Capítulo 25
A nnie
Pongo el hervidor en el fogón para preparar una infusión nocturna.
Siempre me ayuda a calmarme antes de acostarme.
Soy una persona ansiosa y el sueño no llega con facilidad.
Aplicaciones para dormir, melatonina... he probado muchas cosas.
Da igual lo que haga: solo consigo descansar unas pocas horas por noche.
Ha sido así desde que era niña.
Madre me preparaba té cuando no podía dormir. Intentaba consolarme cuando lo necesitaba.
Igual que he hecho yo con Gracie esta noche. Le ha costado dormirse en la habitación. El sol sonriente la inquietaba hasta que por fin ha logrado quedarse traspuesta. Me he sentado junto a su cama y he leído más de los cuatro libros que le había prometido.
Incluso le he cantado algunas canciones de cuna que Madre me cantaba a mí de pequeña. Eso ha ayudado.
Cuando me ha preguntado si podía llamar a Sarah para darle las buenas noches a su madre, he vuelto a mentir. Le he dicho que mamá había salido con su padre. Era su noche de cita. Al fin y al cabo, por eso estamos haciendo nuestra pequeña fiesta de pijamas.
Mañana tendré que mentir de nuevo cuando me pregunte cuándo va a venir su madre a recogerla. Al día siguiente habrá otra mentira, y así sucesivamente.
Me doy cuenta de que no tengo ningún plan final sobre qué hacer. Actué por impulso y no planifiqué nada.
Esa era otra de las reglas de Madre. Planificar.
Ella tenía un objetivo final, pero es algo que me niego a hacer. No lo haré. No soy ella.
Gracie me necesita para salvarla, no para empeorar las cosas.
Por mucho bien que las buenas madres hayan hecho por los demás, no estoy segura de que la vida de sus hijos haya mejorado por ello. Sé que la mía no ha mejorado después de lo que mi madre hizo por mí.
No puedo dormir. Nunca podré dormir.
El hervidor empieza a silbar y lo retiro del fuego, vertiendo el agua caliente en mi taza.
Gracie está contenta ahora mismo, pero con el tiempo se pondrá triste, como los demás. Los niños siempre se alteran, sobre todo cuando comprenden que no van a volver a ver a sus madres.
Respiro hondo.
Me recuerdo a mí misma que estos son los buenos momentos. Gracie todavía confía plenamente en todo lo que le digo.
Aun así, me preocupa lo angustiada que está en la habitación. No pensaba que odiaría tanto el mural del sol que pinté. Cuando lo pinté con Madre, la intención era alegrar a los niños.
Pero ella tiene miedo.
Si supiera los horrores que han ocurrido en la habitación que tiene al lado, se consideraría afortunada de estar en la que está.
Un golpe en la puerta principal me sobresalta. Sacudo la mano y el té me cae sobre los dedos. Me quema la piel y los meto bajo el agua a toda prisa. La persona al otro lado de la puerta vuelve a llamar, con más fuerza esta vez.
Por un momento me preocupa que despierte a Gracie, pero recuerdo lo insonorizada que está la habitación.
Madre se aseguró hace mucho tiempo de que cualquiera que estuviera en la puerta principal lo tuviera muy difícil para oír a alguien en el sótano.
Sobre todo con la estantería colocada en su sitio.
Claro que la estantería no está en su sitio.
La persona al otro lado de la puerta vuelve a llamar.
Voy rápidamente hasta la puerta y la abro apenas un poco. Un hombre alto con uniforme de policía me saluda con una inclinación de cabeza.
—Buenas noches, señorita —me dice—. Estoy hablando con los vecinos de la zona sobre una niña desaparecida. —Me mira fijamente un momento y de repente cae en la cuenta de quién soy—. —Espere, usted es la profesora, ¿verdad?
Asiento con la cabeza. —Educadora infantil, como nos gusta llamarnos. Gracie es alumna mía. —Casi espero que el agente cruce mi puerta de un empujón y me exija que le diga dónde está la niña. En cambio, me dirige una mirada preocupada.
—¿Se encuentra bien? —pregunta.
—Lo mejor que puedo. ¿Ha habido alguna novedad?
—Sí —responde—. Hemos encontrado un lazo del pelo rojo en un callejón no muy lejos de aquí. Esperamos dar con alguien que pueda haberla visto.
Da un paso hacia delante y por un momento me preocupa que pida registrar mi casa. La estantería no ha sido movida. No le costaría nada a nadie encontrar las habitaciones secretas. No le costaría nada encontrar a Gracie durmiendo.
¿Cómo he podido olvidar las reglas de Madre? Volver a poner la estantería en su sitio cada vez que salgas de las habitaciones. No dar nunca la oportunidad de que nadie descubra lo que has hecho.
He sido de lo más descuidada con sus reglas desde que me llevé a Gracie. Había una razón por la que a Madre nunca la pillaron, y esa razón eran sus reglas. Puede que no quiera ser como ella ni hacer lo que ella hacía, pero, como ella, jamás quiero que me pillen.
—Solo quería decirle —comenta el agente en un tono más suave— que lamento saber que su madre no está bien. Solo la conocí una vez. Se jubiló poco después de que yo empezara en el cuerpo.
Esbocé una sonrisa tenue. —Gracias. Parece que mi madre gozaba de mucho respeto.
—Organizó nuestra comisaría tan bien que seguimos usando todos sus sistemas hoy en día. —Baja la vista hacia mi vestido y los estampados de pájaros que lleva—. —¿Le gusta trabajar con niños?
Sonrío. —Mucho.