Capítulo 20
S arah
Recorremos el barrio que rodea la guardería, saliendo del coche de vez en cuando para mirar alrededor y llamar a Gracie.
Ya casi no se ve nada. Sé que estamos empezando a poner nerviosa a la gente, y en un momento dado alguien abrió su ventana para gritarnos que nos calláramos.
Roger le respondió con una palabrota de cuatro letras que empezaba por «j» seguida de «a tu madre».
Por suerte, esa persona cerró la ventana antes de que la cosa fuera a más.
Lo último que necesitamos es que Roger acabe en la cárcel. Necesito su ayuda. Tenemos que trabajar juntos para encontrar a nuestra niña.
Nos encontramos con un agente que también está entrevistando a vecinos y dueños de negocios, llevando a cabo su propia investigación.
Roger asiente y le da las gracias por la ayuda.
El agente se dirige hacia un colmado y Roger le hace saber que ya habló con el dueño e incluso revisó las imágenes de la cámara del exterior.
El agente le da las gracias a Roger y se va.
Han pasado varias horas desde que alguien ha visto a nuestra hija. Si no estuviera tan centrada en encontrar a alguien que la haya visto, estaría hecha un ovillo llorando.
—Quizá deberíamos dejarlo por esta noche —dice Roger—. Han pasado horas y no hemos llegado a ninguna parte. Podemos madrugar, imprimir fotos suyas. Ponerlas por toda la ciudad. No sé.
—Yo me quedo aquí fuera —digo—. No voy a dejar que mi niña se congele esta noche. Eso. No. Va. A. Pasar.
Roger baja la cabeza. —No está aquí fuera.
—¿Y cómo lo sabes?
Se encoge de hombros. —No lo sé, la verdad. Pero hemos mirado en todos lados.
—Voy a revisar los callejones otra vez.
—Ya hemos pasado por allí un montón de veces.
—¿Ya te estás rindiendo? Hoy en la guardería pensé que te importaba encontrar a nuestra hija. Ahora, cuando las cosas no van como queremos, quieres irte. ¿Qué pasa, tienes miedo? ¿Crees que yo no lo tengo? Tenemos que encontrarla.
Se aparta de mí un momento, luego me mira de nuevo con los ojos llenos de rabia. —¿Por qué llegaste tarde? ¿No podías haber llegado pronto para variar?
—¡Llegar pronto!
—Ya he recibido un par de avisos de la guardería que demuestran lo tarde que llegas a veces.
—Claro —digo—. Qué lástima que estuvieras en el «trabajo» y no pudieras haber ido a recoger a Gracie tú mismo. O eso parece que hiciste.
—¿De qué demonios estás hablando? Yo no la recogí hoy. No estaba aquí. Estaba en—
—¡En el trabajo! —le corto—. ¡Sí, el trabajo del que te echaron hace meses! ¿Verdad? ¿Ese?
Roger se queda sin palabras. —¿Cuánto tiempo llevas sabiéndolo?
—Desde ayer —digo con sinceridad—. Me encontré con esa cualquiera, Heather, y me lo contó todo. ¿Cuántos días llevas mintiéndome?
Roger se queda junto al coche y mira la calle vacía. —¡Gracie! ¿Dónde estás? Sus gritos tienen un leve eco y me entristecen mientras intenta de nuevo invocar a nuestra hija desaparecida pronunciando su nombre tres veces.
No va a ser tan fácil.
—¡Me has estado mintiendo! —le digo a mi marido.
—Estaba intentando encontrar trabajo. Estaba—
—Ahora mismo eso me da igual. ¡Solo quiero encontrar a Gracie!
—¿Y yo no? —Mira su móvil—. La Detective Falls me ha enviado un mensaje. Quiere quedar en casa. Tiene más preguntas.
—Preguntas más bien para ti, Roger.
—¿Qué quieres decir?
—Le conté tus mentiras. No me puedo creer que nuestra hija haya desaparecido y tú le estés mintiendo a una detective sobre dónde has estado todo el día. ¿Por qué? ¿Solo para que yo no me enterara? ¿Creías que no me iba a enterar?
Suspira. —Bien, ya lo sabes. La detective también lo sabe. Eso no cambia nada. Aún tenemos que averiguar qué pasó.
—¡Ya lo sé! —grito señalando calle abajo—. Por eso voy a volver a los callejones.
Roger levanta el móvil. —La detective. Deberíamos ir a hablar con ella.
—Eso puedes hacerlo tú —digo—. Yo me quedo aquí hasta que la encuentre. Cogeré un taxi para volver a casa. —Empiezo a caminar hacia el callejón y noto que Roger me está mirando—. ¡Vete ya! —grito.
Oigo el ruido de la puerta del coche abriéndose y cerrándose, y el motor en marcha. Giro la cabeza un momento solo para ver alejarse a mi mentiroso marido.
No es culpa suya, pero no puedo dejar de pensar que si no hubiera estado siguiéndole todo el día a causa de sus mentiras, habría llegado a la guardería a tiempo a recoger a Gracie. Nada de esto habría pasado.
Si él nunca me hubiera mentido, nuestra hija estaría conmigo ahora mismo, y yo no estaría deambulando sola por un callejón de noche.
Esta no es muy grande y no es conocida por su criminalidad, pero en circunstancias normales jamás estaría aquí así, sola de noche. Al pasar por la parte trasera de un bar, dos hombres están fumando. Uno de ellos exhala el humo y me grita que me acerque a charlar con él.
Le ignoro.
Meto la mano en el bolso y cojo un manojo de llaves de casa, poniendo la más grande entre el índice y el corazón. Si alguien intenta acercárseme esta noche, no voy a tener tanta paciencia. Necesito encontrar a mi hija.
En el callejón apenas iluminado, cada vez resulta más difícil ver algo.
Saco el móvil y enciendo la linterna intentando ver lo que puedo.
Llamo a mi hija varias veces por su nombre pero no obtengo respuesta, salvo las carcajadas de uno de los dos hombres que están fuera de la parte trasera del bar, a mis espaldas.
Miro el móvil y me doy cuenta con angustia de que me queda menos de un quince por ciento de batería. Han pasado casi treinta minutos desde que Roger se fue, y sigo deambulando sin rumbo por los callejones, sin encontrar señal de vida salvo borrachos.
Me doy cuenta de que Roger tenía razón. Debería dormir algo, si es que eso es posible. Podemos pensar en algún tipo de plan sobre qué hacer.
Mientras el móvil ilumina parte del oscuro callejón, distingo algo entre un montón de basura. Al darme cuenta de lo que es, abro rápidamente las bolsas de basura que hay alrededor y lo tiro todo.
Mi hija no está aquí. Recojo el lazo rojo que usé esta mañana para atarle el pelo. Mi hija no está aquí ahora, pero en algún momento estuvo.