Mademoiselle Dupont cierra siempre su tienda a las seis (Club Astarea 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

—D ebería encerrarlas ahora mismo —dijo Richard, cruzado de brazos con gesto de malhumor.

Estaban sentados todos en el tresillo de la salita, muy rígidos e incómodos pese al té que había preparado Blanche en un intento de tranquilizar los ánimos, y que solo lady Penelope había tocado.

Richard la miró a ella en concreto y Blanche apartó los ojos.

No podía sentirse más avergonzada—. A las tres.

—Técnicamente, no ha habido delito, porque nos invitaron a entrar —terció la señorita Thompson. Él le frunció el ceño.

—Vale. Entonces encerraré solo a mademoiselle Dupont.

—Ella es su prometida, inspector.

—Pero no es mi esposa. Todavía no. No es la señora de esta casa.

No puede invitar a nadie a mis espaldas, y lo sabe, así que no intente burlarse más de mí, señorita Thompson.

Está rozando el límite de mi paciencia. —Nomy bajó la cabeza y apretó los labios—.

O me explican todo ahora mismo o entenderé que todo esto no es más que una burla infantil y tendré que pedirles que se vayan de mi casa y no vuelvan nunca.

—Miró con dureza a Blanche—. Tú no. Tú no te vas de aquí sin más.

Primero tendrás que explicarme muchas cosas.

Y no descarto encerrarte de verdad, ya que estamos.

Lady Penelope y la señorita Thompson intercambiaron una mirada inquieta.

—Perdone. No queremos burlarnos de usted —aseguró la primera—. Jamás ha sido esa nuestra intención.

—¡Por supuesto que no! —confirmó la segunda, aunque en un tono distinto, más beligerante. Se la veía enfadada—. Al contrario. Pero me consta que los hombres no nos tienen en ninguna consideración, no respetan nuestro intelecto. ¿Una burla infantil? ¿Cómo se atreve?

Lady Penelope la miró alarmada.

—¡Nomy!

—¿Qué? ¡Demonios, es un majadero! ¡Estamos todas aquí por ayudarlo y nos dice eso! No, de ninguna manera. Si quiere que nos vayamos, me parecerá muy bien, pero antes nos entregará los fragmentos del jarrón o haré que mi hermano le haga la vida imposible en el futuro.

Richard arqueó una ceja.

—¿Me está amenazando?

—¡No! —terciaron Blanche y lady Penelope.

—Sí, claro que lo estoy amenazando. Es evidente, creo yo —declaró la señorita Thompson sin inmutarse—. No tiene usted ningún derecho a retener unas pruebas que pueden ayudar a defender a mi cliente.

—¿Su cliente?

La señorita Thompson se ruborizó.

—Bueno, nuestra cliente. Del despacho de abogados. Y se lo advierto muy en serio, inspector: si pretende encerrar a mademoiselle en un calabozo, tendrá que encerrarnos a las tres.

Él le dedicó una fría sonrisa.

—Con lo cual volvemos a mi frase inicial de que debería encerrarlas a las tres.

—¡Pero no...! —empezó lady Penny.

—¡Esto es una...! —dijo a la vez la señorita Thompson.

—¡Basta! —exclamó Blanche, más alto todavía. Todos la miraron—. Márchense, por favor —les pidió a ellas—. Váyanse a casa, ya nos veremos mañana. Ahora tengo que hablar con el inspector.

—No. No me iré sin al menos uno de los malditos trozos del jarrón —replicó la señorita Thompson—. Lo necesitamos.

—Escuche, inspector —intervino lady Penelope, intentando contemporizar—. ¿No podría mostrarnos uno, solo un momento? Me gustaría examinarlo.

Richard arqueó una ceja.

—¿Para qué? —replicó, con cierto tono de burla—. ¿Acaso sabe algo de arte chino?

La joven le devolvió el mismo gesto.

—Creo que esta noche voy a sorprenderlo por segunda vez, inspector Canterbary, puesto que sí, entiendo bastante del tema.

Eso, efectivamente, le sorprendió. La miró con desconfianza.

—No la creo. No es culpa suya, dado que no se promueve la educación en las mujeres, pero la gran mayoría de las damas que he conocido no sabrían decir ni dónde está China. Ni siquiera sobre un mapa.

—¿Cómo se atreve? —Lady Thompson alzó la fina naricilla—. Lady Penelope es la única nieta de lord Robert Wilson, marqués de Finesword, un gran experto en antigüedades, y le ha enseñado a Penny todo cuanto sabe al respecto.

—Bueno, no todo —admitió lady Penelope, más humilde—, que él tiene cerca de setenta años y ha dedicado casi cada segundo despierto a estudiar, y yo no.

Pero sí que he aprendido mucho con él. Quizá no sea capaz de datar algo con exactitud, aunque, todo sea dicho, últimamente he repasado a fondo la dinastía Ming.

Pero, por ejemplo, si lo veo, creo que podría decirles si es una falsificación.

Y, de tener dudas y si a usted le parece bien, inspector, podría consultárselo a mi abuelo.

Aquello suscitó un cierto interés en Richard. Blanche lo vio luchar en silencio contra el enfado que arrastraba, y terminó asintiendo.

—Perdone si he sido ofensivo. Le aseguro que no he querido molestarla.

—No pasa nada. —Lady Penelope sonrió encantadora—.

Las mujeres nos hemos preparado para sobrevivir entre los obstáculos que nos ponen los hombres para que aprendamos y el desprecio que nos muestran por no haber aprendido.

Y al menos usted es consciente de ello y ha tenido el detalle de señalar que la ignorancia no es culpa de las mujeres.

—Sí, no era un reproche ni una burla, solo pensaba que se trataba de un hecho.

Pero estoy enfadado y supongo que soné peor de lo que hubiera sido deseable.

Mis disculpas, de corazón. —Se lo pensó un último momento y se puso en pie, aunque todavía las señaló con un dedo antes de abandonar la salita—.

No se muevan de aquí. Ninguna de las tres.

No se movieron. Se quedaron allí, mirándose con cara de circunstancias.

—¿Pero por qué no se fueron antes, según lo acordado? —les preguntó Blanche, con tono acusador—. Si se hubieran ceñido al plan, no nos veríamos en este lío.

—¡No encontrábamos los dichosos fragmentos! —replicó lady Penelope. La señorita Thompson bufó.

—¿Está segura de que le dijo que estaban en el despacho? Porque...

—Eso me dijo, sí.

—Pues no sé qué ha podido pasar. ¡Hemos dado mil vueltas! ¡Mil! ¡Juraría que no ha quedado nada por revisar, pero...!

—¡Los debe haber hecho invisibles! —dijo lady Penelope.

Blanche apartó todo aquello con un gesto de la mano.

—Da igual. Todo eso da igual, no debieron arriesgar tanto. Tenían que haberse ido, incluso sin fragmentos.

—Pero estábamos aquí, ¿por qué rendirnos?

—¿Para no acabar así? —Se miraron, compungidas—. ¿Y cómo se les ocurre hacer tanto ruido?

—Penny es una torpe. —La mencionada le dio un codazo y la señorita Thompson sonrió—.

Vale, vale. Y yo también, lo acepto. Se me cayó un libro, lo empujé sin darme cuenta al darme la vuelta, y el polisón...

Da igual. Propongo que la próxima vez que llevemos a cabo una misión del club Astraea, vayamos con pantalones.

—Las otras la miraron horrorizadas—. ¿Qué? Estas faldas son un incordio.

—Aunque no te lo creas, no puedes ir por ahí con pantalones, Nomy —le dijo lady Penelope, simulando gran paciencia—. Sería un escándalo.

—Vale. —La señorita Thompson compuso una expresión reflexiva—.

Entonces, quizá pudiéramos llevarlos debajo de unas faldas que se puedan soltar con facilidad y dejarlas fuera.

Y, luego, nos las volvemos a poner. —Las otras la miraron con más horror aún—.

O venir disfrazadas de hombres, desde el principio.

Como si fuéramos tres maleantes con los que no es aconsejable meterse.

—Lady Penelope y Blanche abrieron todavía más los ojos.

Ella bufó—. Vale, vale. Ya nos inventaremos algo.

—Me consuela saber que mi prometido sería quien nos encerrara; y su hermano, el abogado que nos sacaría de la cárcel —dijo Blanche, y las tres rieron.

—No se preocupe —le dijo la señorita Thompson—. Su prometido no nos va a encerrar, mademoiselle Dupont. Y nos va a enseñar los fragmentos.

—Sí que lo va a hacer, sí —reconoció él, volviendo al salón con un sobre de buen tamaño entre las manos. Lo que contenía no era demasiado voluminoso—. Y si me dan algo realmente interesante, quizá me lo piense y hasta pase por alto la invasión de esta noche.

—¡Estupendo! —Lady Penelope dio unas palmaditas y fue a coger el sobre, pero él lo apartó—. Mmm... ¿Me permite?

—Claro. Pero será mejor que tengamos cuidado. No queremos que esto se rompa más de lo que ya está. Por favor, aparten la bandeja del té. Blanche, puedes ponerla en la mesa de comedor. Y trae... no sé, una servilleta o algo, para colocarlos encima.

—Enseguida —dijo ella obedeciendo. En un segundo, entre las tres despejaron la mesita baja del tresillo, Blanche extendió un tapetito bordado que encontró en el cajón de los manteles y Richard sacó uno a uno los fragmentos y los colocó con mucho cuidado encima.

Blanche los observó llena de curiosidad.

Por fin, allí estaban, la única prueba de lo que había ocurrido —o, mejor dicho, lo que había estado ocurriendo, seguro que se extendía a muchas otras piezas— en la galería de lord Goldway.

Eran tres, el más pequeño como una falange de dedo que debía corresponder justo a una zona del borde, por el redondeado, pero el más grande era como media palma de su mano, y tenía unos dibujos más o menos identificables como escritura china.

El intermedio era poca cosa más allá de un trozo de porcelana blanca cruzada por las líneas azules.

—¡Por fin! —dijo lady Penelope, casi emocionada, dando palmaditas.

—Ahora está en tus manos —le dijo la señorita Thompson—. Venga, Penny, ánimo. Contamos contigo.

—¡Ay! No me pongas nerviosa.

—¿Quiere una lupa? —le preguntó Richard.

—Sí, por favor. —Él la tenía ya en la mano, de modo que se la acercó y lady Penelope estudió con fijeza los trocitos de porcelana.

De pronto se había hecho tal silencio que Blanche se removió incómoda—.

Tenemos suerte, en este trozo está la marca del reinado al que corresponde, Jingtai, el séptimo emperador de la dinastía Ming.

Mediados del siglo XV, si no recuerdo mal.

Richard frunció el ceño con desconcierto.

—Eso significa que era un jarrón realmente antiguo...