Capítulo 14
B lanche cerró a las seis, como siempre, se arregló rápido y se dirigió en un coche de alquiler a la galería.
Al llegar vio que solo había luces en una zona del piso bajo.
Ya desde la puerta, antes de llamar, oyó las voces.
Había un buen número de gente dentro, entre ellos Richard.
Cuando un hombre —quizá el portero— salió a abrir y la llevó hasta el lugar de la reunión —una de las salas de exposición, con distintos jarrones en sus peanas—, acudió presto a recibirla.
Le dio un beso en la mejilla.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella, preocupada. Él agitó la cabeza.
—No lo sé. Pero no te apartes de mi lado.
—Bien. Pues creo que ya estamos todos —dijo entonces una voz que le resultó conocida.
Miró hacia el punto en el que convergían todas las miradas y se encontró con la figura de Darlington.
El vizconde Darlington, tan apuesto y elegante como el día en que se presentó en su tienda—.
Gracias a todos por acudir a mi llamada.
—Espero que tengas una buena justificación para esta pantomima —gruñó el hombre que tenía a su lado, un individuo de mediana edad, igual de elegante y con unos rasgos muy similares. Con toda probabilidad, era su padre, lord Goldway, aunque los ojos debían haberle llegado por parte de madre.
Al pasar la vista por la sala, vio que también estaban allí lady Penelope, del brazo de un anciano —la saludó con la mano libre—, y la señorita Thompson, acompañada de un par de jóvenes. Uno seguro que era sir Justin, el baronet, su hermano.
La señora Row también estaba presente, aferrada a su paraguas como si contase con su protección para defenderse de toda aquella gente.
Y otros hombres, uno seguro que el director del sitio, por su aspecto tenso, que se volvía servil al dirigirse a lord Goldway.
Y otro individuo que Blanche no reconoció, pero que tampoco le resultaba extraño del todo.
Se tensó al pensar que podía tratarse del hombre que la había amenazado en la tienda, el americano. Sí, seguro que sí. De hecho, la estaba mirando con una sonrisa fría en los labios. Blanche apartó la vista, nerviosa.
—¿Ocurre algo? —le preguntó Richard. Ella negó con la cabeza.
—No, no...
Por cómo la miró, no debió creerla, y sus ojos se dirigieron hacia el desconocido. Este siguió sonriendo unos segundos, pero no tardó en moverse inquieto.
Quizá Richard hubiese hecho algo más, pero Darlington, que se había quedado observando unos segundos a lord Goldway, se decidió por fin a contestarle.
—Sin duda alguna, padre. Jamás me atrevería a iniciar algo así de forma arbitraria.
Quiere razones. Bien. El honor de nuestra familia y, sobre todo, la memoria de mi madre seguro que le parecen suficientes.
Le recuerdo que esta galería lleva su nombre.
Y un escándalo sobre esta la salpicaría a ella, que fue siempre una dama elegante y digna, y muy amante del arte.
—¿Y a qué la mencionas? No creo que...
—Por favor, deje que termine. Según se me ha indicado, el famoso jarrón que perdimos recientemente era una falsificación.
—¡Eso es mentira! —bramó lord Goldway—. Algo urdido por el abogado de la culpable, para salvarla de las consecuencias de su torpeza.
—Lo animo a no enojarme más de lo que ya lo ha hecho, lord Goldway —replicó sir Justin. Darlington le pidió la palabra con un gesto. Blanche recordó que habían comentado que eran amigos desde el colegio.
—Me consta la honradez de sir Justin. Pero, en todo caso, tenemos algún resto gracias a la previsión del inspector Canterbary y al...
arrojo de lady Penelope Wilson. Su abuelo, lord Finesword, aquí presente, los ha examinado, y supongo que todos conocemos su excelente reputación y lo mucho que sabe sobre el tema. ¿Lord Finesword?
—Mmm... Sin duda los fragmentos corresponden a una falsificación realizada en cerámica —replicó el anciano, un hombre alto y todavía fuerte, de pelo muy blanco.
Con una toga, hubiera podido parecer uno de esos antiguos griegos que tanto entusiasmaban a lady Penelope—.
Y fíjense todos que he dicho «cerámica» y no «porcelana».
Los que entienden de estos temas saben por qué importa semejante distinción, en cuanto a un jarrón Ming.
El director de la galería carraspeó.
—Yo... ya sabe que respeto mucho su reputación, lord Finesword. Pero, si se trata de cerámica, es que no son los trozos del jarrón que se rompió aquí. Sin duda alguna los han sustituido.
—No ha sido así —afirmó Richard—. Los recogí yo mismo, la noche del suceso, y...
—No puede demostrarlo —dijo de pronto el americano. Habló con aquella voz fría, y todos lo miraron, inquietos—. Le aconsejo que no se meta en más problemas de los debidos.
—¡Es él! ¡Ese es el acento! —exclamó la señora Row, mirándolo con ojos brillantes—. ¡Es el ladrón, el que rompió el jarrón!
El americano la miró con desdén.
—Será mejor que te calles, mujer. No digas tonterías. Bastante lío has montado ya. Calla o te arrepentirás.
Richard frunció el ceño.
—¿Cómo se atreve? No la amenace.
—Le he dicho que no se meta en más problemas de los debidos, inspector. No puede demostrar nada. No puede salvarla. Las cosas son como son.
—Quizá no pueda demostrarlo de otro modo, pero sí puedo testificar al respecto.
—No sea idiota. Mañana tendré diez testigos asegurando que no fue así, y que si habla es porque ha pedido un dinero que lord Goldway se ha negado a darle.
Richard lo miró con ojos entrecerrados.
—¿Quién demonios es usted?
—Solo un mensajero.
—Ah. El de la bala, claro. —Miró con censura a Blanche, que se ruborizó—.
Ya hablaremos más tarde. No crea que eso va a quedar impune.
—El americano se limitó a sonreír, un hombre seguro de que se encontraba más allá de su alcance—.
Y yo lo haré, claro que sí. Les aseguro que formaré un buen escándalo con todo esto.
Lord Goldway le lanzó una mirada venenosa.
—Si lo hace su carrera estará acabada, Canterbary. Lo sabe. Por no hablar de que no servirá de nada.
Richard sonrió.
—¿Me está amenazando con cometer más delitos todavía para destruirme, lord Goldway?
—¿Delitos? No. —Sí, pero jamás lo diría directamente—. Soy un caballero. Pero nadie me reprocharía hacer lo posible para salvar mi honor.
—Desde luego que no —intervino Darlington, antes de que aquella reyerta continuase hasta el amanecer—.
Por eso los he reunido aquí. Dado que está en entredicho la reputación de la galería, y que se insiste en que el jarrón era auténtico, vamos a proceder a examinar todas las piezas que quedan.
—Hizo un gesto cortés hacia lady Penelope y su abuelo—.
Lord Finesword, milady, sé que es mucho pedir, pero, por favor, podrían comprobar...
Lord Goldway abrió mucho los ojos y dio un golpe en el suelo con el bastón.
—¡Alto! ¿Qué es esto? ¿Cómo se atreven? ¡No he pedido tal cosa! ¡Y yo soy quien manda aquí!
—Ya, bueno... —Darlington se cruzó de brazos—. Como ya te has dado cuenta, está presente un inspector de Scotland Yard, y yo le pido, como alguien directamente implicado en las posibles consecuencias, que se compruebe.
—¡No tienes derecho a hacer algo así!
—Quizá no. Pero hasta que lleguen tus amigos, esos tan importantes que harán lo posible por ayudarte a costa de lo que sea, aquí se comprobarán las piezas y más tarde, ya sobre seguro, haré que venga un grupo de expertos enviados por la reina.
—Lord Goldway palideció. Darlington hizo un gesto a lady Penelope, que fue a acercarse a una peana con un jarrón blanco, plano.
El americano dio un paso en aquella dirección, barrió la zona con el brazo y el jarrón cayó al suelo, donde se rompió en pedazos.
Darlington rio—. ¡Bien, ese era falso! ¡Vamos por buen camino, y sin demoras inútiles, gracias por su colaboración, Harris!
Inspector, por favor, recoja los pedazos y pasemos al siguiente. Vamos.
—No —volvió a ordenar lord Goldway. Parecía a punto de tener un ataque—. Alto. Basta ya.
Darlington lo miró con firmeza, pero también con algo de pena. Blanche comprendió que aquello debía ser difícil para él. Muy difícil. Al fin y al cabo, era su padre.
—No. No se va a detener —afirmó—. Espero que te des cuenta, padre, de hasta qué punto estoy decidido a terminar con todo esto.
—¡Pero es que ya estaba terminado! ¿No lo entiendes? ¡La limpiadora rompió el maldito jarrón! —La señora Row escondió el rostro entre las manos, horrorizada por lo que estaba ocurriendo—. ¡Irá a la cárcel y...!
—¡No! —replicó Darlington, también gritando, aunque luego bajó el tono—.
Alguien irá a la cárcel, no lo dudes, que no lo haga ninguno de los presentes.
Pero no será ella. ¿No ven lo irónico del asunto?
—preguntó, en general—. Es la única inocente de todos los que formamos esta galería.
—Ante el silencio incómodo de los implicados, volvió a centrarse en su padre—.
Que siquiera sugieras que sea ella quien pague por lo ocurrido hace que me sienta todavía más avergonzado de ti.
—Agitó la cabeza—. No eres el hombre de mi infancia.
No eres el hombre que me crio diciéndome que el honor de un caballero estaba por encima de cualquier otra cosa.
—Hizo una ligera pausa—. No eres el hombre que amaba mi madre.
La expresión de lord Goldway pareció resquebrajarse como uno de sus jarrones. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Cállate. Maldito seas, cállate...
—No. Ya no más. Estoy decidido, padre. Voy a salvar a esa pobre mujer y va a ir a la cárcel alguien que realmente sea culpable.
Deberías ser tú, pero ya sabemos que eres intocable, de modo que habrá que buscar entre los otros implicados.
Dame uno, danos uno, y seguro que el inspector Canterbary aceptará el trato, siempre y cuando desaparezcan todas las piezas falsas.
Ah, y si se acepta que lord Finesword y lady Penelope vengan de vez en cuando, a su conveniencia, a examinar todo lo que haya expuesto y todo lo que se guarde en el almacén.