Mademoiselle Dupont cierra siempre su tienda a las seis (Club Astarea 1) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—No necesariamente. —Lady Penelope se irguió de nuevo y agitó la cabeza—. El matiz del color no me convence, y juraría... —Miró alrededor—. ¿Dónde tiene una lámpara?

—¿Eh? En el techo, ya está encendida. ¿Quiere más luz?

—No, no es eso. Necesito una lamparilla. Algo para examinar esto muy de cerca al trasluz.

—Ah, ahí mismo tiene una. —Señaló una que adornaba un pequeño mueble situado entre el sofá y el sillón, por si se quería leer allí mismo.

—Gracias. —Lady Penelope se acercó, la encendió y estudió la porcelana colocándola a la luz—. Vaya, vaya, vaya...

—Es falso —dijo Richard. Lady Penelope asintió.

—Si me permite, se lo llevaré a mi abuelo, pero ya le puedo decir que el tipo de porcelana que empezó a usarse en la época, y que definió la importancia que ha tenido desde siempre la porcelana Ming, no está aquí. En realidad, esto no es porcelana, es... es cerámica.

—¿No son lo mismo?

—Sí y no. La porcelana es uno de los tipos de cerámica. La diferencia entre ambas radica en la composición de las pastas cerámicas y en el modo de producción. Básicamente, se cuece a mayor temperatura.

—¿Y cómo se distingue? —preguntó Blanche con curiosidad.

—Con la luz. ¿Ve? —Colocó la pieza, que tapaba la luz—. No pasa. Si fuera porcelana, una porcelana Ming, me refiero, sería translúcida.

—Oh, entiendo.

—¿Y la marca? —preguntó la señorita Thompson—. Ese sello del emperador jingjang o eso.

—Jingtai, sí. Pero eso es lógico. El sello estaría en el original, por supuesto.

Hablamos de gente con muchos recursos, de modo que encargaron una buena falsificación, lo más idéntica posible, no cualquier cosa.

Al margen del material de base, la copiaron hasta el último detalle, pero es una imitación.

—¿Está totalmente segura? —preguntó Richard.

Lady Penelope titubeó.

—Ya le he dicho que preferiría llevar una muestra a mi abuelo. Pero, en realidad, sí, lo estoy.

—Vale. Voy a fiarme de usted. —Richard señaló la mesa—. Elija el trozo que prefiera y lléveselo a lord Finesword. Prefiero quedarme los otros para minimizar daños, en caso de rotura o pérdida.

—Gracias. Es buena idea, sí. —Lady Penelope cogió el trozo en el que se veían los signos.

Era el más grande, buen ejemplo también del material y el trabajo—.

Le informaré lo antes posible. —Alzó un dedo, como recordando algo—.

Por cierto, lo que sí puedo contarle desde ya es que hablé esta tarde con el comisario de la exposición de arte oriental que está organizándose bajo la tutela de la reina, y, tal como me esperaba, todas las piezas recopiladas de colecciones privadas y galerías van a ser examinadas por expertos para confirmar su autenticidad.

—¿Has ido a hablar con él? —preguntó sorprendida la señorita Thompson—. ¡Penny! ¿Cómo no me avisaste? ¡Sabes que me hubiera gustado acompañarte!

—Lo hubiera hecho, pero me llegó una nota de pronto. Lord Benson-White solo iba a estar hoy en Londres, mañana volvía a irse porque está gestionando el traslado de muchas piezas, y la hora que le venía bien para citarme era a las tres. Tú nunca estás disponible a las tres, querida.

—Ah. No. —La señorita Thompson apretó los labios, y Blanche recordó el asunto de aquel misterio. Esperó que quizá dijese algo, que lo aclarase. Pero no—. Muy bien. Vale. Cuéntanos qué te dijo ese caballero.

—Básicamente, eso. Que todas las piezas que iban a entrar en la exposición, recopiladas de distintas galerías y colecciones privadas, iban a ser examinadas por expertos en Londres para certificar su autenticidad.

Richard hizo una mueca.

—Eso significa...

—Significa que la galería de lord Goldway no podía arriesgarse a la vergüenza de ser descubiertos, entregando una pieza falsa —fue la señorita Thompson la que respondió—. Así que ya tiene un motivo para lo ocurrido.

—Sí, demonios, ya lo tengo... —Richard se frotó la mandíbula—. Ahora a ver cómo conseguimos sacar a esa mujer de semejante lío.

—Y meter en la cárcel al canalla que amenazó a mademois ... Eh... —La señorita Thompson se mordió la lengua—. A la señora Row, me refiero.

Fue un triste intento de solucionarlo, y no tuvo ningún éxito. Richard ya había fruncido el ceño y la miraba preocupado.

—¿Qué amenaza? —Como nadie contestaba, la miró a ella—. ¿Quién te amenazó, Blanche? ¿Cuándo?

—Eh... No tiene importancia.

—¿Cómo que no tiene importancia? Me estás volviendo loco. ¿Por qué te empeñas en actuar a mis espaldas y ocultarme información? Habla de una vez.

Vale, no había forma de evitarlo, de modo que suspiró y empezó a hablar, pero midiendo mucho las palabras.

—Vino un hombre, a la tienda. Tenía acento americano, así que supongo que se trata del mismo que intentó robar el jarrón. Él... Bueno, él intentó meterme miedo. Pero no...

—Enséñele el regalo de bodas que le mandó —soltó de pronto lady Penelope. Ella la miró enfadada. Ni de lejos había pensado mencionarle aquello.

—¡Lady Penny!

—¿Qué? Ya de puestos, tenemos que contárselo todo. —Se volvió hacia Richard—. Pero usted debe afrontarlo con la cabeza bien fría, inspector. Nada de ir con una pistola a buscar a ese hombre a casa de lord Goldway para meterle dos tiros. Lo necesitamos con las ideas bien centradas.

Él entrecerró los ojos y miró a Blanche.

—¿Qué regalo de bodas?

—Lo... lo tengo en el bolsito. —Se levantó a por él y volvió. Depositó la bala sobre la mesa—. Era esto.