Capítulo 11 #3
La bala brilló. A la luz de la chimenea, daba la impresión de ser dorada.
Richard palideció.
—Oh, Dios mío... —El inspector se puso en pie de un salto—. Hijo de puta... ¿Te atacó?
—No... Me ordenó que te dijese que esta bala pudo matarte en Whitechapel, o algo así.
—El regalo para ella era no cortarle tres dedos —dijo la señorita Thompson—. Uno por cada fragmento del jarrón que se quedó usted. Todo está dirigido a meterles miedo y que no hagan nada con estas pruebas.
Él agitó la cabeza.
—¡Blanche! ¿Cómo no me contaste que te habían atacado en la tienda por este asunto?
—Porque temí que te pusieras exactamente como te estás poniendo —replicó, igual de apasionada—. Y no quiero, Richard. No pasó nada. ¿Me has oído? ¡Nada!
—Sí. Pero solo porque llegó un desconocido y lo echó —aclaró lady Penelope. Blanche quiso fulminarla con la mirada.
—Sí. Y me prometió que nunca volvería a ocurrir nada así. Amenazó al hombre con confesarlo todo en Scotland Yard si osaba siquiera acercarse a mí. Por lo tanto, asunto solucionado.
—De modo que era alguien implicado en todo esto.
—Estamos seguras de que era el vizconde Darlington —afirmó lady Penelope. Blanche bufó.
—Usted no sabe cuándo callarse, ¿verdad?
—Solo de vez en cuando.
—Lord Darlington. —Richard se cubrió el rostro con las manos—. ¡Oh, maldición! Voy a matarlos a todos.
—Usted no hará nada de eso. —La señorita Thompson le frunció el ceño—. No haga que nos arrepintamos de habérselo contado.
—Pero...
—No sea tonto, ya ha pasado. Está claro que querían asustarlos, pero por suerte hay alguien con decencia que se ha interpuesto. Y este asunto está a punto de terminar.
—Sí —la apoyó lady Penny—. Yo creo que cuando mi abuelo examine el fragmento de cerámica hará unas cuantas visitas aquí y allá, y lo pondrá todo en su sitio.
Puede que lord Goldway quede impune, pero sin duda lograremos que dejen en paz a la pobre señora Row.
—Miró a Blanche—. Y todos estaremos a salvo.
La señorita Thompson asintió.
—Eso es. Además, también mi hermano intervendrá con estos nuevos datos. Me ocuparé de que los amenace con pedir a un juez que se haga una revisión de todas las piezas. Apuesto a que esta no es la única que han sustituido por una falsificación.
—No, seguro que no —apoyó Richard—. Solo hay que ver lo bien que vive la señora Berenson.
—Claro. Seguro que, de algún modo, se enteró de lo que estaba pasando, y ha vivido durante años cómodamente de ello.
—Lo que no entiendo es por qué lo habrán hecho. En la galería, me refiero —aclaró Blanche—. Deberían haber supuesto que tarde o temprano se sabría.
—Deudas —replicó Richard—. Eso sí lo tengo claro.
He estado investigando a lord Goldway. Le gusta mucho el juego, dilapidar grandes cantidades en las partidas que se llevan a cabo en su club, Brooks’s.
Por eso ya me imaginaba desde un principio que era una falsificación, que seguro que ha ido vendiendo distintas piezas y cambiándolas por copias para cubrir sus deudas.
—Apretó la mandíbula—. Pena no poder enviarlo a la cárcel.
—En realidad, sí podríamos conseguirlo —dijo la señorita Thompson—. Lo he estado pensando. Si logramos que se corra la voz de que la galería tiene piezas falsas, los posibles compradores se lo pensarán dos veces, y tarde o temprano las deudas lo mandarán a la cárcel.
—No es mala idea. —Richard la miró con respeto—. Es usted muy astuta, señorita Thompson.
—Gracias. —Se la vio satisfecha. Vació su taza de té y se puso en pie—. Bien, supongo que está todo dicho. Será mejor que nos vayamos ya, Penny.
Richard se puso en pie.
—¿Tienen algún coche esperando abajo?
—Creo que sí —replicó lady Penelope. Al ver que la miraba sorprendido, rio—. Se quedaron en él mi cochero y mi doncella. Y se gustan, ¿sabe? Quién sabe, es posible que hayan huido juntos a Gretna Green.
La expresión de Richard se ablandó en un conato de risa. Se notaba que le caía simpática lady Penelope.
—Las acompañaré abajo, así comprobaremos si ha triunfado el amor —dijo—. De ser así, les buscaré un coche de alquiler.
—Pueden dejarme de camino —dijo Blanche, levantándose también. Él negó con la cabeza.
—No, Blanche. Perdona, pero tú te quedas todavía un poco más. Aún tenemos mucho de lo que hablar, si no te importa. Espérame aquí, por favor. Luego te llevaré a casa.
El recuerdo de sus besos, de su lengua sobre sus pezones, la hizo estremecer. Sintió una extraña expectación.
—Sí, por supuesto.
Al salir, lady Penelope le estrechó las manos con un gesto de disculpa.
—Debía saberlo, y lo sabe. Llegados a este punto, es nuestro mejor aliado.
Blanche suspiró.
—Sí. Gracias.
La señorita Thompson sonrió y se inclinó a besarla en la mejilla, pero solo era una excusa para susurrarle al oído:
—Mañana, reunión en el club.
Ella negó con la cabeza.
—Yo no puedo, recuerden que soy una mujer trabajadora. Cierro a las seis.
—Y nosotras la esperamos a las siete.
Blanche miró de soslayo a Richard, que se acercaba por el pasillo mientras se ponía el abrigo y las observaba con sospecha.
—Ya veremos.