Capítulo 16
S arah
Nunca había dado tantas vueltas por mi casa. No consigo concentrarme. Al principio del día no quería nada más que gritarle a mi marido por mentirme.
Ahora solo siento tristeza por él.
La parte racional de mí sabe que no volverá pronto. Necesita mantener la mentira. No sabe que se le ha acabado el cuento. ¿Por qué iba a volver a casa de repente antes de lo habitual?
No va a hacerlo, pero eso no me impide seguir dando vueltas, intentando mantenerme ocupada mientras trato de pensar en cómo abordar la conversación que necesito tener con Roger.
Quiero que se sienta apoyado. Pase lo que pase con su trabajo, tiene que recordar que somos un equipo en esto. Aun así, necesito saber qué ha ocurrido.
No hay tiempo que perder esperando a que un psicólogo nos ayude a comunicarnos mejor. Necesito hablar con mi marido ahora. Me preocupaba su reacción, pero eso era antes, cuando estaba enfadada y a la defensiva. Ahora me siento más comprensiva.
Ver su coche entrar en el cementerio me golpeó con fuerza. Casi quise seguirle dentro, pero esta vez para revelar mi presencia. Me imaginé de pie a su lado mientras él estaba junto a la lápida de su padre, cogiéndole la mano.
No lo hice. En cambio, volví a casa e intenté mantenerme ocupada como pude viendo la televisión de tarde. Hay tanto drama en los programas que veo durante el día, pero por una vez tengo más en mi propia vida.
Cuando Roger llegue a casa, hablaremos de todo. Le diré la verdad sin más. Le contaré cómo me enteré. Le preguntaré qué pasó y no me alteraré.
No me voy a alterar, me recuerdo a mí misma.
Roger puede ponerse a la defensiva cuando hablemos, pero yo no haré lo mismo. Estaré tranquila y le apoyaré. Le recordaré los votos que hicimos el día que nos casamos. Mi marido lleva tiempo sin ser él mismo.
Sé que ya es hora de demostrárselo.
No me voy a alterar, me recuerdo a mí misma por tercera vez.
Miro el reloj del horno y me doy cuenta de cuánto tiempo ha pasado. De algún modo el tiempo se acelera cuando no quieres que lo haga.
De repente me asalta el pensamiento de que tengo que recoger a Gracie; esta vez llego más que tarde. Cobran por minuto de retraso y lo último que necesitamos ahora es pagar de más por la guardería.
Cojo el bolso rápidamente y salgo por la puerta.
Hago todo lo posible por llegar a la guardería antes de que cierre la recogida, pero es inútil.
Vivir en una ciudad pequeña no me va a ayudar hoy.
Llevo casi veinte minutos de retraso. Mientras conduzco frenéticamente entre el tráfico, la mente se me va pensando en cómo irá la conversación con Roger.
Hay muchas posibilidades de que esté en casa cuando regrese. Me echa para atrás. Solo quiero que vaya bien. No quiero que nos peleemos. No quiero que Roger pierda los nervios. No quiero que ocurran más accidentes. Lo último que necesita ver Gracie es a su padre enfadado otra vez.
Aparco en el aparcamiento y entro. Para variar, me recibe la supervisora del centro. Mabel arquea las cejas al verme.
—Ya sé, llego tarde —digo—. Lo siento muchísimo. Si me cobra, está bien. Es que ha sido un día de esos.
Mabel asiente con la cabeza. —De acuerdo. Yo creía que Gracie ya se había ido.
La miro, sorprendida. —¿Qué quieres decir?
—Solo queda un niño pequeño cuyos padres están por llegar. Estaba bastante segura de que Gracie ya se había ido.
Respiro hondo. Saco el móvil, pero no veo ningún mensaje de Roger. Él nunca la recoge. Lo de ayer fue una situación excepcional.
—¿Entonces la recogió Roger? —le pregunto.
Se le queda la boca abierta un momento. —Eso debe de ser.
Marco su número y espero impaciente a que mi marido responda. —¿No sabe si mi marido ha recogido a mi hija? —le pregunto a Mabel, algo molesta.
—No, lo siento. Normalmente la Srta. Meadows se encarga de la recogida y entrega de niños. Me temo que ya se ha marchado por hoy.
Como Roger no contesta, cuelgo y miro a Mabel. —Bueno, ¿dónde está?
La sigo por el pasillo. Un niño pequeño está sentado en un banco hurgándose la nariz.
—James —dice Mabel—, no te muevas de este banco hasta que veas a tu mamá, ¿de acuerdo? —El niño asiente con la cabeza y hunde el dedo más adentro.
Entramos en el aula vacía. Miro por todas partes e incluso abro la puerta de un armario.
—No lo entiendo —digo. Intento calmarme. Quiero decir, debe de estar con mi marido entonces, ¿no?
Mabel asiente. —Seguro que sí. La Srta. Meadows es muy cuidadosa con la recogida y entrega de niños. Es muy estricta con nuestras normas.
Recuerdo la conversación que tuve con ella esta mañana cuando me preguntó quién vendría a recoger a Gracie. Recuerdo su extraña sonrisa cuando le dije que sería yo.
—¿Puede llamar a Annie? —le pregunto—. Perdone, quiero decir, a la Srta. Meadows.
A Mabel se le vuelve a quedar la boca abierta. —Por supuesto. Voy al despacho y la llamo.
El niño pequeño del pasillo entra en la habitación. —¡Ha llegado mi mamá!
Mabel me mira. —Deje que resuelva esto en un momento y luego llamo a la Srta. Meadows, ¿de acuerdo?
Asiento agradecida mientras intento calmarme. Cuando la supervisora sale de la habitación, el móvil me vibra en la mano. Siento alivio al ver el nombre de Roger en la pantalla.
Cojo la llamada de inmediato. —Hola —le digo a mi marido—. ¿Está Gracie contigo?