Madre e Hija Capítulo 14
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Capítulo 14

S arah

Termino de secar y guardar los platos, mirando de vez en cuando a mi marido, que está tumbado en el sofá con el móvil en la mano.

Oigo a Gracie jugando con sus juguetes en la otra habitación. Escucho nuevas voces imaginarias saliendo de ella y me doy cuenta de que está jugando con las Barbies que le compró Roger. También llegó a casa con unos juguetitos del happy meal.

Roger se ríe para sus adentros, mirando fijamente el móvil, mientras coloco el último plato en el armario. Me pregunto por qué ese hombre no puede ayudarme más con las tareas de casa, teniendo en cuenta que literalmente no hace nada en todo el día.

¿Está buscando trabajo siquiera? Varios meses es mucho tiempo sin empleo. Roger lleva las finanzas de casa. Por lo visto, no le cuesta nada ocultar su inactividad.

Aun así, ¿cómo es posible que yo no supiera que no estaba trabajando?

De haberlo sabido, le habría puesto una escoba en la mano y le habría pedido que ayudara en casa por una vez. Normalmente soy yo quien hace la mayor parte de la limpieza y la cocina, dado que mi marido «trabaja todo el día».

No le he dicho que sé que ha estado mintiendo. En realidad, apenas le he dicho nada desde que volví de casa de mamá. Me quedé a cenar allí. Lo último que quería era estar en mi propia casa. Tenía miedo de lo que pudiera decir. Tenía miedo de que volviéramos a pelearnos.

Antes de cerrar el armario de arriba, miro la pila de platos perfectamente apilados dentro. Lo último que quiero es que Roger y yo nos peleemos como lo hicimos hace unos días.

Sé que tengo que decirle algo. Solo que no sé cómo abordarlo de una manera con la que me sienta bien.

¿Le tengo miedo a mi propio marido? ¿He llegado a un punto en el que me da miedo decirle algo por temor a cómo va a reaccionar?

Nunca pensé que acabaría así.

Roger aceptó ir a terapia. Por lo que sé, la terapia tiene mucho que ver con la comunicación. Vamos a tener más oportunidades de aprender a hablar mejor el uno con el otro. Eso lo sé.

¿Y si no le digo nada ahora sobre el hecho de que sé que no está trabajando? Solo necesito más ayuda para aprender a hablar de nuevo con mi marido.

Roger vuelve a reírse, viendo algún vídeo de monólogos cómicos en el móvil. Su risa me irrita. ¿Qué puede tener tanta gracia?

Parte de mí quiere abalanzarme sobre él, cogerle el móvil y estrellarlo delante de sus narices. De repente, ese miedo que le tenía desaparece.

Me siento en el sofá de enfrente.

—No te he contado lo de mi reunión con mi antiguo jefe —digo.

—Ah, ¿cómo fue? —Roger no apaga el móvil ni siquiera lo baja de su cara. Eso me irrita aún más.

—Me han dado mi antiguo trabajo —digo con una sonrisa forzada. Al menos uno de los dos tendrá empleo.

Baja el móvil. —¿En serio? Qué bien.

Me pregunto cuánto tiempo más habríamos aguantado sin que Roger trabajara antes de perder la casa o de que nos cortaran la luz.

Roger me dijo que habíamos ahorrado algo de dinero en el fondo de emergencia.

¿Cuánto quedaría en esa cuenta antes de que me lo dijera?

Ahora que voy a empezar a trabajar de nuevo, ¿cuánto más va a alargar sus vacaciones del trabajo?

—Empiezo dentro de unas semanas —digo.

Pone mala cara. —¿Por qué tanto tiempo?

¿Por qué pone esa cara?, me pregunto. ¿Será porque no nos queda dinero? ¿Necesitamos ya el sueldo de un trabajo para llegar a fin de mes? Ha estado comprándole Barbies y McDonald's a Gracie aunque tengamos comida en la nevera y nuestra hija tenga juguetes de sobra.

—Pronto empieza un período de formación. Mi jefa quiere que me actualicen, ya que llevo tiempo sin estar allí. Muchas cosas han cambiado en los últimos años.

Muchas cosas han cambiado también en mi propia casa.

—Ya —dice Roger—. Aunque me pregunto si podrías empezar antes.

—¿Por qué? —pregunto con inocencia—. ¿Vamos bien económicamente?

Roger asiente con rapidez. —Sí, es que sé que tú querías volver a trabajar. Además, la guardería es cara.

Recuerdo cuando empecé en JJ Insurance, hace años: a Roger le fastidiaba.

No quería que yo trabajara. Decía que podía mantenernos a mí y a nuestra familia.

Yo, como una tonta, le hice caso. No me arrepiento del tiempo que dejé de trabajar estando con Gracie, aunque sí me arrepiento de no haber aprovechado más ese tiempo con mi hija.

—¿Qué tal tu día en el trabajo? —le pregunto, esperando su respuesta con paciencia.

—Bien. —Espero a que diga algo más, pero no lo hace. No va a sincerarse ahora. No lo ha hecho en meses. ¿Por qué iba a empezar ahora? ¿Sobre qué más me estará mintiendo?

—Gracias por ir a buscar a Gracie hoy —digo—. Debió de ser difícil pedir permiso para hacerlo.

Roger casi parece fruncir el ceño, y por un momento tengo la sensación de que va a decirme la verdad. —Bueno, sí, tuve que hablar con mi jefe y no le hizo mucha gracia, pero le dije que es mi hija. Él también tiene hijos, así que lo entiende.

Me dan ganas de levantarme y clavarle el índice en el pecho, diciéndole que sé la verdad. Quiero decírselo tal cual, como hace él conmigo cada vez que nos peleamos. Cuando está enfadado, casi se le puede ver el humo saliendo de la cabeza.

Echo un vistazo a la mesa de la cocina, donde ocurrió la última pelea que tuvimos. Donde levantó la voz, me metió un miedo espantoso y rompió el plato, que estuvo a punto de darle a nuestra hija.

Fue un error, dijo. ¿Cuántos errores ha cometido mi marido? ¿Cuánto más debería aguantar? Nunca pensé que sería de esas mujeres que toleran la mitad de lo que he tolerado de mi marido.

Pero le necesito.

Pienso en el sonido que hizo el plato al romperse contra la pared. En el llanto de Gracie. En el miedo que sentí de que le hubiera dado o estuviera sangrando.

Me levanto, pero en lugar de enfrentarme a él, hago lo más sensato: fingir que no sé nada.

Roger vuelve a su móvil y a sus risas.

Yo vuelvo a hacer más tareas de casa.

Quizá sea mejor así.