue la primera vez que sentí terror ante el hombre con quien me había casado.

De repente, la luz que tengo encima se apaga de nuevo.