Capítulo 12
R ichard tardó casi media hora en volver a subir. Para entonces, Blanche estaba en la cocina, fregando los platos y cubiertos utilizados en la cena.
Lo miró de reojo.
—Menos mal. Creí que también te habías ido a Gretna Green con el cochero de lady Penelope.
Él rio, aunque no parecía muy contento.
—No. Me le limitado a hablar con ella, y con la señorita Thompson. Tenían cosas muy interesantes que contarme.
—Oh... —¿Le habrían mencionado el club? Delante de ella solo habían explicado que la señora Row era prima de la doncella de la señorita Thompson, así que supuso que no querían revelar nada al respecto—. ¿De qué?
Richard miró los platos enjabonados en la pileta.
—Deja eso. Luego lo acabamos juntos. Ahora necesito hablar contigo.
—Pero...
Le tendió un trapo de cocina.
—Vamos.
Blanche suspiró, se secó las manos y lo siguió hasta la salita, que ya tenía recogida. Él le indicó que se acomodase en el sofá y luego se sentó enfrente. Apretó los labios.
—Supongo que esperas una disculpa —dijo ella. Se encogió de hombros—. Lo lamento. Te lo digo de verdad. No quería...
Él alzó una mano en su dirección.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—Sí. Que has intentado actuar a mis espaldas para no implicarme más de lo debido. Lo lamento, eso no hubiera sido posible de ningún modo. —Su expresión se oscureció—. Lo peor es que te amenazaran en la tienda. Eso debiste decírmelo de inmediato.
—No pasó nada, en realidad.
—¿Nada? Te asustaron. Voy a ocuparme de que ese tipo pase una buena temporada en la cárcel. En cuanto al otro, al vizconde Darlington...
—¿Lo conoces?
—No personalmente. Pero con todo esto, he investigado un poco a la familia de lord Goldway y sé que lord Darlington ha trabajado para la Corona en labores de inteligencia.
Blanche lo miró sorprendida.
—Que ha trabajado de espía, quieres decir.
Richard sonrió.
—Pues sí. Darlington es un hombre de acción. Creí que estaba por algún lugar de Oriente, no sabía que había vuelto a Londres. Supongo que alguien ha debido avisarle de lo ocurrido y de cómo está la situación, y ha venido rápido para tratar de solucionar el asunto cuanto antes.
—Ya... Fue muy amable conmigo.
—Me alegro. Sabré compensárselo siempre y cuando me dé el nombre del hombre que te atacó, para meterlo en prisión, que es donde debe estar.
—No sé si lo hará...
—Ya te digo yo que sí. Pero no es eso lo que me importa ahora mismo, Blanche, sino nosotros.
—¿Nosotros?
—¿Recuerdas lo que nos dijimos, al comprometernos? Seguro que sí, porque me lo has repetido más de una vez.
—Que seríamos un equipo, que nos contaríamos todo, absolutamente todo.
—Eso es. Que jamás tendríamos secretos el uno con el otro.
—Es cierto. —Blanche se sintió muy miserable—. Y lamento haber hecho tantas cosas a tus espaldas. Solo quería protegerte.
Richard sonrió.
—Y yo solo quería protegerte a ti.
Eso la sorprendió.
—¿Qué? ¿A qué te refieres?
Él la miró fijamente unos segundos y luego se levantó, cogió una carpeta de la estantería y volvió a sentarse. Suspiró.
—¿Sigues queriendo ir a Francia?
—¿Eh? —¿Qué tenía que ver Francia con todo eso? Blanche cada vez estaba más confusa—. Sí. Lo cierto es que me haría mucha ilusión. Por favor, no sigas negándote. Tenemos el dinero, llevo toda mi vida ahorrando para ello y...
—No es por el dinero. —Se la tendió—. Nunca ha sido por el dinero. Y no puedo ocultarlo más. Lo que hay aquí tienes que saberlo y asumirlo, Blanche.
—¿Qué ocurre? —Cogió la carpeta. Descubrió con sorpresa que le temblaba la mano. Quiso abrirla, pero no pudo. Tenía la sensación de que allí dentro había algo que lo iba a cambiar todo.
—Hice algunas investigaciones —explicó él—. Ya ves, me comporté como un tonto. Quería darte una sorpresa, para cuando fuésemos a Francia. Pero la sorpresa me la llevé yo.
—¿Qué quieres decir?
Richard chasqueó la lengua contra los dientes.
—No naciste en Provins, cariño —dijo por fin—.
Naciste en París, en un hospital para pobres.
Allí fuiste inscrita como hija de Thérèse Dupont y de padre desconocido.
Por lo que pude saber, vuestra casa familiar sí que está en Provins, eso es cierto, pero tus abuelos todavía viven.
—Tomó aire—. Y solo tuvieron una hija, aunque, por lo que parece, todo el mundo piensa que murió cuando era muy jovencita.
Justo en la misma época en la que Thérèse Dupont aparece en París.
Blanche parpadeó.
—¿Una hija? Pero eso no es posible. Mi tía Thérèse... —Se interrumpió, al empezar a encajar piezas—. ¿Me estás diciendo que...?
—Que tu tía no era tu tía, sí. Era tu madre. Y vino a este país donde nadie la conocía para poder ocultar el hecho y criarte con ella de un modo que todos encontraran aceptable.
Blanche lo miró horrorizada. ¡De modo que las malas lenguas habían tenido razón!
Qué absurdo... Pero, sí, claro. De pronto entendió muchas cosas.
La tristeza, cada vez que Thérèse hablaba de Provins.
Las demoras continuas, los planes para visitar Francia que se estropeaban una y otra vez, porque siempre surgía alguna cosa que los hacía imposibles.
Thérèse no podía volver. No quería volver.
—Oh, Dios mío... Pero si me dijo que, en la epidemia de tisis, habían muerto su marido y sus dos hijos. Y la escena con mi madre, suplicándole que me sacara de allí, de esa tierra enferma, y me llevara a un lugar mejor...
—Nada de eso era cierto. De hecho, no hubo ninguna epidemia de tisis en Provins en esa época, fue de los primeros datos que comprobé. Y tu tía no estaba casada. Supongo que fue añadiendo detalles para hacerlo creíble. Pero tenía diecisiete años cuando tú naciste.
Blanche sintió una inmensa tristeza.
—Qué jovencita... Qué sola y asustada debió sentirse.
—Sí. Y qué valiente fue, abriéndose camino en el mundo con su hija, sacrificándolo todo por darle una vida feliz.
Thérèse Dupont había sido su madre. Claro que lo había sido, tal como se comportó siempre.
Y sintió que se le rompía el corazón por no haber podido decirle que lo sabía, que la quería con locura, que le agradecía la vida que le había dado, lo mucho que había luchado por ella.
Mirando atrás, tenía claro que había percibido su amor, ese amor profundo que solo es capaz de sentir una madre, a cada momento de su vida.
Atesoraría por siempre el recuerdo de las tardes, mientras la enseñaba a hacer sombreros; las noches, cuando iba a arroparla; los besos; los cuentos; las canciones...
No supo que había empezado a llorar hasta que sintió a Richard a su lado. Se había sentado junto a ella y la estrechó contra su pecho.
—No llores, cariño. En realidad, no deja de ser algo sin importancia. Ella te quiso como una madre y tú la quisiste como una hija.
—Sí... —reconoció. «Pero me hubiera gustado mucho poder decírselo»—. ¿Y mi padre? ¿Sabes algo de él?
Richard agitó la cabeza.
—No mucho, la verdad, aunque me puse en contacto con la policía de Provins, para ver si pueden ayudarme, y sé que van a seguir investigando.
Hay un capitán muy amable con el que he hecho buenas migas, y según ha podido descubrir, tu tía...
tu madre estaba prometida a un comerciante local, un hombre muy rico, pero amaba a otro.
Tu abuelo no lo aceptaba, pero a saber qué hubiera pasado, quizá Thérèse se hubiese salido con la suya.
Nunca lo sabremos. Por desdicha, ese hombre al que quería murió en un accidente un par de meses antes de su desaparición.
—Quizá era mi padre.
—Yo creo que lo era. Y que cuando supo que estaba embarazada, Thérèse huyó para que no la obligaran a casarse con ese otro hombre.
Al fin y al cabo, había conocido el amor.
—Le acarició una mejilla—. Una vez que lo pruebas, no puedes conformarte con otra cosa.
Por eso prefirió una vida a solas, contigo.
Blanche sintió que los ojos se le llenaban otra vez de lágrimas.
—Sí... ¿Podrías enterarte de algo más? ¿Su nombre?
—Paul Courtois. —Paul. Su padre se había llamado Paul. Blanche se frotó las manos—. Cuando vayamos a Francia, visitaremos su tumba.
Ella lo miró con el corazón rebosante de amor y gratitud.
—Gracias, Richard.
—No hay de qué. Debí decírtelo antes, pero... pensé que te haría daño. Hablabas con tanto cariño de Provins, de tus abuelos y tus padres fallecidos por la tisis, que no sabía cómo... Y por eso ponía trabas a la idea de ir a Francia. Pero iremos, si lo deseas.
Ella lo miró con ojos brillantes.
—Sí, lo deseo. Quiero conocer los lugares donde vivió de niña mi madre. Y quiero compartir todo eso contigo.
Él sonrió. La abrazó con fuerza.
—Todo eso, y más.
Blanche asintió.
—Todo eso, y más.
Y, entonces, la besó.