Capítulo 5
R oger
Estamos sentados a la mesa del comedor. Normalmente, en casa hay mucha más conversación. Hoy es diferente, y sé que es culpa mía.
Hay un elefante en la habitación, y ese elefante soy yo. Gracie picotea las verduras del plato y evita comerse más del taco, al que apenas ha dado un mordisco.
Sus hábitos con la comida me desconciertan. Tiende a no comer mucho, pero cuando descubrimos algo que le gusta, Sarah intenta incorporarlo más a menudo en la cena. Hace casi dos semanas se zampó un taco. Sarah lo ha preparado varias veces más desde entonces, pero hoy apenas ha probado bocado.
Sarah mira el plato de Gracie y luego me mira a mí. Ya sé lo que está pensando.
—¿Por qué no come nuestra hija?
Normalmente sería más exigente con mi hija, pero algo me dice que levantar la voz en este momento solo empeorará las cosas. Desde luego que ayer no las mejoró en absoluto.
—Gracie —dice Sarah, mirándola con seriedad—, tienes que comer, cariño. ¿Recuerdas lo que te dijo el médico?
Gracie empuja un ramillete de brócoli por el plato. —No —dice.
—Tienes que comer más —le recuerda Sarah—. Necesitas comida para crecer grande y fuerte, pero no lo harás si no te comes lo que tienes en el plato.
—Es que no tengo hambre —dice Gracie, haciendo pucheros. Es algo nuevo que hace cuando no quiere hacer lo que le pedimos. He de reconocer que me derrite el corazón cada vez, pero en este momento Sarah es inmune a su encanto.
—Acábate el taco, solo ese —dice.
—¿Puedo ir a jugar con mis juguetes?
—Cómete el taco y podrás.
—Venga, Gracie —intervengo yo—. A comer, como dice Mamá.
Gracie me echa un vistazo. Por un momento, veo en sus ojos algo que reconozco demasiado bien.
Miedo.
¿Va a volver a gritar Papá si no lo hago?
¿Cómo le digo a una niña de cuatro años que no lo haré? ¿Cómo?
Cuando yo tenía su edad, mi padre hacía mucho más que gritar. El cinturón en el trasero llegaba tan rápido como cualquier intento suyo de usar primero las palabras.
—Bueno, Gracie —digo—. ¿Qué tal unos cuantos bocados más?
—¿Uno? —pregunta. Levanto dos dedos, y le lleva un momento procesar lo que le estoy pidiendo. —Bueno, dos. Dos bocaditos pequeños. —Me sonríe, y el corazón se me alivia. El miedo que había notado en sus ojos ya no está. Ha vuelto a sonreírme como siempre. Ya no soy el monstruo de anoche.
Recuerdo haber conocido al monstruo que era mi padre. Lo odiaba. Nunca quise ser como él, y sin embargo ayer mi pequeña me miró de la misma manera en que yo miraba a mi padre.
—Roger —dice Sarah—, necesita comer.
Sonrío. —No pasa nada, le prepararé algo contundente antes de acostarse.
—¡Listo! —dice Gracie, terminando los bocados más pequeños que uno pueda dar—. ¿Ya puedo jugar?
—Espera —digo—. Primero necesito hablar contigo.
Ayer, ¿te asustó Papá? Gracie mira a su madre y luego a mí, antes de asentir despacio con la cabeza.
—Ya sé que sí. Lo siento, Gracie, ¿vale?
—Ella no contesta y sigue mirándome. —A veces, los papás y las mamás se pelean, ¿vale?
A veces, los papás se pueden pasar de la raya.
Sarah carraspea. —A veces las mamás también se pueden pasar.
Miro a mi mujer y sus palabras me reconfortan. —Bueno, ayer Papá se pasó de la raya, y gritó, y os asustó a ti y a Mamá. Lo siento, cariño. Pero no quiero que tengas miedo de Papá, ¿vale?
Gracie sigue mirándome fijamente, y me pregunto qué estará pasando por su cabecita. ¿Está oliendo la mentira?
Claro, Papá. Lo sientes hasta la próxima vez que pierdas la paciencia.
Era un pensamiento que tenía de pequeño; la única diferencia es que mi padre nunca se disculpó.
Pero yo no soy como él.
—No tienes que tener miedo de Papá —repito—. Te lo prometo. Ahora ve a jugar con tus Barbies. —Gracie sonríe y se levanta de la mesa. Corre hacia un pequeño baúl de juguetes que tenemos en el salón, saca varias figuritas y enseguida empieza a hablar con sus voces de fantasía.
Suelto el aire despacio mientras observo a mi pequeña, odiándome por haberla hecho sentir ayer como la hice sentir.
—Te quiere —me recuerda Sarah, dándome una palmadita en la pierna—. Yo también.
Asiento. —Es que… no sé cómo perdí el control así. Lo-lo siento, Sarah.
Ella me sonríe. —Acepté las flores que me trajiste. No las estrellé contra el suelo ni nada de eso. Estamos bien. —Respira hondo—. ¿Has ido a ver a tu padre hoy?
Niego con la cabeza. —No —digo—. Pensé en ir al cementerio, pero decidí no ir. El trabajo estaba demasiado liado. No tuve tiempo.
—¿Quieres que vayamos juntos? —pregunta.
Le agradezco su apoyo en todo esto. Antes pensaba que perder a un padre era lo peor que podía imaginarse.
Sabía que iba a pasar. Es el orden lógico de la vida. Primero murieron mis abuelos, luego me hice mayor y tuve mi propia hija, lo que significa que los siguientes en irse son mi padre y mi madre.
Fue Papá quien murió primero. Un infarto masivo mientras veía un partido de baloncesto.
De pequeño, me imaginaba cómo sería cuando mi padre muriera. A veces me imaginaba siendo indiferente. ¿Y qué? El viejo se ha ido. ¿Qué hizo él por mí?
Otras veces me imaginaba llorando ante su féretro.
La realidad fue mucho peor. Era todas las emociones que te puedas imaginar a la vez. Alegría. Tristeza. Rabia. O una mezcla de todo al mismo tiempo.
¿Cómo se llora a alguien a quien nunca quisiste de verdad?
Eso ha sido duro. Sí quería a mi padre, pero de una manera distinta a la mayoría.
Hoy estoy triste. Ojalá siguiera aquí. Ojalá nos hubiéramos reconciliado. Ojalá hubiéramos podido conectar aunque fuera una sola vez antes de que muriera.
Ayer estaba lleno de rabia, y la descargué sobre mi familia.
Han pasado meses desde que murió y sigo hecho un desastre.
—Estoy bien —le digo al fin—. Gracias por ofrecerte.
—Pues aquí estoy para lo que necesites, Roger. Dímelo, y aquí estoy.
Asiento y sonrío. —Gracias.
Sarah no ha perdido a ningún padre. Los tiene a los dos, aunque también está preocupada por el suyo. Hace más de un año que sufrió un ictus que le dejó casi sin movilidad ni habla. Desde entonces apenas puede valerse por sí mismo y es mi suegra quien cuida de él prácticamente en su totalidad.
Estaba convencido de que él sería el primero en marcharse, hasta que mi padre se le adelantó.
Reuniendo el valor para mirar a mi mujer a los ojos, le doy las gracias de nuevo. Sus ojos son cariñosos y están llenos de amor. Me pregunto qué verá Sarah cuando mira los míos.
¿Están llenos de ira? ¿De rabia? ¿Hay en ellos algún atisbo de amor como en los suyos?
Ya ni sé quién soy.
—¿Has visto hoy a nuestra pequeña jugando con los otros niños en el patio de recreo?
—dice Sarah con una sonrisa. Ha estado muy preocupada por Gracie.
Yo le digo que estará bien cuando empiece el colegio.
Eso no impide que mi mujer esté pendiente de ello.
Es la razón principal por la que está en la guardería, aunque no nos lo podamos permitir.
—Sí —digo—. Ya ves, te dije que no te preocuparas.
Ella asiente. —Eso mismo me dijo su maestra de la guardería, pero no sé.
—¿La mujer alta y rara con los vestidos tan llamativos?
—Esa misma —dice Sarah con un tono particular. Cada vez que Gracie habla de su maestra de la guardería, Sarah usa esa misma voz plana cuando habla de la mujer.
Algo en ella resulta extraño. Puede que sea un poco rara y excéntrica, pero está claro que a Gracie le encanta estar en su clase. A veces me pregunto si parte de mi mujer siente celos de que otra mujer reciba el tipo de atención que Gracie solo le daría a ella.
—Oye, no te he contado —dice, cambiando de tema—. Me encontré con Drew, del trabajo.
—Drew —repito, intentando no parecer sorprendido. ¿Lo sabe? ¿Se lo ha contado Drew? —¿Dónde viste a Drew? ¿Hablasteis?
Niega con la cabeza. —No, fue en el centro comercial hace unos días, cuando llevé a Gracie a comprarle ropa nueva. Iba demasiado adelantado. No pude llamar su atención. ¿Conoces a su mujer, Jenna, se llamaba? Lo pasé genial la última vez que quedamos todos. Deberíamos invitarlos a casa otra vez.
Una oleada de calma me invade. Menos mal que no hablaron. Eso es lo último que necesito. —Sí, sería estupendo —miento—. Le llamo y lo organizamos. —Otra mentira, claro. Hasta que no le diga la verdad a Sarah, eso no va a pasar.
Sarah se levanta y empieza a recoger la mesa. Justo cuando me sentía reconfortado, una nueva oleada de culpa me golpea.
¿Qué les estoy haciendo a mi familia? Son perfectos. Soy yo quien lo está estropeando todo.
Debería contarle a Sarah la verdad sobre lo que hago cada día. ¿Cuántas mentiras he dicho a lo largo de estos meses? Pronto no podré seguir ocultándolo.
Miro a mi hija jugando con sus Barbies y luego a mi mujer recogiendo la cocina. —Oye, ¿y si salimos? —digo.
—¿Qué tienes en mente?
—Pues creo que mi pequeña necesita un juguete nuevo. ¿Una Barbie nueva? O una muñeca, o lo que sea.
Gracie se pone en pie de un salto, entusiasmada. —¡Sí! ¡Vamos!
Sarah me mira. —Roger, ayer me dijiste que andábamos justos de dinero.
No quiero recordar nada de lo que dije ayer.
Hoy soy otro hombre. —Estamos bien —miento—.
No te preocupes por el dinero. Esta noche quiero salir con mis dos chicas favoritas.
—Gracie me dedica una sonrisa de oreja a oreja, y de repente me siento el padre que estaba destinado a ser.
—¡Y! —digo, alargando el momento con una pausa dramática—.
Después del juguete, vamos todos a tomar un helado.
Ahora tanto mi mujer como mi hija me miran, con la alegría pintada en la cara, y vuelvo a sentirme bien.