Madre e Hija Capítulo 8
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Capítulo 8

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¿Qué hago con esta casa cuando mi madre muera? Es un pensamiento que me ronda desde que se mudó al centro de cuidados paliativos.

Aunque este lugar guarda recuerdos terribles. Lo odio.

Me quedo mirando fijamente la oscura habitación donde Madre solía encerrar a los niños que cogía. Una de las cuatro paredes está pintada de blanco, con un cielo azul en la parte superior. En el centro hay un sol amarillo con cara sonriente. Recuerdo el día en que mi madre la pintó.

Fue idea mía. Pensé que los niños estaban tristes y que un mural les ayudaría.

Por mucho que me guste creer que todo fue obra de mi madre, yo también participé. La ayudé.

Me imagino quemando esta casa hasta los cimientos. No desearía nada más que verla, y todos los recuerdos que la acompañan, convertidos en cenizas.

¿Me ayudaría eso a superar lo que ella hizo?

Pienso de nuevo en Gracie Bradshaw.

—No soy tú —le digo a la habitación vacía. Miro el sol sonriente y, sin poder contenerme, le maldigo—. ¡No soy mi maldita Madre! —Cierro la puerta.

Lo que hizo Madre estuvo mal. Puede que de niña pensara de otra manera, pero ahora que soy mayor sé distinguir.

Al ir haciéndome mayor, comprendí que era demasiado pequeña para entender lo que estaba pasando. Madre me decía que les estábamos ayudando, después de todo. Ahora sé que mentía.

Puede que esté enferma y moribunda, pero ya estaba enferma antes del diagnóstico de cáncer. Era lo que muchos considerarían un monstruo.

Y yo soy su hija.

¿En qué me convierte eso a mí?

Me apoyo contra la pesada puerta. El exterior es de madera, pero por dentro es de acero. Casi imposible de derribar. Se cierra con llave desde fuera, y Madre incluso instaló unas escuadras para colocar un tablón de madera y reforzar la puerta en caso de que alguien intentara escapar.

Casi puedo oír ahora los gritos ahogados de quienes estuvieron encerrados en estas habitaciones.

Golpeo la puerta con el puño por la frustración.

El sonido me trae el recuerdo de un niño que una vez estaba al otro lado, aporreando la puerta para que vinieran sus padres.

Quise abrir la puerta de inmediato, pero Madre no me lo permitió.

—No lo entiende —me había dicho Madre cuando vio las lágrimas que me rodaban por la cara. Se llamaba Billy Hopkins. Me acuerdo del nombre de todos ellos.

Madre no me permitió soltar a Billy ese día. Siguió mintiéndome y diciéndome que les estábamos ayudando.

Sé que es mentira.

Madre es una mentirosa. Lo que hicimos estuvo mal.

Cuando cumplí dieciocho años, empecé un diario y anoté todos los recuerdos que tenía de cada niño encerrado en esta habitación que podía recordar.

Si tuviera algo de valentía, caminaría unos pocos bloques desde mi casa hasta la comisaría y lo entregaría como prueba.

Le daría el libro al oficial Rayton en persona para que dejara de romantizar cómo creía que era mi madre y viera, de una vez, con lo que yo conviví toda mi vida.

¿Qué haría conmigo la policía? La respuesta era evidente. Era la cómplice involuntaria de mi madre.

Aunque tampoco era tan involuntaria cuando no era más que una estúpida niña. Ayudé a Madre con entusiasmo en lo que hacía, creyendo que servía de algo.

Con el tiempo, también empecé a incluir en mi diario recortes de periódicos antiguos sobre los niños desaparecidos. Documenté todo lo que pude.

Madre dijo que lo dejó cuando yo cumplí dieciséis años. Claro, ya no encerraba a más niños en nuestro sótano, pero ¿cómo sabía yo que no hacía otras cosas fuera de esta casa?

Los niños seguían desapareciendo. ¿Cómo sé que mi madre no tuvo algo que ver en eso también?

Por mucho que la quiera, estoy lista para que muera. ¿Es triste pensarlo? Es mi madre, pero también es un monstruo.

Yo no soy como ella.

Jamás haría las cosas que ella hizo. Jamás.

Subo despacio las escaleras hasta la planta principal de mi casa. Estoy atrapada en esta casa para siempre. Nunca podré venderla. Si lo hago, es cuestión de tiempo que el mundo descubra lo que hicimos en este sótano.

Quizá lo único que pueda hacer es prenderle fuego. Si alguna vez tengo el valor de hacerlo, debería incendiar esta casa y quedarme dentro, viéndola destruirse, y conmigo también al final. Justicia poética por lo que ha ocurrido aquí.

Me siento a la mesa de la cocina y pienso en prepararme un té. La bebida caliente siempre me calma cuando me altero, lo que ocurre con frecuencia.

Sobre la mesa hay una colección de dibujos que los niños de la guardería me han hecho estos últimos días. A veces, cuando bebo el té, los miro para recordarme quién soy de verdad.

Una buena persona.

No soy mi madre. No me parezco en nada a ella. Yo quiero ayudar a los niños de verdad. Pongo agua en el hervidor y enciendo el fogón, mirando los dibujos de la mesa mientras espero.

Cojo uno que tiene unos cuantos garabatos. En la parte inferior está la letra M. Matthew me lo dio ayer y dijo que era un regalo. Dijo que las líneas eran de algún modo un fantasma. No sé muy bien cómo podría verse un fantasma en lo que había dibujado, pero le agradecí el regalo de todas formas.

Recibo muchos regalos de los niños. Me quieren. De verdad.

Miro algunos otros dibujos que me han hecho.

Lana me hizo un dibujo bastante logrado de un girasol, con una figura de palitos sin piernas a su lado.

Dijo que era yo oliendo la bonita flor. Sin duda se inspiró en el vestido que llevaba ese día, con distintas flores estampadas.

Me encanta vestir como lo hago en el trabajo. A los niños les hace muy felices.

El hervidor empieza a hervir y un leve silbido sale por el pitorro.

Respiro hondo mientras cojo el dibujo que Gracie me hizo hoy. Su regalo era distinto al de los demás.

Era especial.

Me necesita.

Ella no lo sabe, pero me necesita. Igual que yo no lo sabía cuando necesitaba la ayuda de Madre.

Mi madre se está muriendo ahora. Ya no está para hacer nada. No puede salvar a una niña como Gracie ahora.

Solo estoy yo.

¿Pueden los actos terribles de nuestros padres transmitirse a sus hijos a través de los genes? ¿Soy el mismo monstruo que era mi madre?

Miro el regalo de Gracie y sé que no me parezco en nada a mi madre. Yo nunca llegaría tan lejos como ella.

No tengo que ser como mi madre, pero Gracie me necesita.

Necesita volver a ser pura.