Mademoiselle Dupont cierra siempre su tienda a las seis (Club Astarea 1) Capítulo 10 #3
71%

Capítulo 10 #3

—Creo que venía del dormitorio. O quizá del despacho. —Miró alrededor, buscando algo, y cogió un cuchillo de los usados en la cena. No tenían un gran filo, pero seguro que podría hacer daño—. Quédese aquí, por favor.

—¡No! —Blanche se levantó también, de un brinco, y se lo arrebató. Lo arrojó sobre los platos, sin mayor cuidado—. ¿Qué hace? Yo no he oído nada. Y no puede irse. Ahora no.

—¿Por qué?

—Porque... porque... ¡porque no puedo soportarlo más!

No se lo pensó dos veces: avanzó decidida hacia él, le rodeó el cuello con los brazos y se puso de puntillas para poder estamparle un beso en los labios.

No hubiera dado dos peniques por su duración, dadas las circunstancias, y era una pena desperdiciar así un primer beso entre ellos —y el primero para ella en toda su triste vida de solterona—, pero estaba dispuesta a eso y a mucho más con tal de que no descubriese a lady Penelope y a la señorita Thompson.

Pero, para su sorpresa, el beso no fue breve ni forzado.

De hecho, no dio muestras de irse a terminar en mil años, ni en diez mil.

Blanche y Richard permanecieron muy juntos, como si deseasen fundirse el uno con el otro.

Ella había cerrado los ojos al besarlo, pero no tardó en abrirlos, y descubrió que él la miraba desde muy cerca, mucho.

Las pupilas de ambos quedaron atrapadas en aquel inesperado acto íntimo, felices por haber cruzado por fin aquella línea.

Richard gimió y la enlazó con firmeza por la cintura para estrecharla contra su cuerpo con tanto ardor que Blanche pudo sentir la dureza de su erección.

Poco sabía del tema del sexo, y casi todo lo aprendido le había llegado por conversaciones de distintas mujeres en la tienda, en las que no había podido entender apenas nada en concreto.

Pero sí sabía que aquel hombre que la sostenía entre sus brazos, que la besaba con pasión, estaba excitado.

Que la deseaba, la deseaba mucho, con toda intensidad, y eso la llenó de alegría y disparó a su vez un profundo deseo en ella.

Un ardor que se iniciaba en su pubis como una punzada de calor intensa; algo que, casi de inmediato, empezó a palpitar con fuerza, creando una necesidad que no había conocido nunca antes.

Richard le cogió la cabeza entre las manos y volcó en ella toda su pasión, presionando sus bocas al máximo, sujetándola con dedos trémulos hasta casi deshacerle el moño.

El beso creció y creció, se volvió más voluptuoso, más intenso, hasta llegar a ser casi una lucha por conseguir más y más el uno del otro.

Entonces, Richard la levantó en volandas sin mayor esfuerzo y la llevó hacia la puerta.

—¿Adónde me lleva? —Jadeó ella, con un atisbo de curiosidad. En realidad, le daba lo mismo a qué lugar fueran, mientras estuvieran juntos. Mientras no la soltase. Mientras siguiera besándola así.

—A la cama —replicó Richard. Unió sus bocas con mayor fiereza, aunque luego se apartó, como dándole la oportunidad de pensar y decidir—. A la cama, pero solo si quieres, por supuesto. Solo si lo deseas tanto como yo.

La había tuteado. Blanche sintió un arrebato de pura felicidad.

—Sí, sí, sí —repitió una y otra vez—. Lo deseo, Richard. Hazlo, por favor.

Él sonrió, volvió a alzarla y la llevó por el pasillo hacia el dormitorio, la puerta siguiente al despacho, que estaba cerrado cuando pasaron por delante.

Blanche se sentía como arrastrada por una marea a la que jamás podría oponerse, balanceándose entre los miedos que engendraba la misión que habían ido a llevar a cabo esa noche y la excitación por la cercanía de Richard, por sus besos y sus caricias.

Y no podía evitarlo, eso último salía ganando.

¡Por Dios, que no las descubriese!

Pero, por Dios, ¡que no dejara de hacerle el amor en ningún caso!

Richard la depositó sobre la cama, cubierta por una bonita colcha hecha por la señora Canterbary —se la había regalado, orgullosa, las últimas Navidades— y la besó en la boca, en las mejillas, en el cuello.

Con dedos hábiles le soltó el corpiño y liberó sus pechos del corsé, unos pechos que Blanche sabía que eran muy bonitos.

Él gruñó con satisfacción.

—Qué hermosa eres, Blanche —murmuró.

—Y tú... —replicó ella en el mismo tono, haciéndolo reír.

¡Por Dios, qué tontería de diálogo, sí! Hubiera querido hacerlo también, lanzar una carcajada y compartir su júbilo, pero se interrumpió y jadeó cuando Richard empezó a lamerle los pezones.

Jamás hubiera imaginado que se pudiera sentir algo así—. ¡Oh, Richard!

Él alzó la cabeza para mirarla, de nuevo muy serio.

—¿Quieres que sigamos? ¿Estás segura de que quieres que...

tengamos hoy nuestra primera noche, Blanche?

Mira que, si lo prefieres, no me importa esperar a la de bodas.

—Hizo una mueca—. Estoy mintiendo, seguramente moriré hoy mismo, estallaré en llamas si me obligas a apartarme, pero no me importa.

Se hará lo que tú prefieras. ¿Quieres que sigamos?

—Sí, por favor, sigue. Sigue o yo también...

Un nuevo sonido, no muy alto, pero sí imposible de ignorar. Y, esta vez, al estar más cerca del despacho, resultó evidente que provenía de allí y que alguien se había dado un golpe con algo, quizá una silla.

Richard se incorporó de un brinco y miró hacia la puerta. Cuando ella intentó retenerlo, le hizo un gesto.

—Espera —susurró de un modo apenas audible. Más que nada, Blanche leyó las palabras en sus labios—. Definitivamente, hay alguien en la casa.

—No, yo no he oído nada.

Eso le hizo fruncir el ceño.

—¿Por qué insistes en eso? Es imposible que no lo hayas oído, Blanche. Hay alguien en el despacho. Quédate aquí, ni respires. —Se levantó sin importarle llevar la ropa desordenada, con los faldones de la camisa al vuelo, y cogió el atizador de la chimenea—. Ahora vuelvo.

—No... —Blanche trató de arreglarse el vestido en lo posible y fue tras él, temerosa de que le diera un golpe en la cabeza a alguna de aquellas dos locas.

Aunque, pensándolo bien, a Nomy no le vendrían mal un par de buenos trastazos.

Vio horrorizada que, efectivamente, iba hacia el despacho y abría de golpe—. ¡No! ¡Espera!

El despacho, tan pulcro como sencillo —lo más atractivo era el bonito escritorio de madera oscura que había comprado Richard en una subasta meses antes—, estaba vacío, o esa impresión daba.

Blanche pensó con alivio que sus amigas ya se habían ido.

Que el sonido había llegado de la puerta de la calle, al cerrarse.

Que, por fin, por una vez, había sido afortunada.

Pero era inútil luchar contra el destino.

—Salga de ahí o disparo —advirtió Richard, que no llevaba ninguna pistola, solo el atizador—. ¡Vamos!

Poco a poco, del otro lado de la mesa surgieron dos cabezas cubiertas con bonitos sombreros. Pese a sus rostros asustados, y a sus manos en alto, dedicaron a Richard unas enormes sonrisas.

—¡Tiene usted una casa preciosa! —dijo lady Penelope.

Blanche cerró los ojos y suspiró.