Madre e Hija Capítulo 27
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Capítulo 27

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Termino de leer otro libro y lo cierro. Gracie me sonríe mientras acaba su sándwich de queso a la plancha. No es el almuerzo que me gustaría haberle preparado, pero he tardado más de lo esperado en volver de la guardería y sabía que tendría hambre.

—¿Otro cuento? —le pregunto a Gracie.

Ella niega con la cabeza. —¿Podemos hacer más manualidades?

Le dedico una sonrisa amplia. —Qué idea tan estupenda, cielo. ¡Sí! Vamos a hacer eso.

—Quiero hacerle un regalo a mi mamá —dice.

Le devuelvo una sonrisa tenue. Gracie estaba obsesionada con darme sus regalos de manualidades solo a mí. Ahora quiere hacerle uno a su madre. La razón por la que está aquí es precisamente su madre.

Saco una caja con papel y lápices de colores, y cada una empieza a hacer sus propios dibujos. Le digo que yo estoy dibujando uno para que ella se lo quede. Ella me repite que el suyo es para su mamá.

Mientras dibujamos, pienso en el intercambio que tuve con sus padres en la guardería. Concretamente con su padre. Es difícil no pensar en ello, ya que fue el regalo que Gracie me hizo lo que me impulsó a querer que se quedara conmigo.

Cuanto más descubrí sobre Roger Bradshaw, más me preocupé por Gracie. La observo mientras hace un montón de círculos con el lápiz rojo y empieza a dibujar una figura de palitos encima. Junto a la figura alta hay otra más pequeña.

—¿Sois tú y tu mamá? —pregunto. Gracie asiente. —Cielo —le digo con suavidad, y le pido que baje el lápiz—. El dibujo que me hiciste, el que tiene a tu papá, ¿lo recuerdas?

—¿Es el dibujo de Papá Monstruo? —pregunta con inocencia.

—Sí —digo—, ese. Ahora que estamos solas aquí, necesito preguntarte otra vez: ¿alguna vez te pegó papá?

Ella me mira un momento y baja la cabeza.

—Gracie, no pasa nada. Puedes contárselo a la Srta. Meadows. Puede que no lo parezca, pero soy muy fuerte. —Levanto el brazo e intento marcar bíceps—. ¿Ves? Así que ya no tienes que tenerle miedo a Papá Monstruo.

—Él no me pega —dice de nuevo. Es la misma respuesta que me dio antes. Entonces no me lo creí y ahora tampoco me lo creo.

—¿Te ha dado alguna vez en el trasero?

—A veces —dice.

Bien, ahora está abriéndose. —¿Y en la cara? —pregunto, frunciendo los labios—. ¿Te ha pegado alguna vez en la cara?

Gracie sonríe ante mi mueca graciosa, pero niega con la cabeza. —Grita. Me da miedo. Le da miedo a mamá.

Suspiro. Empiezo a cuestionarme lo que he hecho. Madre tenía una serie de normas para los niños que quería salvar, pero parece que incluso esa norma la estoy incumpliendo. Madre tenía que saber que los padres estaban pegando al niño antes de llevárselo.

Desde el momento en que Gracie me dio su dibujo, supe que algo iba mal. Intenté preguntarle, pero no quiso responder. La parte razonable de mí me decía que llamara a Protección de Menores. Un agente de protección podría investigarlo.

Madre me contaba historias de terror sobre padres dentro del sistema. Incluso con agentes de protección de menores implicados, podían ocurrirles cosas terribles a los niños.

No llamé a Protección de Menores. Hice todo lo posible por controlar mis impulsos de ayudar.

Entonces fue cuando vi a Gracie en el parque después de la guardería, hace unos días. Se estremeció cuando su padre la abrazó. Tenía miedo. Se notaba en la expresión de su cara.

Miedo de que la volvieran a golpear. No tendría que tener miedo estando yo aquí para protegerla.

Al día siguiente, cuando Gracie estaba aterrorizada de salir de la guardería con su padre, tomé una decisión.

Sarah Bradshaw no era mejor que Roger.

O era cómplice de lo que hacía su marido, o participaba en ello. De cualquier manera, Gracie no podía seguir con sus padres.

Protección de Menores no era suficiente.

Necesitaba ayuda de verdad.

Me necesitaba a mí.

Le pregunto a Gracie otra vez: —¿Pero papá nunca te pega?

—No —dice—. ¿Puedo colorear otra vez?

Asiento. —¿Y mamá? ¿Mamá te ha pegado alguna vez?

Gracie niega con la cabeza.

—¿Mamá te da miedo como papá?

Gracie vuelve a negar con la cabeza mientras da la vuelta al papel y empieza a hacer de nuevo círculos grandes, esta vez con un lápiz azul.

Suelto el aire, empezando a sentirme tonta. —¿Papá le ha pegado alguna vez a mamá?

Gracie deja de colorear por fin y me mira. Tarda un momento antes de negar con la cabeza, pero esta vez no tiene la misma actitud despreocupada que con las otras respuestas.

Sonrío, convencida de que estoy dando con algo. —Bueno, voy a subir tu plato vacío —digo, cogiendo su sándwich de queso a medio comer y el vaso—. ¿Sigues teniendo hambre? ¿Quieres algo de picar?

Gracie niega con la cabeza. —No, gracias —responde educadamente.

—Ahora vuelvo —le digo. Cuando salgo de la habitación, vuelvo a colocar el trozo de madera que bloquea la puerta y subo las escaleras.

Una vez en la cocina, abro un cajón y miro el dibujo que Gracie me dio hace varios días.

El que lo desencadenó todo. La imagen que no he podido quitarme de la cabeza desde que la vi.

En lo alto de una escalera hay una figura de palitos dibujada en negro.

Las líneas están trazadas gruesas y el personaje parece estar gritando con la boca abierta.

Al pie de la escalera hay dos figuras de palitos de color rosa.

La más alta está de rodillas y la figura de palitos más pequeña tiene el brazo de palitos sobre la otra, como si la consolara.

Ambas figuras de palitos rosas tienen caras tristes.