Mademoiselle Dupont cierra siempre su tienda a las seis (Club Astarea 1) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Si le digo la verdad, yo no estoy tan seguro de que el inspector Canterbary acepte semejante trato —masculló Richard. Darlington lo miró con una expresión casi indulgente.

—No presione mucho más, inspector. Confórmese con esto y con mi palabra de que todas las piezas falsas de este lugar van a ser retiradas de inmediato.

No puede lograr más, porque no voy a permitir que mi padre vaya a la cárcel.

Si estoy aquí, haciendo esto, es por él y por la memoria de mi madre.

No quiero un escándalo, pero entiendo que este asunto tiene que solucionarse.

Por eso, tendrá un culpable, el que se decida. Lo toma o lo deja.

Richard lo sopesó unos momentos.

—De acuerdo. Un culpable. Uno de verdad culpable, insisto en ello. Y ese —señaló al americano, que apretó los labios, empezando a perder su habitual gesto impasible—, en cualquier caso.

—Bien. —Darlington se volvió hacia su padre—. Mañana quiero que alguien se presente en Scotland Yard, ante el inspector Canterbary, y confiese estar detrás de todo el asunto de la falsificación. De no ser así, tendré que ir yo y tomar medidas que...

—Tonterías, no lo hará —dijo el americano—. ¡Vamos! Acaba de afirmar que no va a permitir que caiga el escándalo sobre su familia. —Lanzó una risa burlona—. Si quiere jugar a estas cosas, lord Darlington, más le vale no mostrar sus cartas demasiado pronto.

—Bueno, Harris, créeme si te digo que no me había olvidado de ti.

Como ya has oído, tú formas parte del trato en todo caso.

El inspector Canterbary desea tu cabeza y sabes que me encantará dársela.

De modo que saca con mucho cuidado la pistola y apóyala sobre la peana que has dejado libre de un modo tan oportuno. Y no hagas tonterías. Estás detenido.

El hombre lo miró con cautela.

—¿Yo? ¿Por qué? No puede demostrar que tenga nada que ver con esto.

—La señora Row te ha identificado como el ladrón.

—Solo es una zafia limpiadora, una mujerzuela que... —El bastón de Darlington le cruzó la mejilla, dejando una línea roja—. ¿Qué?

—Perdona. Annie tiene mucha personalidad y le molesta que hablen mal de las damas. Todavía quiere pegarte más.

—Está usted loco. ¡Y será la palabra de esa mujerz... contra la mía! ¿A quién piensa que creerán?

—Ay, casi —repuso Darlington, simulando controlar el bastón—. Y, sí, es cierto. Pero, tranquilo, que no te acusaremos de eso. Te acusaremos de entrar a robar el otro día a la tienda de mademoiselle Dupont. Verás, justo pasaba yo por allí y pude defenderla, pero...

—¡Ja! —se burló Harris—. Eso son tonterías. Yo no le he robado a nadie.

—No seas idiota —replicó Darlington disfrutando del momento—. Mañana tendré diez testigos asegurando que trataste de robar en la tienda. —Sonrió de oreja a oreja—. Además, será tu palabra contra la mía. ¿A quién piensas que creerán?

Harris entrecerró los ojos. De pronto, empujó bruscamente a lord Goldway contra su hijo, para hacerse hueco, y trató de salir corriendo.

Pero, de repente, saliendo de algún escondite, dos hombres con el uniforme de Scotland Yard le apuntaron con sus pistolas.

Richard avanzó, lo cacheó y le quitó el arma.

—Bueno, yo pensaba que el inspector era un poco exagerado, con su insistencia en traer refuerzos, pero está claro que tenía razón. Gracias, Canterbary —dijo el vizconde.

—Un placer.

Los hombres se llevaron a Harris, y Darlington se volvió hacia su padre.

—Ya está todo dicho. Lord Finesword va a hacer una revisión de todo. Y tú te irás a nuestra casa de Kent y te quedarás allí muy quieto, muy tranquilo, hasta que me demuestres que se puede volver a confiar en ti. Nada de nuevas deudas. Nada de juegos. Voy a darte de baja de Brooks’s.

Su padre abrió mucho los ojos.

—No te atreverás.

Darlington agitó la cabeza.

—Créeme, te estoy haciendo un favor. Sé a ciencia cierta que se está corriendo la voz por todo Londres de que hay piezas falsas en esta galería. De dejar las cosas así, nadie querría volver a comprarte nada, nunca. Ni aunque se lo vendiese un emperador chino en persona.

Lord Goldway se mostró inquieto.

—¿Eso se dice?

Darlington miró de reojo a lady Penelope y a la señorita Thompson, que parecían sumamente inocentes.

—Ya ves. Rumores. Rumores que espero que terminen por completo en cuanto lord Finesword se haga personalmente responsable de la autenticidad de nuestras piezas. —Miró a Nomy—. ¿Le hace gracia lo que digo, señorita Thompson?

Ella negó con la cabeza, aunque seguía sonriendo.

—No. Al contrario, milord. De verdad que lo admiro.

Él sonrió. Y Blanche se preguntó por qué el acompañante de sir Justin, aquel joven que suponía era su socio, los miraba alternativamente con el ceño fruncido.

Al día siguiente, el director de la galería, el señor Matheson, se presentó en Scotland Yard ante el inspector Canterbary y reconoció haber falsificado la pieza del jarrón y haber vendido la auténtica para lucrarse.

Mientras paseaba con Blanche, Richard no se mostró del todo conforme.

—No dudo de que tenga una culpa directa en todo esto. Además, el muy canalla no dejaba de empeñarse en encerrar a la señora Row. Pero no es el máximo culpable, y todos lo sabemos.

—Sí —admitió ella—. Pero tenemos que saber qué batallas podemos ganar a cada momento. Hoy hemos salvado a la señora Row, Richard. Creo que es suficiente. Ahora deberíamos centrarnos en nuestra boda.

Él lo pensó unos momentos y asintió.

—Querida, estoy totalmente de acuerdo.