Capítulo 13
—¿Y de verdad le va a hacer seis sombreros a lady Penelope Wilson? —preguntó la señora Graham.
Blanche sonrió secretamente, pero simuló sorpresa.
—¡Oh, por Dios! ¿Quién se lo ha dicho?
—Bueno, se comenta por ahí. No sé yo si eso me agrada. Recuerde que yo tenía encargados tres, y veo con alarma que solo me está probando dos. —Frunció el ceño—. Espero que no retrase mi pedido, solo porque ahora tiene usted clientas..., bueno, de grandes ínfulas.
—¿Qué? —Blanche arqueó ambas cejas. Sí que le había encargado tres, pero iba a divertirse un poco, por aquella vez que le retiró uno del pedido—. Me temo que acordamos dos sombreros, señora Graham.
—¿Qué? ¡Eran tres! Tres. ¿Verdad, señora Toole?
La señora Toole se removió en su silla.
—Oh, querida, esta cabeza... Ya no recuerdo las cosas como antes. Pero creo que sí, que eran tres.
Blanche sonrió internamente. Si lo pensaba bien, ahora podía mandarlas al infierno.
Lady Penelope y la señorita Thompson le estaban consiguiendo un buen número de encargos, recomendándola a todas las socias del club Astarea, y tenía trabajo para todo el año y más.
De hecho, iba a tener que considerar la idea de contratar una o dos ayudantes, porque ella sola no podría aceptar tantos encargos.
Pero le constaba lo que hubiera dicho su tía —o, mejor dicho, su madre, cómo le costaba todavía asumir aquella verdad—: que nunca se sabía cómo iban a ir en el futuro las cosas, y no había que dejar detrás tierra quemada, si podías evitarlo.
Que buena parte del éxito de todo negocio consistía en saber estar por encima del enfado que provocaban los caprichos de las clientas, y lograr de algún modo mantenerlas satisfechas a cada momento.
—Oh, sí, ahora que lo pienso mejor, es posible que tenga usted razón —replicó, conciliadora—.
Me disculpo, porque entre unas cosas y otras, al final no debí entenderla bien.
Pero, sí, desde luego, tendrá usted sus tres sombreros, faltaría más.
Me pongo con el último esta misma tarde.
No se preocupe, señora Graham. —Le sonrió a través del espejo—. Tendré tiempo para todo.
La anciana se arregló nerviosa unos rizos que sobresalían del ala del sombrero. Seguro que recordaba bien lo ocurrido meses antes, y que se sentía culpable. Bien, dejaría el asunto en manos de su conciencia.
—No se preocupe, querida —replicó, también amable—. Sí la entiendo. Y no sé cómo se las va a arreglar, con tanto pedido, si prepara a la vez la boda. ¡Y más una con tanto invitado importante! —Intercambió una mirada con la señora Toole—. La verdad, si le soy sincera, me ha sorprend...
La campanilla de la puerta la interrumpió, por fortuna, porque seguro que se disponía a enzarzarse en el tema buscando una invitación.
Alguien —no sabía si desde la iglesia elegida, o del lugar donde iban a dar el convite o a saber cómo— había comentado por ahí que, al final, también iban a acudir lady Penelope Wilson y la señorita Eunomia Thompson, y ahora todas las clientas lo dejaban caer en cuanto podían, con la esperanza de que a ellas también se las invitase.
Qué curioso estar así, esquivando indirectas, después de que, en su momento, no tenía prácticamente a nadie a quien pedirle que fuera. Cómo había cambiado su vida en los últimos meses. Y todo gracias al club Astarea. Y a Richard, claro.
El que había entrado era el cartero, el señor Carson.
—¡Hoy tiene usted carta importante, mademoiselle! —le dijo con una gran sonrisa, mientras dejaba un montoncito de sobres encima del mostrador. El que estaba encima de todos era muy elegante, con ribete dorado—. ¡Espero que sean muy buenas noticias, querida!
Blanche rio, y una vez más lamentó que aquel hombre amable no se hubiese decidido a probar suerte con su madre.
—Gracias, señor Carson. Recuerde, nos vemos el próximo martes a la cinco, para la prueba del sombrero para la boda.
—¡No faltaré! —replicó el hombrecillo, feliz, mientras salía—. ¡No faltaría ni aunque saliera el monstruo del lago Ness por el mismísimo Támesis! ¿Ya le dije que será el primer sombrero de copa que luzca en toda mi vida?
Blanche rio.
—Sí, me lo había dicho. Que tenga un buen día.
—¡Usted también!
—¿Va el cartero a su boda, querida? —preguntó la señora Graham, con un gesto de censura que imitó al momento la señora Toole.
—Sí. Era muy amigo de mi tía —replicó ella, terminando de retirarle el sombrero de la prueba.
Volvió a ponerle el que había llevado, que también lo había hecho ella, meses antes—.
Ya está. Listo. Voy a envolverle los dos nuevos.
Ya verá. Va a estar guapísima en la inauguración de ese hospital que su marido ha creado tan amablemente para los pobres.
Pero la señora Graham seguía a lo suyo.
—¡El cartero! ¡Invitado! Pues no creo que sea apropiado, la verdad. —Como ella no contestó, lo intentó de otro modo—. Bueno, supongo que usted conocerá aquí a mucha gente diversa, que bien puede mezclarse en un convite de bodas. Como sus mejores clientas, supongo.
Por Dios, solo le faltaba lanzarse a su cuello y soltarle «invítame, invítame». Se contuvo para no decirle que no se pusiera insistente.
—No, ojalá. En realidad, no tenemos medios para tanto, no hay invitaciones de puro compromiso, me temo. Solo viene la gente más allegada. Amigos y familiares.
—¡Oh, pues yo he oído decir que lady Penelope Wilson va a acudir a su boda! —exclamó por fin la señora Graham, de mal humor.
Blanche sonrió.
—Cierto. Pero es que tengo una relación especial con lady Penny. Desde el primer momento congeniamos, y ahora puedo decir que es una de mis mejores amigas.
Las dos ancianas la miraron con cierto escándalo y se les escaparon unos sonidos como de gallinas cluecas.
—Qué cosas dice, querida. Seguro que al final no aparece. ¡Y suerte tendrá si se acuerda de mandar a alguien para avisar! —Agitó la cabeza con fuerza—. La nieta de un marqués y una sombrerera jamás podrán ser amigas. Nunca, escúcheme bien. ¡Son mundos muy distintos!
En realidad, eran las personas las que eran muy distintas, consideró Blanche.
Las había buenas y malas, y también las que deambulaban de un lado a otro, sin más; las había que encontraban importantes las distancias entre las clases pese a hablar mucho del «amor al prójimo» en la iglesia.
Y existían las que tenían un corazón enorme, gigantesco, y trataban de aportar un poco de luz a un mundo siempre lleno de sombras.
Recordó con cariño la inagotable simpatía de lady Penelope, el afán de justicia de la señorita Thompson. El deseo que tenían las otras compañeras del club, decididas a aprender y a controlar sus vidas, pese al universo forjado por hombres en el que habían ido a nacer...
—Todos los mundos se unen en el club Astarea —dijo Blanche en un susurro. La anciana alzó una ceja.
—¿Qué ha dicho, querida? No la entendí.
Blanche carraspeó.
—Que posiblemente, en general tiene usted razón, sin duda. Pero le aseguro que lady Penelope es una joven encantadora, y me ha honrado con su amistad.
Estaba despistada, y fue un error. La señora Graham alzó mucho los hombros.
—¡También nosotras! —aprovechó para replicar—. De hecho, dado que estaba usted sola en el mundo, nos comportamos casi como unas madres y nos ofrecimos para ayudarla a casarse bien.
—¡Con un buen viudo! —asintió la señora Toole, que cada vez que podía lo sacaba a colación. ¡Por Dios! Al parecer su primo todavía no había muerto de viejo.
—Cierto. Fueron muy amables. —«No digas más, no digas más».
Salió hacia el mostrador. Las dos mujeres la siguieron, cuchicheando entre ellas—.
Estos dos sombreros ya se los puede llevar.
—Sonrió a las doncellas que esperaban a un lado.
Las muchachas se acercaron, dispuestas a aguardar mientras los envolvía con mimo y los metía en sus sombrereras—.
El tercero... —Comprobó su agenda. Ya estaba a la vista, en mayúsculas y dentro de un círculo, la fecha de la boda.
¡Qué nervios!—. Venga la semana que viene, el lunes sin falta, y se lo pruebo.
—Lamentaría perderse los paseos del fin de semana con Richard, pero no quedaba más remedio—.
Quiero que esté el viernes como muy tarde.
Recuerde que me caso el domingo, y que la semana siguiente no estaré. Ni la siguiente. ¡Me voy a Francia!
—Me parece un exceso, pero bueno... —La señora Graham echó un vistazo de reojo a la carta dorada. Por la parte delantera no se veía remite alguno—. El cartero tenía razón, ¡qué sobre más elegante! ¿De quién es?
«Y a usted que le importa», le hubiera gustado decir. Pero claro, no podía. Tampoco lo lamentaba, al menos no demasiado. Iba a ser más divertido dejarla con la duda.
Sonrió con inocencia.
—No tengo ni idea, señora Graham —replicó mientras terminaba los paquetes, sin prisas—. Aún no lo he visto.
—Oh, vamos, vamos, eso ya está. —La señora Graham hizo un gesto a las doncellas para que cogieran las sombrereras—. Mire a ver de quién es. No se quede con la duda.
—Me encantan las dudas. —Pero la vio ya demasiado molesta, así que suspiró y tomó el sobre—. Veamos...
Frunció el ceño al ver el remitente, que no era más que el nombre de la «Lady Goldway Gallery» impreso en hermosas letras, tan doradas como el borde y los pequeños adornos de las esquinas.
Lo abrió, llena de curiosidad, y descubrió que se trataba de una invitación a un encuentro privado en ese sitio, esa misma tarde. A las seis y media.
Escrito debajo, con una letra distinta, muy elegante, ponía: «Le dará tiempo de sobra a llegar, mademoiselle». Y una «D».
Sería del vizconde Darlington, seguro.
—¿Y bien? —preguntó la señora Graham, muy intrigada—. ¿De quién es?
Ella apretó la carta contra el pecho y la miró con ojos extraviados, imitando una de esas expresiones ridículas que había visto entre damas cuando alguna pensaba que le estaba haciendo caso otra de una gran relevancia social.
—Oh, señora Graham, señora Graham... Esto es... inesperado y maravilloso. ¡Oh, Dios mío!
Las dos ancianas abrieron mucho los ojos.
—Pero ¿de quién es?
Ella hizo un gesto de pesar.
—¡Ay! ¡Lo siento, pero no puedo decirlo! Se me ha pedido absoluta discreción. —Compuso una expresión de circunstancias, mientras se inclinaba hacia ella para susurrarle, en confianza—: Una extrema discreción, ¿entiende?
La señora Graham abrió la boca a juego con los ojos. Asintió con un golpe rotundo de la cabeza, pero no dijo nada más.
Blanche imaginó que, con toda aquella pantomima, la anciana habría supuesto que alguna amiga de lady Penelope quería encargarle algunos sombreros, y la había hecho llamar.
Quizá alguna importante marquesa, condesa o incluso, dada la cara que había puesto, hasta una duquesa.
¡Sin duda, una duquesa sería dar un paso de gigante hacia el éxito, para la Chapellerie de Madame Dupont pour dames élégantes! Con eso, Blanche se hubiera conformado.
Pero, esa tarde, mientras cobraba a una clienta, en un barullo de voces —nunca había estado la tienda tan llena—, oyó que dos damas presentes susurraban a otras cuatro que sabían de buena tinta que mademoiselle Blanche Dupont iba a hacerle un sombrero a la mismísima reina.
¡O seis!
Al momento, los pedidos se duplicaron.
«Madre mía», pensó ella, contemplando asustada la agenda. Cómo estaba poniéndose todo.
Definitivamente, a ese paso, a su regreso de Francia iba a tener que coger un par de ayudantes.